Urnas amargas

Podía haber sido un militar, tal vez uno de los mejores. Pero hubiera sido sólo un militar. Su clase social y sus aspiraciones ilimitadas le empujaban más allá y le convirtieron sin dificultad en un excelente animal parlamentario. Podía haber sido un buen político, quizá uno de los mejores. Pero hubiera sido sólo un político. Provisto de una absoluta seguridad en sí mismo, Winston Churchill siempre quiso ser un hombre de Estado, un gobernante con verdadero sentido de la historia, un aristócrata dispuesto a emplearse a fondo por sus ideas y por el mantenimiento de un determinado tipo de sociedad y de nación, que creía insuperables.

Sin duda, los años de la Segunda Guerra Mundial fueron sus mejores años. Protagonizó la escena internacional , junto a Roosevelt, con el que celebró nueve cumbres, o Stalin, al que vio en cinco ocasiones, y agrupó a los británicos frente a Hitler como nadie hubiera sido capaz de hacerlo. Les exigió sólo lo que él estaba dispuesto a entregar: sangre, sudor y lágrimas. Juntos aguantaron el empellón nazi. Y juntos hicieron la señal definitiva de la victoria en Trafalgar Square, el día de la rendición de Alemania.

Aquel fue el momento estelar de sir Winston Churchill, su mayor contribución a la historia de Inglaterra. Por fin había cumplido con la responsabilidad a la que se sentía llamado como descendiente directo del duque de Marlborough, legendario vencedor de Luis XIV. Por fin había cabalgado junto a sus antepasados, y actuado a su nivel. ¿Quién, en el número 10 de Downing Street, podía pensar entonces en una derrota electoral? Y sin embargo, esta llegó: el 26 de julio de 1945, tan solo dos meses después de la rendición de Alemania, el viejo condotiero perdió las elecciones que él mismo había convocado y que estaba seguro de ganar. Victoriosos, sus compatriotas le abandonaron en las urnas. Y le devolvieron el recado de la guerra, aquel «sangre, sudor y lágrimas» del que ya se han cumplido setenta años y que Churchill había escrito con un ojo pendiente en las palabras que empleara Garibaldi para dirigirse a su grupo de soldados en pleno Risorgimento: «No ofrezco soldada, ni cuarteles ni aprovisionamiento. Ofrezco hambre, marchas forzadas, batallas y muerte».

Perder las elecciones de julio de 1945 fue la más profunda de las decepciones que vivió Churchill en su prolongada carrera política. «Nunca pensé que pudiera ocurrir tal cosa. Jamás imaginé tanto desprecio, semejante doblez. Un abandono así no me entra en la cabeza y, sobre todo, me amarga el corazón», dijo a su esposa Clementine y a su colaborador Anthony Eden después de conocer los resultados de las urnas, y, dando sorbitos a su habitual whisky con soda, como engullido sin remedio por un monólogo de Shakespeare, preguntó en voz alta: «¿Qué se hizo de tanto aplauso, del desbordamiento popular en el día de la victoria? ¿Cómo he podido dedicar mi vida a un oficio y a un pueblo tan engañosos, tan infieles, tan ingratos? ¿Acaso la vileza, la insidia y la traición son ahora las que mueven al pueblo británico? Han sido casi seis años sin apenas dormir, trabajando más horas que un forzado, sufriendo cada paso atrás, cada bombardeo, cada muerte de nuestros soldados. Y la angustia, esa compañera inseparable de mi estómago, que, si Dios no lo remedia, se va a quedar ahí para siempre».

Palabras amargas, curtidas con el sabor de la derrota «más humillante». Pero, aunque pueda parecer lo contrario, ganar una guerra, incluso de la manera en que la había ganado Churchill, tan personalmente, y, de inmediato, perder la paz, no es algo que pueda considerarse insólito en la historia. Sin ir más más allá del siglo XX, en 1945 Churchill podía mirarse en el espejo de Clemenceau, el más puro representante de republicano radical y quizá el político más laureado y, al mismo tiempo, menos llorado de Francia.

Si Churchill estaba seguro de que Inglaterra le pertenecía, Clemenceau siempre pensó que Francia le necesitaba. Lo creyó cuando lideró desde las páginas de «L´Aurore» la defensa del capitán Dreyfus, condenado injustamente por espionaje. Y lo creyó, sobre todo, durante la Primera Guerra Mundial, en los sombríos días de 1917-1918, cuando el triunfo bolchevique en Rusia dejó a Londres y París sin aliado en el Este, cuando los ejércitos franceses fueron destrozados en el frente occidental, los alemanes llegaron otra vez al Marne y todos hablaron del hundimiento de la nación. Tenía 76 años, pero también una energía y una voluntad extraordinarias: «Lucharé delante de París; lucharé en París; lucharé detrás de París», dijo con los alemanes a las puertas de la capital gala, dejando bien claro que no habría rendición, que no abandonaría nunca el combate porque, de hacerlo, la vergüenza teñiría para siempre la historia de Francia. Y así, convencido, como Churchill, de que el pueblo francés debía seguir luchando más allá incluso de la derrota, mantuvo su país unido hasta la victoria final. «La guerra está ganada —dijo al ver que las multitudes empezaban a desmontar los cañones—. Dádselos a los niños para que jueguen».

Vista su popularidad en la guerra, ¿ quién podía pensar que en menos de dos años el nombre de Clemenceau sería el nombre más muerto de Francia, quién podía imaginar que el hombre pletórico de gravedad y grandeza que en 1919 se reunía con Woodrow Wilson y Lloyd George para poner en pie una Europa en ruinas sería abandonado a los pies de sus enemigos políticos? Pero en política el porvenir es un mundo desconocido, un país extranjero lleno de celadas, giros insólitos y decepciones. En 1945, sumido en la más profunda de las decepciones, Churchill no podía olvidar los aplausos de la victoria. Veinticinco años atrás, Clemenceau tampoco podía borrar de su mente la moneda con que le habían pagado sus sacrificios: «Usted ha ganado la guerra, nosotros ganaremos la paz.»

En los días que siguieron a la humillación electoral, Churchill se vio a sí mismo en peor trance que Otelo, el moro de Venecia, «pues yo sí que soy un cornudo expuesto en plaza pública», pero todavía tuvo resuello para tomarse la revancha. Y, olvidándose para siempre del imperio perdido, suavizando sus ideas conservadoras, aceptando algunas de las reformas introducidas por los laboristas, reconquistó el número 10 de Downing Street. Clemenceau, no. «El Tigre», como le apodaron sus contemporáneos por los zarpazos de su oratoria, siguió la sencilla senda del griego Arístides, que el día que lo condenaron al ostracismo se despidió de sus compatriotas con estas palabras: «Espero, atenienses, que no volváis a tener ocasión de acordaros de mí».

Decía Scott Fitzgerald que el éxito conduce al delirio, y el fracaso a la lucidez. Por los mismos días del aniversario de la amarga derrota de Churchill, otro gran orador probaba el duro sabor de un fracaso electoral que nadie habría vaticinado un año atrás, cuando era aplaudido por las multitudes de su país y sus discursos le valían la presidencia de los Estados Unidos y el premio Nobel de la Paz. Por supuesto, hay grandes diferencias entre el mandatario británico y el norteamericano. Barak Obama no ha ganado ninguna guerra ni ha acertado en las decisiones inmediatas, que es lo que distingue a los gigantes políticos del resto de sus colegas, pero su descenso a la realidad no difiere en mucho del sufrido por Churchill en 1945. Como al viejo aristócrata inglés, al presidente norteamericano no le queda hoy otra salida que resolver el viejo dilema de Hamlet. Decidir si es más noble resignarse a las adversidades de la vida o hacerles frente y terminar con ellas.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

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