Vaciemos el agua de la pecera

Cada cual construye la realidad desde su propia perspectiva y, por cierto, es la realidad así construida y no la realidad en sí misma la que nos lleva a comportarnos de un modo determinado.

La percepción que la mayoría de los ciudadanos tiene de los terroristas es que se trata de individuos que matan a una persona para aterrorizar a muchas y que no lo hacen en el marco de una guerra, porque toda guerra está sujeta a convenciones. El terrorismo, no.

Hay quien considera que esa percepción está sesgada porque deja fuera de la definición de terrorismo la meta última o el valor fundamental (el bien supremo) al que apunta. En efecto, lo hace. Y lo hace porque, al introducir ese valor fundamental en la argumentación en torno al terrorismo, se cae en las redes de un tipo de ética, la ética de fines, en la que la bondad o maldad de las acciones depende de las consecuencias que de ellas se deriven. Por esa vía, los fines, para algunos, acaban justificando los medios que se emplean para alcanzarlos. Si no, que se lo digan a la ONU y a sus intentos frustrados de llegar a un acuerdo de si hay que condenar, o no, el terrorismo. Más que eso. El desacuerdo en la ONU empieza ya al definir qué es, o no, terrorismo. El tema se convierte, como diría mi amigo Langdon Winner, en un muñeco de brea que te pringa los dedos y del que no te puedes librar, por mucho que sacudas la mano.

Lo bien cierto es que los terroristas se perciben a sí mismos de modo muy diferente a cómo son percibidos por quienes creemos en medios democráticos y distintos de la fuerza para resolver los conflictos. Ellos se ven (y también se sienten) como personas que luchan altruistamente para alcanzar un bien supremo. En unas ocasiones, ese bien es la independencia de su territorio (frecuentemente, suyo sólo en su imaginación). En otras ocasiones, es la protección de los valores que vertebran su forma de vida. En otras, es la substitución de un sistema político por otro, etcétera.

El terrorista siempre tiene un valor fundamental por el que luchar y siempre cree y siente que ese valor está amenazado, oprimido, ultrajado… por aquellos que en realidad son sus víctimas. Por eso el terrorista se percibe como un soldado involucrado en una guerra justa contra invasores, contra opresores, contra quienes amenazan sus valores y deterioran su forma de vida. Soldados en una guerra justa porque, para ellos, es siempre una guerra defensiva.

La paradoja está servida. Nosotros vemos a los terroristas como gente sin entrañas. Ellos nos ven como el enemigo ante el que defenderse, como verdugos, como victimarios de su etnia, raza, territorio, cultura, forma de vida… Y nos ven así porque, si algo aprenden los terroristas, si algo interiorizan en ocasiones a lo largo de sus vidas, es la idea de que el mundo se divide en dos bandos irreconciliables: en uno están ellos y los suyos; en el de enfrente, están los otros. Y son, precisamente, esos otros los que tienen la culpa de sus problemas. El mundo al revés. Pero así es como lo perciben los terroristas: «Cuando obligados por las circunstancias no tenemos más remedio que alzarnos en armas contra ellos, no lo estamos haciendo voluntariamente, sino porque ellos nos obligan». «Nosotros -suelen decir los terroristas- somos soldados de una guerra que ni hemos empezado, ni hemos querido, una guerra en la que ciertamente nos jugamos nuestro ser. De ahí que tengamos que llegar en algunos casos al sacrificio de nuestras propias vidas en muestra del mayor altruismo que cabe realizar por lo nuestro». Tremendo, pero es así.

Y ¿qué hacemos nosotros para enfrentarnos a terroristas que se creen soldados en una guerra justa? Pues, muchas veces lo que hacemos es reforzar su percepción. Lo hacemos cuando hablamos de «guerra», incluso de «guerra global» contra el terrorismo. Peor aún: hemos llegado a hablar de «cruzada contra el terrorismo», mezclando religión y política. En concreto, hemos contribuido así a que la finalidad del terrorismo islamista (llevar el islam a la política, reemplazando los Estados laicos por Estados islámicos) se reafirme.

Dicho de otro modo, nuestro lenguaje, la manera de informar sobre el terrorismo hablando de «guerra», «comando», «brazo militar», etcétera, no hace otra cosa que consolidar la percepción que de sí mismos tienen los terroristas como soldados. Algunos lo hemos dicho hasta la saciedad. Pero se sigue reincidiendo en lo que quizá sea uno de los errores mayores que cometemos en nuestra relación con los terroristas.

Hay otros muchos errores, desde luego. Uno de ellos es creer que se puede negociar de tú a tú con los terroristas. Tal posibilidad sólo puede realizarse si nosotros asumimos el papel que ellos nos otorgan como invasores u opresores. Y si aceptamos, además, que estamos en guerra y que las negociaciones deben desembocar en un tratado de paz. La percepción que los terroristas tienen de sí mismos no les permite otra cosa. En particular, no se lo permite mientras están bajo la influencia de la mente colectiva del grupo terrorista. Es muy difícil zafarse de este influjo, porque, en muchas ocasiones, llena de sentido sus vidas.

Y lo bien cierto es que, hablando ahora en concreto de ETA y de los últimos acontecimientos ocurridos en su entorno, no parece haberse hecho todo lo que, en puridad psicológica, se debía. Se ha propiciado una pomposa Conferencia de Paz, cuando no ha habido nunca una guerra en sentido estricto. Se ha aceptado con alegría (mucho mayor, eso sí, entre los políticos dirigentes que entre el pueblo) un cese definitivo de la violencia por parte de un grupo que sigue sin disolverse; que, a través de tres encapuchados, comunica que continúa con sus objetivos de siempre y que lamenta profundamente los caídos en sus «filas» en defensa de la patria. Un comunicado que, en definitiva, patentiza que los etarras siguen sintiéndose soldados que van a velar por la consecución de lo que han tenido y tienen por el bien supremo de la vida de todo patriota vasco (que eso significa realmente el término abertzale): la independencia de Euskal Herria. Y los ceses (por «definitivos» que se anuncien) pueden dejar paso a las armas cuando lo consideren preciso. Mientras haya grupo y haya armas, todo es posible.

frente a lo hecho, me atrevo a asegurar que a los terroristas sólo se les vence cuando se les convence de que su percepción de la realidad está radicalmente distorsionada, algo que suele suceder únicamente cuando el grupo de pertenencia deja de ser su familia protectora y deja de pensar por él. Sólo entonces, por un resquicio, se les presentan sus muertos y el sinsentido de sus vidas. Obviamente, nada de eso se consigue tratándolos como lo que no son.

Con ETA todavía estamos a tiempo de hacer las cosas medianamente bien promoviendo negociaciones, no para la paz, sino para su disolución, unas negociaciones que sólo deben realizarse con quienes políticamente sean capaces de romper la mente colectiva del grupo terrorista, llevando a sus miembros a la senda democrática en la que los conflictos se dirimen a través del diálogo. ¿Difícil? Sí, mucho. ¿Imposible? Desde luego que no. Y sobre todo, es factible porque el terrorismo no puede subsistir o, al menos, no puede existir con fuerza si carece de apoyo social. La metáfora de los terroristas como peces en una pecera en la que el agua es el apoyo social es muy adecuada. Hay que vaciar de agua la pecera. Y eso, hablando en concreto de ETA, sólo se conseguirá si los partidos políticos democráticos del País Vasco no sólo dan la espalda a los terroristas, sino que les obligan a disolverse.

Durante demasiado tiempo ha habido una ambigüedad calculada en quienes tienen en sus manos la erradicación del mal. En la lucha antiterrorista, la Policía es clave. Cerrar el grifo económico del que pueda nutrirse el grupo terrorista es muy eficaz. Ambas cosas son necesarias, pero no suficientes. Se requiere además y sobre todo el repudio absoluto y sin equívocos de los partidos democráticos; de todos sin exclusión. Sólo así puede que ETA desaparezca. También cabe la posibilidad de que, hechos nuestros deberes, ETA quede reducida a un quiste en la vida democrática española. Pero, a veces, para defender el Estado de Derecho, es preferible vivir con el quiste (sin perderlo de vista por si se produce una metástasis) a vivir en una democracia incapaz de hacer valer sus principios.

Por José Sanmartín Esplugues, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valencia y ex director del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia. Es autor de El terrorista. Cómo es. Cómo se hace (2005) y La violencia y sus claves (2009), entre otros libros.

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