V de victoria

Son 44 escalones, con dos cómodas paradas en sendos rellanos, hasta llegar a lo más alto de la escalera Daru y contemplar de cerca a la desafiante Victoria de Samotracia. Es imposible no observarla mientras se asciende. Orgullosa, como siempre, y recién regresada al Louvre tras una costosísima restauración de cuatro millones de euros. La Victoria ha vuelto diez meses después a llenar de vida y de vibrante energía la imponente escalera del siglo XIX que comunica con la primera planta del ala Denon del museo. De nuevo compite con la Venus de Milo y la Gioconda de Leonardo en la desbordada carrera de popularidad que día tras día se juega en el Louvre. La limpieza de la escultura ha conferido al mármol de la isla de Paros un color aún más blanco, que ilumina a la diosa. Ofrece al viento un contorneado cuerpo sobre el cual se agita una delicada túnica. El milagroso cincel del artista ha transformado la rigidez del mármol en vaporosa tela y acto seguido ha convertido el tejido en piel. Y le ha dado vida. Un pedestal de mármol gris hace aún más majestuosa la figura, los 245 centímetros de la joven, sin cabeza ni brazos, pero con dos poderosas alas tejidas de suaves plumas. Erguida firme en su mascarón, instalada en la proa de una galera, con la fuerza y el impulso que le da su pierna derecha ligeramente adelantada. La contundencia de las veintinueve toneladas que pesa todo el conjunto arquitectónico y los casi seis metros de altura contrastan con su aparente levedad. Desde lo alto de una escalinata, la Victoria domina el espacio e hipnotiza al visitante.

En el Louvre todo es exagerado. Desde el número de visitantes hasta la cifra de obras que atesora. Los 9,3 millones de visitantes en el 2013 lo convierten en el museo más concurrido del mundo y sólo un pequeña parte de sus 445.000 obras anteriores a 1948 son expuestas en los 60.000 metros cuadrados que el centro dedica a exposiciones, el equivalente aproximado a seis manzanas del Eixample. Pues bien, en este espacio, que requiere más de una semana para poder observar con cierto detenimiento las obras que se exponen, tan sólo se exhiben unas 35.000 piezas.

Perderse por sus salas es una experiencia imperial. Y ello a pesar de que, en un país donde la cultura se pretende que siga siendo un signo de identidad, el museo y los públicos multitudinarios van muy ligados. También los teléfonos móviles han revolucionado la forma de acercarse a una obra de arte. El pasado domingo, víspera de la fiesta nacional francesa del 14 de Julio, con la Victoria de nuevo entre las paredes del Louvre, aproximarse a unos metros de la Gioconda era más difícil que situarse en las primeras filas del concierto de un ídolo musical adolescente. Una masa humana se apretujaba en la mitad de la sala rectangular que preside la enigmática Mona Lisa. Sobre ella, revoloteaba un enjambre de móviles agitados por centenares de manos nerviosas que, alzadas, intentaban fotografiar la imagen. El misterio de la sonrisa de la Gioconda quizás tenga algo que ver también con esta obsesión absurda que prioriza el fotografiar la obra en lugar de contemplarla. Justo enfrente, en el otro extremo de la sala rectangular, nadie prestaba la más mínima atención a Las bodas de Caná, una obra capital del italiano Paolo Caliari, el Veronés, que data del siglo XVI. Una obra enorme en todos los sentidos -mide cerca de 10 metros por 7 y agrupa 130 personajes-, que fue expoliada por Napoleón durante la campaña de Italia, muy a finales del XVIII.

Bien pensado, tampoco es tan extraño. Igual como conviven en el mundo real falsos milagros con esperanzas imposibles, se impone cada vez más una instantánea rápida y borrosa de la realidad antes que una fotografía meticulosamente trabajada de la situación. El goteo de manifiestos que provoca en Madrid el debate soberanista resulta un ejemplo magnífico. Cuando Artur Mas vuelva uno de estos días a la Moncloa para celebrar una reunión decisiva para el rumbo de Catalunya y, obviamente, también de España, difícilmente podrá sustraerse a las experiencias negativas que ha tenido entre aquellas frías cuatro paredes. Seguramente recordará dos episodios en particular: el acuerdo sobre el Estatut d’Autonomia con Zapatero, un aciago sábado del mes de enero del 2006, y la negativa radical de Rajoy a un pacto fiscal, nueve días después de la primera gran manifestación de la Diada del 2012.

De aquel primer engaño del Estatut y de la cerrazón de la segunda cita, pasando por la humillación de la trituradora del Constitucional con su sentencia de hace cuatro años, se ha transitado hasta el actual escenario. Eso sí: con muchos bomberos pirómanos por en medio. Algunos en Catalunya, sí; pero muchos más en Madrid. Ninguno de los actores que ha tenido responsabilidad política en estos años ha llegado al nivel incendiario con que el ministro Wert ha atropellado la inmersión lingüística o a la locuacidad, displicencia y sarcasmo con que Montoro ha despachado el maltrato fiscal que atenaza a Catalunya. Por eso, para una muy amplia mayoría de la sociedad catalana, la consulta es innegociable.

De entre la filmografía que recrea la figura de la Victoria de Samotracia hay dos películas especialmente icónicas. En la primera, Una cara con ángel, rodada en 1957, Audrey Hepburn desciende majestuosa la escalinata ante la escultura con un llamativo vestido rojo y, alzando el velo del mismo color, trata de imitar la forma tan característica de la diosa griega. En la segunda, Titanic, no aparece la imagen de la Victoria, pero su orgulloso desafío contra la tempestad inspiró a James Cameron la escena en que DiCaprio y Kate Winslet juntan sus brazos extendidos en el extremo de la proa del barco. “Estoy volando”, grita emocionada la protagonista que se siente flotar sobre el viento y la marea hacia el crepúsculo cuando en realidad avanza hacia una fatal colisión.

En algún momento del 2010 y el 2011, Rajoy y Mas pudieron sentirse también como dos pasajeros en aquel barco que era España a punto de hundirse tras la mala gestión económica de Zapatero. Eso hubiera sido lo normal. Pero el actual inquilino de la Moncloa no captó, y sus colaboradores tampoco quisieron explicárselo, que Mas no hacía comedia, que es orgulloso y no soporta el desdén y que, en definitiva, los tiempos del pujolismo -en Madrid hoy tan elogiados como antes denostados- habían concluido definitivamente.

En el catálogo del Louvre se recuerda que el polifacético André Malraux describió la Victoria de Samotracia como una obra maestra del tiempo y del azar. Malraux, que transitó a lo largo de su vida por la literatura, la filosofía y la política, llegó a ser un brillante ministro de Cultura con De Gaulle nada menos que durante diez años, hasta 1969. De ideología izquierdista, supo combinar algunos ensayos de obligada lectura como Les voix du silence, una reflexión sobre el arte, con un indiscutible papel de hombre de Estado. Desarrolló el concepto de museo imaginario, un espacio sin paredes que pertenece al ámbito de la memoria. Para Malraux, las obras de arte resucitan en nuestro mundo, no en el que fueron creadas. Si el genio consigue que la muerte no lo silencie no es porque perpetúe su lenguaje original, sino porque se modifica constantemente. Según el escritor, “la obra maestra no mantiene un monólogo soberano, sino un diálogo invencible”. En el caso de la Victoria de Samotracia, es en un entorno diferente y en una ubicación única donde adquiere toda su grandeza. La obra trasciende al autor como las decisiones que se adoptan a lo largo de una vida superan a la persona. En su gran obra, La condition humaine, publicada en los años treinta y para muchos una de las grandes novelas del siglo XX, Malraux sentenciaba: “Un hombre es la suma de sus actos, de los que ha hecho y de los que puede hacer”. A veces esta trascendencia atenaza al gobernante. Pero no puede olvidar que se le recordará tanto por lo que hizo como por lo que no.

José Antich

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