Václav Klaus y el Tratado de Lisboa

El presidente checo, Václav Klaus, 68 años, se formó en Praga y amplió luego sus estudios de economía en la universidad de Cornell, Nueva York. Trabajó desde 1971 a 1986, 15 años, repetimos, 15 años, en el Banco de Checoslovaquia. No se tiene noticia de que fuera molestado por el poder soviético, lo que da idea del sentido de la flexibilidad que bañaba el alma de este adaptable gestor. La vinculación actual entre Klaus y los hombres de Cheney es manifiesta. Tiene, naturalmente, pleno derecho a apuntarse a la secta que le guste más. Pero este colaborador asiduo del Cato Journal no debe disfrazarse de probo mandatario mientras se atiene cada día a las instrucciones recibidas del otro lado del mar.

Klaus sufrió una suerte de insuficiencia cardíaca en la noche del 4 al 5 de noviembre, al resultar elegido Barack Obama. La estrella de Obama comienza, sin embargo, a declinar (ojo, puede subir pronto, prepárense). En todo caso Klaus parece decidido a parar y derribar del caballo al tratado de Lisboa. Europa es una creación tan única, tan estrambótica, que permite a un tipo sin título alguno, cuyo parlamento ha autorizado el tratado, a ponerle una bomba bajo el caballo. Europa es el respeto a la ley, a la aplicación de la norma. Países más prácticos hubieran solucionado el problema tiempo ha, por medios expeditivos… Pero la Unión Europea no hace esas cosas. Permite que la suerte de 500 millones de ciudadanos dependa primero de tres millones de insulares, después del humor de un insufrible, pesadísimo señor. Europa cumple la norma, aplica la ley. Esa es, perdonen, su rara especificidad, su calidad.
Los hombres de Cheney sonríen. Pero saben que son una fracción de-la-derecha-de-la-derecha americana. Han mandado pero ya no mandan. Lech Kazczynsky, presidente de Polonia, único que quedaba con Klaus, se dispone a firmar. Polonia había aprobado el tratado pero su presidente arrastraba los pies. Tras el voto de Dublín, ya no los arrastra. A veces, la torpeza de un recalcitrante es ilimitada. El amor infinito de Klaus a sí mismo, su ego verdaderamente loco, hacen lo demás.

Europa es esperada en la mesa en la que se toman las decisiones. Dos gigantes, Estados Unidos y China. Cuatro semigigantes, Japón e India, detrás Rusia y Brasil. La Unión Europea ha estado ausente. Casualmente estos ocho años. Gracias al Tratado de Lisboa podrá llegar.

Con el tratado en marcha, habrá un presidente del Consejo Europeo nombrado para cinco años (dos y medio, reelegible por otros dos y medio). El Consejo es el órgano máximo de la Unión junto al Parlamento Europeo (mandato de los parlamentarios, también de cinco años). Un cargo clave, el Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad: un verdadero ministro. Durante 10 años, un español sumamente capaz, Javier Solana, ha mantenido esas dos carteras (Exterior y Seguridad) dotándolas de vida y contenido. Es necesario que Europa acierte en esos dos nombramientos. No a Tony Blair, sin duda el peor.

En la mesa de los siete, Europa representará prioritariamente unos valores: defensa de la paz, rule of law, derechos humanos, sistema democrático, economía de mercado vigilada muy de cerca por el Estado… América cree en esos valores, pero ella es el gendarme, está ahí para aplicar a todos, empezando por sí misma, unas reglas de gobernanza global. Si Europa despierta, será para levantar esa bandera: un sistema basado en reglas. Reglas que se cumplen siempre. O casi. Cuando no se cumplen, las cosas giran hacia el caos.

El segundo punto es la búsqueda de la paz por medio de acciones precisas. Más de diez despliegues europeos se mantienen hoy, desde Afganistán a los Balcanes a Líbano. Al margen del tratado, Solana ha puesta en marcha la Agencia Europea de Defensa, responsable de movilizar las capacidades y desarrollar la base industrial y tecnológica de la defensa, también de la seguridad.

Nada de esto podrá realizarse sin acuerdo con Estados Unidos. Europa ha de estructurar su capacidad militar y conseguir la interoperabilidad de sus fuerzas. Ese lento camino no puede intentarse al margen de la potencia hegemónica, su aliada. Un solo dato: el gasto de la OTAN asciende al 75 por cien del gasto de defensa mundial. Los BRIC, Brasil, Rusia, India, China, representan el 15 por cien. La UE no llega al 18. Estados Unidos pasa del 47.
Europa cuenta con dos potencias nucleares medianas. Existen oficialmente otras tres, Estados Unidos, Rusia y China, aunque se admita, de hecho, que India, Israel y Paquistán estén ahí. Europa será aún la aliada fiel de Estados Unidos durante 80 o 100 años (no hay fidelidad si no es de doble dirección). Posiblemente China se mantenga durante ese plazo como potencia de segundo nivel. Las grandes líneas estratégicas tardan tiempo en cambiar. Antony Beevor explicaba una excepción: en 1917, Estados Unidos enviaba una fuerza expedicionaria a Europa, para luchar contra los imperios centrales. Fue pertrechada con armamento francés y británico. Veintitantos años después, la América de Franklin Roosevelt entregaba a la US Navy un buque al día, mientras que 350 aviones nuevos salían cada semana de Boeing y sus semejantes. En 1938 Estados Unidos asignaba el 2 por cien de su PIB a defensa; en vísperas de Normandía, 1944, pasaba al 40 por cien.

Si los europeos son capaces de hacer volar en 2010 su gran avión de transporte, A400M, la señal será captada por el mundo. Este avión-símbolo garantizaría a Europa la capacidad de despliegue que no tiene. El fabricante del avión, Airbus Military, filial de EADS, tiene a su cabeza a otro español, Domingo Ureña. El A400M situaría en Kabul, en poco más de 48 horas, dos divisiones, soldados franceses, británicos, alemanes, italianos, españoles… Si Europa no emite esa señal correrá el riesgo de ser desbordada por sus rivales. No puede perder ese tren.

Hay una tercera cuestión, también dependiente del tratado. De la durísima crisis no se saldrá sin instituciones reforzadas, en algunos casos nuevas. Un grito, como el de Antígona, cruza el planeta. ¡Ah, mercado, qué crímenes terribles se cometen en tu nombre! Mas de un 14 por cien de la riqueza del mundo, de su PIB anual, 75.000.000 millones de dólares, se esconde en lugares ignotos, Gibraltar, Islas Caimán… Son paraísos fuera de la ley. En junio de 2009 había 1.416 millones de habitantes en el mundo con menos de 1.5 dólares diarios para la totalidad de sus necesidades, datos de NN UU. La regulación del sistema financiero -efectiva, fechada-. puesta en marcha el mes pasado en Pittsburgh, será esta vez real, parece ser.

Aquí aparece una decisiva institución, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Desde los años 1950, la Europa engolfada en sus comodidades, en sus flaquezas y miserias, se ha formado sobre una base que antes o después se dejará ver. Unión siempre en movimiento, nunca concluida, fundada en el Derecho. Esa es quizá la cara mejor de Europa.
Así es como en este círculo, la vida del tratado de Lisboa, por fin a salvo, los hilos se trenzan y se vuelven a trenzar: Váklav Klaus, el A400M, el estado de derecho, la guerra y la paz…

Darío Valcárcel