Urgencia moral de una alternativa

En estos días, la mayoría de los españoles, contemplando las derivadas y consecuencias del diálogo entre el presidente Sánchez y el Gobierno de Cataluña, tenemos todo el derecho a preocuparnos, indignarnos e incluso angustiarnos. Pero no tenemos el derecho a sorprendernos, porque nada de lo que hoy se manifiesta es fruto de la casualidad.

El contenido y el continente de lo que hemos conocido estos días respecto del diálogo Gobierno-Generalitat es sustancialmente idéntico al acuerdo marco que suscribieron ETA y Rodríguez Zapatero hace más de una década. Esa figura del relator-mediador en la mesa de partidos es cualquier cosa menos una novedad. Es la repetición del perfil de los mediadores internacionales que siempre han estado presentes en el mal llamado proceso de paz en el País Vasco, que ha sido simplemente un proceso estándar de resolución de conflictos, eso sí, absolutamente opaco, que ha determinado la política española en los últimos años. Muchos pensarán que para bien, porque ETA ha dejado de matar. Sin embargo, y tal y como la realidad nos confirma tozudamente día tras día, tiene derivadas muy inquietantes.

Urgencia moral de una alternativaSi además, fruto de aquel acuerdo marco, existe un gobierno de Frente Popular, populista, nacionalista en España, tampoco lo que hoy vivimos puede constituir una sorpresa, porque un «frente» no es una coalición entre partidos democráticos, ni es un gobierno, sino que es un instrumento de ruptura social y moral de nuestra sociedad, una herramienta de fractura de España y de su constitución democrática.

Un frente, como el que tenemos en España, por su propia naturaleza, ni tiene ni puede tener límites morales, democráticos ni tan siquiera constitucionales, por su carácter destructor de un orden. Un frente no gobierna, sino que es la expresión de un proceso que por su propia naturaleza tiene un marcado carácter cultural, en el sentido y significado de una operación de ingeniería social, esto es, de transformación de un orden moral y de las conciencias individuales. Y a partir de ahí, ETA pensó y piensa que todo es posible y con ETA todos los nacionalismos periféricos. Por eso, vuelven a reivindicar ahora el derecho de autodeterminación que se inicia, como no puede ser de otra manera, de una forma tortuosa y que tendrá un resultado confuso.

El problema, no sorpresa, radica en que una vez más se pone de manifiesto la dificultad de buscar primero y defender después la verdad y, por el contrario, la facilidad de aceptar y propagar la mentira.

Era y es más cómodo repetir como papagayos que hemos derrotado a ETA -una media verdad, esto es la peor de las mentiras- que reconocer y admitir que ETA está en la génesis y en la raíz del proceso y del gobierno del Frente Popular que hoy tenemos en España, tal y como lo confirmaron Zapatero y Otegui en la reunión que celebraron el 8 de septiembre del año pasado en un caserío en Elgoibar.

Me sigo preguntando, por qué casi nadie, solo contadas excepciones, se atreven a poner encima de la mesa el término «Frente Popular», por qué casi nadie quiere comprender la auténtica naturaleza del movimiento nacionalista, de la metamorfosis, que no derrota de ETA, del significado de su proyecto político y cultural. No es una anécdota, no es indiferente, comprenderlo, enunciarlo o no hacerlo. Porque en una crisis de valores -en plural-, la primera y más grave manifestación de la misma es una crisis de valor -en singular-. Esto es, cobardía y resignación, aceptando la moda dominante. La clave no es gritar, ni insultar, ni hablar en demasía, sino ser capaz de profundizar y en consecuencia de solemnizar la gravedad de la crisis.

No tenemos el derecho a la sorpresa, tenemos la obligación de impulsar y de exigir una alternativa a este proceso suicida, porque hoy, lamentablemente, esa alternativa no existe, ni en el ámbito político ni menos en el cultural. Sin una alternativa de verdad, el Frente avanzará, retorcidamente, pero lo hará.

El troceamiento continuado y creciente del espacio político, cultural y social de lo que entendemos el centro-derecha español, en su expresión conservadora, cristiana y liberal, constituye una realidad inequívoca que avanza, que va a más, que nos gustará más que menos, o menos que más, pero que, de momento, es irreversible. No lo podemos evitar hoy día. Pero tenemos la obligación de pedir, impulsar, incluso de exigir una alternativa al «proceso» que tenemos delante.

La manifestación de mañana es un paso adelante, pero no es suficiente. No estamos obligados a seguir el modelo francés, esto es, Vox no tiene por qué ser el Frente Nacional de Le Pen, ni Ciudadanos necesariamente tiene que ser Macron, por mucho que les cueste a sus líderes. Es un mal modelo para España.

El día 18 de febrero, la Fundación Villacisneros, la Fundación Universitaria San Pablo CEU y la Fundación Valores y Sociedad inician un ciclo de conferencias y mesas redondas bajo el título «La alternativa al Frente Popular; un debate cultural».

Las mismas fundaciones, el día 23 de febrero en París, bajo el paraguas de la Federación «One of Us» (Uno de Nosotros), que agrupa a las organizaciones que defienden la vida en Europa, vamos a lanzar una plataforma cultural formada por pensadores e intelectuales europeos bajo la dirección de Remí Brague, un excepcional filósofo y pensador francés, a través de un manifiesto «Por una Europa fiel a la dignidad humana».

Porque el debate que tenemos ya delante de nosotros es esencialmente de carácter cultural, más que estrictamente político o de carácter partidario. En la fecha de hoy, no sé mañana, Europa, España, no padece ni la extrema derecha ni la extrema izquierda: padecemos un extremo desorden, lógica consecuencia cuando se destruyen demasiados referentes permanentes. En España vivimos el mismo desorden, de carácter moral, pero que se manifiesta singularmente en un desorden nacional.

Al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios. A quienes estamos en un ámbito pre-político, meta-político o cultural, a través de la fundaciones en las que estamos, se nos tiene que exigir que existamos, que no nos escondamos. En definitiva, una exigencia de concienciación y diagnóstico de la búsqueda de la verdad de lo que vivimos. A quienes están en el ámbito político, que merecen nuestro reconocimiento y agradecimiento por esta tarea que hoy es tan ingrata, les corresponde estar a la altura de la gravedad del proceso, y que sean capaces de alumbrar la esperanza de una alternativa política que, lamentablemente hoy no existe ni se vislumbra ante la heterogeneidad de sus componentes. Pero todos tenemos que coincidir en lo fundamental: en la necesidad de una alternativa, no a un partido político, no a una coalición de partidos, sino a un proceso que, de continuar, es y será letal para España.

Jaime Mayor Oreja es presidente de la Fundación Valores y Sociedad.

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