Universidades para la sociedad

Las universidades se debaten entre el prestigio más o menos legítimo y el desprecio de quienes consideran que la vida es otra cosa. Casi mil años de historia, de la de Salamanca, la más antigua entre las españolas –cumple este año 800– están ante una encrucijada que han de saber resolver para adecuarse a los nuevos tiempos, para decir cómo serán en los siguientes decenios, o siglos.

El modelo de la torre de marfil alejada de la sociedad –pero sostenido por ella–, el del gran profesor que todo lo sabe y derrocha sabiduría a su paso –aunque vive fuera del mundo real–, el de la investigación alejada de la sociedad –aunque recurre a ella para financiarse–, el que vive de espaldas a las empresas –que son el lugar donde han de trabajar los estudiantes cuando terminen–, ese, es un modelo que si no cambia perecerá.

Pero hay otro modelo, otra Universidad es posible. Una en la que los estudiantes sean el centro, pero no ellos solos. Los estudiantes insertos en la sociedad en la que viven, que es también el lugar donde reside la Universidad. Una Universidad que prepara a los jóvenes para el mundo contemporáneo, que en buena medida es ya el mundo de mañana. Una Universidad que les dote de los conocimientos necesarios para su especialidad, desde luego, pero sobre todo una Universidad que les haga personas.

Necesitamos universidades de las que los jóvenes salgan con las destrezas y las habilidades que la sociedad requiere. Capacitados para entender el mundo que vendrá y capaces de desarrollarse en él personal y profesionalmente. Capacitados para la vida, en resumen.

Y es lícito preguntarse si la Universidad actual está cumpliendo ese papel. La respuesta, si se miran los datos con atención, es que sí, es decir, que quienes han pasado por la Universidad están más capacitados para integrarse en el mundo laboral, encuentran trabajo con más facilidad, pese a la compleja situación, y tienen mejores perspectivas. Pero ¿es suficiente, vale con eso? Yo diría que no.

La Universidad de hoy tiene que mirar a un mundo que se está configurando a cada momento y que aún no sabemos cómo será. Un porcentaje muy importante de las profesiones en las que trabajarán los estudiantes de hoy aún no se conocen, no se estudian. Decía Stefan Zweig en sus «Memorias de un europeo» que la generación de principios del siglo XX era la última que había vivido igual que la de sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos, sabiendo dónde nacían, dónde iban a morir, a qué se iban a dedicar y qué necesitaban saber para hacer su trabajo. Si esto era verdad en 1920, cien años después la situación es aún más incierta y hoy un estudiante no sabe no ya qué tendrá que saber en su trabajo, sino ni siquiera cómo se llamará. Por eso tienen, sobre todo, que saber aprender, y estar dispuestos a ello. Por eso la Universidad de hoy, para ser moderna, que es un adjetivo que debe ir intrínsecamente unido al propio concepto de Universidad, tiene que cambiar, tiene que adecuarse no a los tiempos actuales, sino a los tiempos venideros.

Y ¿cómo se prepara uno para aquello que no sabe cómo es? Otra pregunta legítima. Pero puede que la respuesta sea evidente si pensamos de verdad en la pregunta. Las universidades han de ser capaces de dotar a sus estudiantes de las herramientas, las destrezas, las capacidades necesarias para enfrentarse con garantías a ese incierto futuro, del que sí sabemos algunas cosas.

Van a necesitar capacidad de relación, capacidad de expresión, capacidad de aprender. Van a necesitar afanarse en el aprendizaje transformador, que les estimule aspectos creativos para enfrentarse y resolver situaciones nuevas, van a tener que hacer del emprendimiento una alegre bandera, lo que implica, por cierto, aprender a fracasar, saber que caer forma parte del camino y que levantarse es aprender. Y han de aprender solidaridad para ser ciudadanos completos y vivos. Es decir, tenemos que procurar una formación transversal en la que los estudiantes han de estar sometidos a múltiples estímulos diferentes que les preparen el mundo.

En fin, estoy convencido de que no podemos tratar a los estudiantes como si fueran los clientes de la Universidad, porque no lo son. La Universidad no trabaja para los estudiantes, trabaja para la sociedad. Los estudiantes son la materia prima, aquello que la Universidad ha de transformar para que sirvan en la sociedad al mismo tiempo que encuentran acomodo en ella. Por eso han de ser capaces de encontrar su hueco en las empresas, que es como está articulado el mercado laboral. Por eso, las empresas son los verdaderos clientes últimos de las universidades, y por eso es tan importante una buena relación con ellas, un conocimiento profundo de lo que demandar en los próximos años. Así alcanzarán el prestigio que les permita, como es su deber, seguir cien años más siendo la vanguardia de la modernidad. Se atribuye a Miguel de Unamuno, insigne universitario, la frase «renovarse o morir». Quizá nunca tan cierta, y tan acuciante para la Universidad como ahora.

Manuel Villa-Cellino, presidente de la Fundación Antonio de Nebrija.

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