Usos de un atentado

Si quienes nos exhortan a no mezclar el proceso secesionista con los salvajes atentados de agosto en Barcelona, lo que nos dicen es que ningún independentista tiene culpa de la tragedia, la afirmación es tan banal como justa. Tampoco cabe imputar a las maniobras desleales de la Generalitat un adarme de culpabilidad. Atentados como este y peores han ocurrido en países centralizados sin tensiones territoriales. Pero si lo que se sostiene es que en el análisis editorial no se debe hacer referencia al contexto político en el que se produce el ataque, ni a las posibles interacciones entre el llamado procés y la tragedia, entonces lo que se pide a los periodistas es que no hagan su trabajo y se priven de las claves que permiten entender el modo en que desde la semana pasada se han conducido los distintos agentes políticos.

Lo cierto es que nadie pudo dudar, en un país que vive un debate tan tenso como el nuestro, de que el atentado sería usufructuado por la política. ¿De qué manera? El secesionismo hizo patente un primer uso desde la primera hora: aprovechar la atención mediática mundial concentrada en Barcelona para proyectar la sensación de Estado autosuficiente. Cierto: policía, hospitales, servicios sociales y medios públicos, todo cuanto un Estado activa en la gestión inmediata de un atentado así, estaban en manos de la Generalitat catalana. Naturalmente, la mera ostensión de estos poderes probaba algo que el soberanismo niega machaconamente: que el autogobierno de Cataluña dentro de la democracia española de 1978 es real y profundo. Es decir, el 17-A se constató la naturaleza efectivamente descentralizada del Estado y el carácter fraudulento de la tesis contraria: la subsistencia soterrada del centralismo y la escasa entidad del poder transferido. La crasa contradicción —el soberanismo puede presumir de poderes o lamentar el vaciado de su autogobierno, pero no sostener ambas cosas a la vez— no parecía preocupar a los pasaconsignas del independentismo, exultantes porque su autogobierno recién descubierto estaba dando bien a las cámaras.

Como yo sí creo en el autogobierno, una herramienta eficaz que vale para algo más que para lucir galas, no me pareció mal que la Generalitat tuviera ese grado de protagonismo. Era lo propio, aunque estuviera siendo instrumentalizado. Andaba más preocupado por otro uso del atentado, más ruin y corrosivo: el de pretender que ni el resto de españoles ni nuestros representantes estábamos suficientemente consternados, enésima prueba de nuestra incurable “catalanofobia”. Me sorprendió y dolió que algunos de los primeros en propagar la insidia fueran articulistas a quienes respeto y tengo por personas sensibles y moderadas. En tribunas señeras de la prensa de Barcelona pudimos leer que la sociedad española había reaccionado al atentado con menos cariño del debido, y que el duelo de nuestros representantes era meramente formulario, glacial, “de impoluto tanatorio”. Estas afirmaciones no se fundaban en nada en particular, tan solo en impresiones a contracorriente de lo que sugerían imágenes muy diversas, desde la emocionante imagen de Cibeles en Madrid iluminada con los colores de la señera, las notas de apoyo pegadas a las puertas de Blanquerna, las banderas catalanas ondeando en balcones oficiales, o el masivo tráfico de mensajes de solidaridad llegados a Barcelona desde la Piel de Toro. No, en absoluto, la sociedad española, en general, no ha roto afectivamente con los catalanes, a pesar del tremendo pulso que la Generalitat está echando a la democracia española. Y para evitar que esto llegue a pasar —porque, por desgracia, podría llegar a pasar—, no ayudan análisis dolientes con vocación de profecías autocumplidas.

Es interesante observar que quienes no se cansan de apreciar déficit de cariño se presenten no como independentistas sino como militantes del catalanismo abierto y tolerante. Como si el catalanismo, el justo y necesario movimiento reivindicativo de antaño, apenas hubiera quedado en esto: en una actitud de recelo constante que mantiene a muchos catalanes en un suerte de hipocondría afectiva permanente: “España no nos quiere, no nos comprende”, letanía repetida ante la expresión de cualquier crítica, por razonada que sea, del estado de cosas en la política catalana. Luego recogen el testigo los más arriscados para ayudar a dar el sencillo salto que va de la hipocondría a la manía persecutoria: “España nos odia y quiere destruirnos”. Estos días han circulado por las redes varios bulos con este propósito inductor de la paranoia (y dejo de lado la lunática tesis del atentado de “falsa bandera”, tan delirante que por fortuna ni siquiera ha logrado prender en el mundo independentista). Cito tres, del mismo día, y todos divulgados por personas de rango e influencia en la sociedad catalana, habituales de tertulias y con miles de seguidores. La especie, por ejemplo, de que las embajadas españolas no habían abierto libro de condolencias. Era falso: se abrieron. La áspera protesta (“esto es lo que les importa: una mierda”) ante la supuesta decisión de Televisión Española de no interrumpir su programación para informar de la última hora de la investigación policial. Era falso: se interrumpió. Y la más explosiva de todas: la noticia, que voló como la pólvora, de que medios españoles habían abandonado una rueda de prensa de los mossos ante la negativa a que esta se produjera en castellano. Al día siguiente se conocía la verdad: un único corresponsal extranjero, holandés, había protagonizado el incidente. Es conocida la ley de hierro del embuste: la energía que se necesita para desmentirlo es muy superior a la precisada para propagarlo. ¿Cuántos catalanes siguen hoy creyendo que una nueva línea se escribió en el cuaderno de agravios contra la lengua por parte de la “caverna españolista”?

¿Qué hay de los otros, se dirán algunos? Sin duda, la ocasión también era propicia a su manejo para la causa de la unidad. La tentación simétrica a la apoteosis de los mossos en el altar de la construcción nacional era la de la crítica desaforada de los errores en la prevención del atentado, presentando a la policía autonómica como un cuerpo chapucero. Esa malicia también era detectable en algunos apuntes. Y es cierto que hubo errores (por definición los hay ante un atentado consumado) pero también aciertos. Sospecho que los dos relatos interesados, el autocomplaciente y el malicioso, coexistirán en el imaginario popular según los sesgos de cada uno. Lo deseable, en cambio, sería que emerja pronto un relato que sepa ponderar con justicia aciertos y errores, como el que terminó asentándose tras el 11-M y que propició notables mejoras en el modus operandi de Guardia Civil y Policía Nacional. Ése es quizá el único uso inteligente y noble que cabe dar a un atentado: el de examinarlo con rigor y sin vileza con el único propósito de intentar evitar el siguiente.

Juan Claudio de Ramón Jacob-Ernst es ensayista.

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