Unos héroes anónimos: los abuelos

Siempre he tenido una sana envidia por los afortunados que han conocido y tratado a sus cuatro abuelos. Yo –debido a la menor esperanza de vida en mis tiempos mozos– sólo conocí a mi abuela paterna y la disfruté plenamente. Tengo aún en mi memoria el recuerdo vivo de su genio y figura, de su fuerza al mandar, de su generosidad al premiar, y del equilibrio familiar que suponía su presencia. De ahí que haya valorado mucho y siempre el papel de los abuelos en nuestras vidas y ello porque al formar mi propia familia he tenido el privilegio de penetrar y gozar de los seis nietos que prolongarán nuestras vidas.

Dentro de las modas actuales de asignar días a determinadas instituciones vitales, como la paternidad y la maternidad, parece que el 26 de julio es el Día de los Abuelos. Y a los abuelos hay que hacerles justicia por su trascendental papel en la familia, incluso en estos convulsos tiempos para la concepción tradicional de la misma, por la frecuencia y porcentaje de divorcios y separaciones.

En primer lugar, hay que destacar el papel que han desempeñado los abuelos en esta larga y dolorosa época de crisis económica, que parece se va superando. En la crisis los abuelos han desempeñado un papel de enorme importancia, con un elevado precio para ellos, no sólo en lo económico, sino también en lo emocional y en su tiempo de vida. Según la Fundación de Ayuda para la Drogadicción, sobre los abuelos, se constata que los mismos se sienten angustiados y utilizados por todas las labores que les asignan sus hijos respecto de los nietos. Y según el Imserso, más del 50% de los abuelos cuidan a los nietos pequeños casi todos los días, y el 45% casi todas las semanas.

Pero los abuelos no sólo cuidan con su atención personal a los nietos, sino que también lo hacen económicamente, en especial en estos años de crisis. Según Mensajeros de la Paz, 8 de cada 10 españoles, afirman que sin la ayuda de los abuelos no podrían sostenerse. Según la UDP (Unión Democrática de Pensionistas), la solidaridad de los progenitores se ha considerado como una estrategia clave para capear la crisis, y según dicha Asociación, el 44,2% de los mayores han ayudado a sus familiares, de los cuales el 84,9% eran sus hijos. En números absolutos se cifra en 290 euros al mes lo que han dado de media los abuelos a sus hijos y nietos, para la compra, educación, alquileres, etc. En dos de cada diez casos, según Educo, lo donado supone el 40% de los ingresos mensuales de los abuelos que, a su vez, en un 45% tienen ingresos medios de mil euros. En la inmensa mayoría son pensionistas y por ello el 60% de los abuelos afirman que su situación y bienestar personal ha empeorado a raíz de las dificultades económicas de su familia, por lo que han reducido gastos como tratamientos, servicios de salud, viajes, energía eléctrica, etc. Por ello, según dicha encuesta, al 50% de los abuelos les cuesta mucho llegar a fin de mes, teniendo que echar mano de su patrimonio para poder ayudar.

Y en otro capítulo de ayudas de los abuelos, ocupa un lugar importante la entrega de su tiempo para cuidar a los nietos. Desde cuidarles en la jornada laboral, muchas veces íntegra, hasta tenerles en sus casas en los fines de semana o vacaciones. En definitiva, los abuelos bien pueden catalogarse de héroes anónimos, porque entregan, a su costa, dos bienes preciadísimos como son el tiempo y el dinero. Bien puede decirse de ellos que «el corazón tiene razones que la razón desconoce» (Pascal) o aquello de que «la batalla de la vida no siempre la gana el más fuerte sino el que cree poder ganarla».

Un escenario complejo para los abuelos, hoy en día, es el divorcio de sus hijos. Es un drama para los hijos pero también para los abuelos, porque tienen que mantener el hilo de unión con sus nietos, haciendo un esfuerzo por la imparcialidad, que no es nada fácil. Pero en esos momentos de inestabilidad familiar que afecta hondamente a los niños, los abuelos emergen como rocas a los que agarrarse en medio de la tormenta. En una encuesta entre niños de 6 a 8 años resulta conmovedor que algunos definieran a los abuelos como «personas que siempre están contentas de estar con nosotros». Pero el divorcio trae muchas veces un drama añadido para los abuelos, como es la ruptura de relaciones con los nietos por parte del divorciado que no sea el hijo o hija suyo. El artículo 160 del Código Civil dice que «no podrán impedirse sin justa causa –(y el divorcio no lo es)– las relaciones del menor con sus hermanos, abuelos y otros parientes o allegados». Pero en las relaciones de familia obrar por imperio de la ley y no por el afecto familiar resulta bastante inútil.

Yes que, al final, lo que los abuelos aportan es un hondo sentido de lo que es una familia. Decía el presidente de una gran multinacional americana a sus empleados, cuando se jubiló, que en la vida jugamos, como malabaristas, con cinco pelotas: el trabajo, la familia, los amigos, la salud y la vida interior. Todas en el aire. Si cae al suelo la del trabajo se puede reponer, pero si caen las otras y se rompen tiene difícil sustitución. La familia genera unos lazos de unión que dan sentido a nuestra vida, y hay que fortalecerlos; a veces con algo tan sencillo como comer y cenar juntos y hablando. Cada vez se hace menos y se notan sus efectos.

Yo tengo como lema, y así lo tengo esculpido en piedra, que «solo dos legados podemos dejar a nuestros hijos: uno, alas, otro, raíces; ilusiones y tradiciones». Y eso es lo que transmiten los abuelos: el sentido de la familia, sus raíces, su historia y a la vez sus posibilidades vitales, por los consejos que dan a los nietos y que a todos nos ha hecho decir… «como decía mi abuelo…»

Y es que, en definitiva, cuando se está con los abuelos se nos esponja el alma al comprobar que no estamos solos y que por el contrario nos enseñan que la mayor desventura humana es la soledad y el mejor tesoro la compañía.

Los abuelos nos vemos perpetuados en los nietos y en sus andanzas vitales, llenándonos de orgullo sus triunfos y éxitos, porque en ellos vemos a nuestros hijos que hacen realidad aquello de que nuestra descendencia es nuestra trascendencia (Segovia).

Dicho como los poetas, el antes nos lleva a recordar, el después a soñar y el presente a amar. Como dijera Jorge Manrique «quien quisiera ser amado, trabaje por ser presente, que cuan presto fuese ausente, tan presto será olvidado». Esa presencia vital en los nietos es el premio de los abuelos.

Juan Antonio Sagardoy Bengoechea es miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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