Vacaciones en Loureses

Cuando llega, el visitante tiene la sensación de penetrar en un bosque de manzanos, perales, ciruelos, nogales, higueras y cerezos. Cada casa está rodeada por un patio y una huerta que es como su mercado. En medio del pueblo histórico y el barrio nuevo está la capilla, flanqueada por tres robles varias veces centenarios, cuyo titular, San Antonio, disfruta de la devoción incondicional de los habitantes. Hasta hace 40 años, Loureses (Os Blancos en Ourense) vivía de los ganados, de los bosques y del cultivo de las tierras.

Los veraneantes, todos los días y, durante el resto del año, los moradores los fines de semana, juegan después de comer unas partidas al tute en el bar. Los jugadores rememoran su vida en común de tiempos pasados. «Os acordáis, cuando íbamos con las ovejas y con las vacas encendíamos el fuego para calentarnos y para asar, cada cosa a su tiempo, castañas, patatas y mazorcas de maíz». Pero también se habla de política: «Las comisiones políticas para investigar a políticos son una pantomima porque, como todo el mundo sabe, lobo no tira bocado a lobo». «Del Parlamento Europeo -que nos cuesta un riñón y la mitad del otro- sólo nos llegan reglamentos para animales que tenemos que cumplir los humanos». Otro dijo: «Si las preferentes son un engaño y éste es un delito, los responsables deben de ser juzgados y pagar con su patrimonio».

Un forastero dijo: «¡Qué lástima que las cosas de antes se pierdan!», y uno del pueblo matizó: «¡Lástima para usted que nunca hizo la siga! A estas alturas del año, nosotros andábamos antaño estirados como libres sobre los surcos, sucios como palos de gallinero y oliendo como nido de abubilla. Hoy, aquí estamos jugando las cartas tomando un café y recordando aquella vida que, a nuestros hijos, les parece una invención de imaginaciones calenturientas». Antes, los trabajos estacionales eran ocasiones para comer, cantar y bailar juntos. La mecanización del campo acabo con los trabajos comunes, hechos por todos para todos, y en común, de todos para cada uno, por eso se buscan ocasiones para reunir la familia y otras para reunir a los vecinos. «En agosto hacemos la xuntanza; este año éramos unas 80 personas. Descotamos, contratamos un feriante, vino, montó una carpa y nos sirvió la comida. Toda la tarde tocó una charanga y por la noche hicimos una queimada». Cada familia hace fiesta para celebrar unas oposiciones, una reválida o un curso aprobados.

«Siendo niños, llevábamos mañana y tarde los ganados a pastar al monte, por las noches nos reuníamos para jugar al escondite en las eras y a la gallina ciega en las cuadras, y otros muchos juegos de los que los jóvenes y niños de ahora no guardan ni memoria». Hoy, los niños llenan las calles de gritos corriendo en sus bicicletas y jugando con juguetes hechos por sus abuelos del pueblo sin peligro de que los atropellen ni coches ni vacas ni burros. Los jóvenes se acuestan de madrugada, se levantan a medio día, comen y, luego, cogen su coche o el de su padre y se largan a buscar alguna fiesta, los más inquietos a escuchar algún concierto. Es muy raro ver a alguno leyendo a una sombra ni en algún otro lugar pero tampoco en el bar.

Otrora, los contadores de cuentos iban recorriendo las casas que podían hacer grandes fuegos porque tenían muchos bosques, y los otros los seguíamos para escucharles contar todos los años los mismos cuentos. «Todos sabíamos los mismos cuentos que los mismos contadores nos contaban todos los inviernos. Siempre les escuchábamos con la misma devoción». También se hacía y rehacía la historia de cada pedazo de tierra y de cada vaca de cada una de las casas. La Historia no está en los archivos, se inscribe sobre la faz de la tierra. La geografía es la historia espacializada. Ahora, cada uno se sienta en su casa a escuchar la televisión. Al día siguiente comentan: «Mi televisión dijo que…» y si hay cinco personas se pueden escuchar cinco versiones diferentes de la misma noticia. La cosa no cambia mucho si hoy se lee la misma noticia en cinco diarios distintos.

Antes o después de misa dominical, los feligreses se saludan, charlan y se cuentan las novedades en el atrio de la Iglesia, mientras visitan las tumbas de los antepasaos que rodean la Iglesia sobre las que todos jugamos con una pelota de trapo al salir o antes de entrar a la catequesis cuando niños. Los gallegos tenían los cementerios como los jardines de los muertos. Adornados sólo por las flores y hierbas que crecían a su antojo por doquier. En la Galicia rural, fueron los inmigrantes que volvían del centro de Europa quienes, allá por los 70 del siglo XX, introdujeron la costumbre de limpiar los cementerios y llevar flores a las tumbas.

Los jóvenes suben con frecuencia a merendar a un monte al que dio nombre su habitante más ilustre, la Reina Loba, una mora tirana y cruel. Dice la leyenda que ella y su corte vivían de los terneros, los corderos, la leche y las primicias de las cosechas que los habitantes del valle estaban obligados a llevarle a su castillo del que, según la tradición, aún se conservan restos de su cimentación en la cima de las peñas más altas. Los vecinos de una de las aldeas esclavizadas, hartos de tener que trabajar para aquella mujer sin piedad, le tendieron una trampa y la despeñaron. Los miembros de su corte, víctimas del pánico, unos se quitaron la vida y los otros se batieron en retirada y en la huida murieron de hambre, de frío o de ambas cosas a la vez perdidos por los montes. Los jóvenes se preguntan como este paraje puede estar siendo arrasado por una cantera sin que la administración ni los movimientos ecologistas hagan nada por evitarlo.

El ayuntamiento, Os Blancos, organiza una andaina de un día por todos esos parajes y otra a lo largo del río Eiroa, siempre a la sombra de alisos y abedules. Grupos de gente suben a comer a Fonte da Cunca, a un tiro de piedra de O Pendedo das Fatigas, desde donde se dominan los valles del Salas, el de Fontercada, los lagos de la Limia, la frontera con Portugal y, sobre todo, se puede disfrutar de la vista de uno de los mayores robledales del noroeste de Europa. Después de disfrutar de tanta belleza, la gente desciende cabizbaja y meditabunda porque «tal vez sea la última vez que hayamos podido disfrutar de este privilegio de la naturaleza». Está planificada una plantación eólica que lo cambiará todo completamente. «¡Cómo pueden pedir respeto a la naturaleza y que cuidemos los montes sin ruborizarse!». Ellos arrasan legalmente parajes como éste que es la prolongación del parque natural galaicoportugués del Xurés.

A la sombra del Xurés está colocada Santa Comba de Bande, joya mozárabe, deleite de entendidos y profanos en arte, remanso de paz y sencillez. Siguiendo camino, el viajero se tropieza con la impresionante grandiosidad del Monasterio de San Rosendo, en Celanova, patria de poetas. Las miniaturas en alabastro incrustadas en la belleza interminable del retablo de la iglesia, son la gracia hecha relieve. La continuación de la visita llevará a la capilla de San Miguel, en su día, oratorio de San Rosendo, fundador del monasterio. San Miguel es el nido origen del mundo, anterior a cualquier discurso sobre la belleza del arte. Sólo la contemplación en silencio puede desentrañar lo sagrado encerrado dentro de sus muros de granito.

Manuel Mandianes es antropólogo del CSIC y escritor. El camino del peregrino es su último libro.

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