Utopía africana

La paradoja de que los habitantes de un continente inmensamente rico no sepan valerse por sí mismos quizá requiera un comentario previo sobre la causa de su desgracia. La Humanidad nació en África y desde allí colonizó el resto del globo. Sin embargo, a causa de complejas causas que sería prolijo analizar aquí, los pueblos africanos han permanecido a la cola del desarrollo tecnológico y se han mantenido fieles a esquemas tribales que comunidades más avanzadas han superado. Ese es, quizá el origen de su desgracia, agravada por la codicia de sus vecinos.

El hombre blanco lanzado a la colonización de Asia y América respetó África mientras la malaria, el dengue, la tripanosomiasis del sueño y otras letales enfermedades endémicas lo mantuvieron alejado, pero en la segunda mitad del siglo XIX los avances de la medicina le allanaron el camino. Hasta entonces apenas había visitado las costas africanas para obtener esclavos (el en el océano Índico los árabes y en el Atlántico los europeos).

Con este tráfico de ébano, como se denominaba la infame trata, se amasaron grandes fortunas en Europa. El que esto escribe vivió un tiempo en Bristol. Un barrio entero de magníficas casas del siglo XVIII, Clifton, se había construido con las ganancias del comercio triangular: los buques se fletaban con una carga de baratijas que se intercambiaban en los puertos africanos por esclavos capturados en el interior del continente negro. La carga de ébano se vendía en América y los barcos regresaban a Europa cargados de algodón y productos americanos. Negocio redondo. En la América española los esclavos negros se dividían en tres categorías: «alma en boca» (calidad garantizada); «costal de huesos» (enfermo recuperable) y «con todas sus tachas» (el vendedor no se responsabiliza).

En 1885 Francia, el Reino Unido y Alemania se repartieron África sin tener en cuenta factores étnicos, culturales, sociales, o económicos. Un mapa y un tiralíneas bastaron para decidir el futuro del continente. Lejos de la misión civilizadora cantada por Kipling los europeos se han limitado a saquear el continente negro: esclavos, oro, diamantes, marfil, maderas exóticas, minerales, cacao, petróleo, fosfatos, uranio, coltán…

El Congo (actual Zaire) le correspondió al rey Leopoldo II de Bélgica, que prometió civilizar a sus negros pero se limitó a esclavizarlos para amasar la mayor fortuna del continente explotando el caucho, el marfil y el cobre. Los capataces nativos que no cubrían el cupo mensual demostraban su celo amputando las manos a los trabajadores o a familiares de éstos. Cestos enteros de manos que presentaban a los oficiales de la compañía.

En 1960 una resolución de la ONU aprobó la descolonización del mundo. Hecha la ley, hecha la trampa. Desde entonces la explotación colonial no requiere un dominio efectivo sobre la antigua colonia. Basta con sobornar a sus dirigentes, generalmente tiranos corruptos e ignorantes (Idi Amin, Bokassa…), que consienten la explotación de sus materias primas, mientras que ellos amasan fortunas indecentes y viven como sátrapas sostenidos por guardias pretorianas. En la disolución de toda forma de Estado según conveniencia de las compañías explotadoras hay que buscar el origen de las endémicas hambrunas y guerras que asolan África. El pueblo vive más miserablemente que en los tiempos coloniales.

¿Tiene África solución? Existe cierto consenso en que los grandes males que aquejan a África quizá requieran grandes y urgentes remedios. Hace no mucho escuché a un misionero francés que hablaba por la radio en uno de esos programas para desvelados con que las emisoras rellenan su dial a altas horas de la noche. Lamento no haberme quedado con el nombre. Después de relatar casos espantosos de miseria humana, sugería el misionero que África tendría arreglo si en las altas instancias hubiese buena voluntad. Si la ONU se amarrara los machos y demostrara que tiene algún sentido, añadía. Para ello tendría que nombrarse una fuerza multinacional que se hiciera cargo del continente, o de la parte del continente más claramente desgobernada, la que ha quedado en manos de los señores de la guerra. Una vez pacificada manu militari se podría parcelar para que distintas potencias mundiales se hicieran cargo de los nuevos y futuros países que un comité de expertos habría trazado con respeto a las divisiones étnicas y a la geografía. Supongamos que a España le corresponde la Guinea, decía. La Guinea es rica en petróleo, en cacao, en maderas preciosas… Con solo un mínimo porcentaje del producto de esa explotación, convenientemente supervisada por la ONU, podrían levantarse hospitales, escuelas, carreteras, industrias, cuarteles de la Guardia Civil, laboratorios dirigidos a la erradicación de las enfermedades africanas y, tan importante como todo lo demás, cárceles en las que encerrar y reeducar, si ello fuera posible, a los señores de la guerra, a los traficantes de seres humanos, y a los jefecillos de estados fallidos que hasta ahora campan por sus respetos.

Imaginemos un África libre, limpia de basura humana, ordenada, próspera y feliz, un África en la que imperara la ley, sugería el misionero. Sus recursos convenientemente explotados bastarían para asegurar a sus habitantes una existencia tranquila. La población depauperada no tendría motivos para emigrar en busca del dudoso paraíso del hombre blanco que la publicidad le promete más allá del desierto de arena y del desierto de agua en los que no sabemos cuántos desventurados fugitivos perecen. Y quizá a la vuelta de dos o tres generaciones los africanos nacidos, crecidos y educados en esa utópica comunidad de nuevos países estarían en condiciones de hacerse cargo de su propio destino sin ayuda de nadie.

Me pareció utópico, claro. El buen hombre después de lustros en África, en contacto con toda clase de dolor y de desdichas, no alcanza a comprender las miserias humanas disimuladas en forma de buena voluntad que dejó atrás en el primer mundo. Lo que proponía chocaba seguramente con los secretos intereses de naciones, compañías, multinacionales, bancos, industrias y todo ese conglomerado que forma, o formamos, el mundo civilizado. O sea, lo que proponía era políticamente incorrecto además de utópico.

Juan Eslava Galán, escritor.

1 comentario


  1. Este artículo, a pesar de parece bien intencionado , pinta un realidad africana falaz y desinformada.

    Llevo visitando varios países de África en los últimos 18 años y el avance que está experimentando es notable. Hay una clase media en muchos países, se están haciendo enormes esfuerzos en infraestructuras turísticas, en salud, en comunicaciones.

    ¿Cómo puede sugerir que se les quite la soberanía a los países y se intervenga por la ONU ? Es atroz.

    El artículo habla en presente de dictadores africanos que han muerto hace décadas, pero intencionadamente se olvida de mencionar cuantos líderes están haciendo avances en transparencia electoral y parlamentaria.

    Dentro del África que presenta con una fotografía congelada en el tiempo están países como Ruanda, que ha pasado de vivir un genocidio a ser un referente el mundo en la igualdad de género en el Parlamento, en las gestiones administrativa “en línea” y en reciclaje de materiales por ponerle un ejemplo.

    África es hoy una población joven y en ebullición que está saliendo poco a poco de su miseria y la ayuda que si debería percibir es la de los países que expoliaron sus recursos y a generaciones enteras y convertirlo en fórmulas novedosas de formación, de inversión en infraestructuras tecnológicas y de comunicación.

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