Universitarios construyendo Europa

En la festividad de santo Tomás de Aquino las universidades celebramos el día de nuestro patrono, agradeciendo, homenajeando y destilando la esencia de nuestra identidad. Este año ha caído dentro del 800º aniversario de la creación de la Universidad de Salamanca, una de las más antiguas de Europa, junto a Oxford, París y Bolonia. Cuando se erigía la Universidad salmanticense faltaban solo siete años para el nacimiento del genial santo dominico.

Este curso tenemos presentes también otros aniversarios más modestos, pero no menos significativos: se han cumplido los 30 años del Programa Erasmus y próximamente se cumplirán los mismos años de la Declaración de Bolonia, que, en la tradición del humanismo europeo, ve la Universidad obligada a atender al saber universal, para asumir su misión, y saltar toda frontera geográfica o política afirmando la necesidad imperiosa del conocimiento recíproco y de la interacción de las culturas. En este sentido, es bonito y estimulante recordar –como hizo el Rey Felipe VI al inaugurar el presente curso universitario– el carácter precursor de Salamanca en lo que hoy denominamos movilidad académica, si consideramos la licencia especial que desde el mismo siglo XIII tuvieron sus egresados para impartir enseñanzas en todo el orbe cristiano, cuando el latín era lingua franca. El Aquinate fue un ejemplo conspicuo de movilidad en un tiempo en que un viaje Nápoles-París era una aventura que duraba semanas y abundaba en peligros. Se movió mucho por Europa a pesar de su tamaño voluminoso y las condiciones penosas de aquellos desplazamientos. No eran viajes de placer, sino de servicio, en pos de los mejores maestros, o portando la ciencia donde se requería. Y no solo como profesor-investigador, sino como organizador de estudios, lo que hoy denominamos «gestor». Quizás no venga mal un breve recordatorio de sus caminos.

Tras estudiar en la Universidad de Nápoles, su familia lo sometió a dos años de cautiverio para hacerle desistir de sus deseos se ser fraile. De aquel encierro, sin embargo, salió reforzado en su vocación religiosa e intelectual y más formado tanto en la Biblia como en las Sentencias de Pedro Lombardo. Tras ese paréntesis le llegó el momento de ir a París para aprender bajo la guía del maestro Alberto Magno. Con él se iría más tarde a Colonia para estudiar las obras de Aristóteles. A los 27 años regresa a París para concluir sus estudios y a los 31 ya ejerce allí como maestro de Teología, no sin dificultades.

Pasó unos diez años enseñando en Nápoles, Orvieto, Roma y Viterbo, periodo en el que escribió la primera parte de Suma teológica. De vuelta a París, escribe la segunda. Cuando regresa nuevamente a su tierra, comienza a escribir la tercera parte y vive aquella experiencia mística de sentir que lo que había escrito era «paja» ante las cosas que le habían sido reveladas. Su viaje postrero fue camino de Lyon para participar en el Concilio; murió en el monasterio cisterciense de Fossanova, en 1274, cuando aún no había cumplido 50 años.

La movilidad universitaria es hoy mucho menos heroica que en aquellos tiempos, pero afortunadamente mucho más fácil y multitudinaria. Miles de jóvenes ansían experimentarla cada año y las universidades la alientan, considerando que una política general de equivalencia en materia de status, títulos, exámenes (sin supresión de los diplomas nacionales) y de concesión de becas, forma parte de su misión. Ahí está el programa Erasmus, cuyo acrónimo del nombre oficial inglés (European Region Action Scheme for the Mobility of University Students) coincide con el nombre latino del gran filósofo, teólogo y humanista Erasmo de Rotterdam, también peregrino por varios de los principales centros del saber de la Europa de su tiempo.

España lleva desde 2001 como primer destino de educación superior y también como uno de los que más aportan (más de 52.000 al año) al programa de intercambio de estudiantes (la movilidad de profesores es harina de otro costal), que en 2015 fue reforzado por el Erasmus +, que llega a la mayor parte de los países del mundo y a otros sectores educativos. Treinta años ayudando a «mejorar la calidad y fortalecer la dimensión europea de la enseñanza superior, fomentando la cooperación transnacional entre universidades, estimulando la movilidad y el pleno reconocimiento académico de los estudios y cualificaciones en toda la UE». Un auténtico fenómeno social y cultural, que recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional (2004) por ser uno de los programas de intercambio cultural más importantes de la historia de la humanidad. La mejor oportunidad para cientos de miles de jóvenes de compartir cultura, ideales, solidaridad, lazos de amistad y experimentar en propia carne lo que significa la cooperación dentro del proyecto común europeo. Construye Europa y proporciona una clara conciencia de ciudadanía europea que hace aún más incomprensible el Brexit.

Pero para que no se quede en un baño superficial, la «experiencia Erasmus» debe favorecer el conocimiento de la «misión» y los valores que sustentan el proyecto europeo de unidad en la diversidad, antídoto contra los egoísmos nacionalistas y las postverdades populistas que ponen en riesgo lo que decidieron unos Estados por libre elección del bien común, renunciando para siempre a enfrentarse.

Poco después de la firma del Tratado de Roma, el italo-alemán Romano Guardini advertía de que Europa es ante todo «una disposición de ánimo que puede perder su hora». ¡Qué frase tan sabia! y ¡qué urgente es recordar que la UE no es un manual de procedimientos que seguir o una colección de cifras y números para presumir, sino una vida y una manera de concebir al ser humano desde su dignidad trascendente e inalienable! La dignidad del ser que es imagen de Dios, del registro judeo-cristiano, y «fin en sí y no medio», del registro kantiano. La dignidad que viene de ser persona, funda los derechos humanos y hace posible constituir comunidades, también universitarias.

Ojalá que las experiencias de la «generación Erasmus» no queden en vivencias puntuales, de una intensidad que se disipa en cuanto bajan los estímulos externos que las provocan, sino que generen verdadera experiencia cultural de la que marca hacia el conocimiento y el aprecio afectivo de un proyecto de unidad en el respeto a la diversidad, la libertad y la justicia. Un proyecto puesto en marcha para superar las guerras fratricidas y ofrecer las bases sólidas de reconciliación entre los pueblos del continente. Nuestros jóvenes deberían saber, además, que entre los padres fundadores de ese proyecto fueron decisivos tres políticos profundamente católicos como Adenauer, Schuman y De Gasperi, que compartieron causa con Jean Monnet, muy respetuoso de las creencias de sus colegas.

Para adoptar soluciones que movilicen las mejores energías hacen falta cultivos de esperanza y sentido. Hace seis décadas los encontraron y hoy también lo haremos, si ponemos a la persona en el centro de las instituciones; si trabajamos por la justicia social y la solidaridad concreta; si no nos agarramos miedosamente a las falsas seguridades e invertimos en desarrollo, ecología y paz; y si nos abrimos con humildad y decisión al futuro, sobre todo, dando a los jóvenes una educación seria y posibilidades reales de inserción laboral, invirtiendo en la familia, como célula fundamental de la sociedad, respetando la conciencia y defendiendo una ética coherente de la vida.

Julio L. Martínez, rector de la Unievrsidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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