Valencia contra sí misma

Cualquiera que oiga la historia de un paseo que va a llegar al mar puede pensar que es una buena noticia: la ciudad que se reencuentra con el Mare Nostrum, el paseo soleado que permite acceder a la playa. Y puede incluso recordar la operación urbanística de la Barcelona olímpica, saneando tejidos obsoletos y generando espacios públicos, equipamientos y áreas residenciales. Un nuevo escenario para un tiempo nuevo. Tal vez.

Pero la experiencia urbana nos dice que una receta no sirve para todas las circunstancias. Que una ciudad no es igual a otra, ni debe serlo, y que el análisis de todos los datos resulta imprescindible para acertar en una intervención sobre la ciudad. Es el caso de Valencia.

Valencia nació y creció a orillas del Turia, no del Mediterráneo, aunque ahora lo reclame. Ya ven, el Turia, un río al que traicionó y envió a las afueras creyendo que así se salvaba de él. Pocas ciudades con sentido han renunciado a su origen sin pestañear.

Mientras, junto al mar, hacia el año 1722, nacía un poblado marinero. Creció así, con sus calles paralelas a la orilla generando un tejido singular y una construcción popular: primero de cabañas y luego de arquitecturas modernistas, eclécticas, también singulares. Las teorías provenientes de Bolonia nos ayudaron a valorarlo. No tienen interés sólo los monumentos, decían los sabios, también los conjuntos. Y eso es el Cabanyal, un poblado que compone un conjunto de interés reconocido al que calificaron como Bien de Interés Cultural. Hasta ahí, no hay conflicto. Y hace poco más de cien años aquel poblado pasó a ser un barrio de Valencia.

Pero la ciudad huele el negocio y, de pronto, sueña con llegar al mar. No crean que para eso pide permiso, se informa, analiza su entorno. Nada de eso; desempolva un viejo proyecto de 1883 para prolongar un paseo, perpendicular al mar, que no toma en consideración las preexistencias urbanas del Cabanyal, que también son ciudad.

Ese paseo se ha ido construyendo y ahora, para llegar al mar, ha de atravesar el barrio marinero de interés reconocido. Y aparecen dudas, debates, concursos. Hasta que un Ayuntamiento -elegido democráticamente, lo sé- decide prolongar el paseo de una manera lineal y brusca, afectando a 400 arquitecturas y más de 1.600 viviendas. Los sueños de una ciudad chocan con los sueños de la ciudad.

Empiezan las batallas jurídicas, con un penúltimo episodio favorable al barrio. De un lado, el empeño del Ayuntamiento; de otro, un grupo de vecinos agrupados alrededor de la plataforma Salvem el Cabanyal que agudiza la imaginación y vincula el arte con la movilización ciudadana, la reivindicación con los recursos legales. Así hasta hoy, once años de conflicto y con un barrio degradado por el bloqueo al que está sometido.

El Ayuntamiento mueve pieza y empieza una política de demoliciones puntuales dividiendo la posición de los vecinos y dañando aún más el medio, con la esperanza de asustar a los que se oponen; un deterioro inducido que no se puede después utilizar como justificación de nada.

Ésta es la historia resumida. No siempre querer llegar al mar es una buena noticia.

Dentro del conflicto hay varias cosas objetivas, que forman parte de la información.

Los valores del barrio nadie los discute. Es un barrio de interés singular, deteriorado, que necesita ser rehabilitado como patrimonio de sus habitantes y de una ciudad que no se entiende si se destruye una parte de ella.

La oposición ciudadana también es incuestionable. Todos estos años de reivindicación lo demuestran y la manifestación de hace unos días explicitó con contundencia el apoyo ciudadano que tiene el barrio.

Hay un tercer dato: el altísimo coste social del proyecto resulta obvio. Afectar a 1.600 familias, con todas las consecuencias que ello conlleva, puede ser motivo suficiente para replantear el proyecto. La ciudad siempre es gente y no se puede marginar a esa población precisamente en nombre de la ciudad.

Y el último punto objetivo es la dificultad que encierra una financiación desproporcionada, lastrada por el peso de las expropiaciones, y que la hacienda pública municipal no puede abordar dada su poca solvencia, hipotecada por eventos repetidos.

Es decir, estamos ante un plan muy caro, que afecta a un barrio de interés reconocido, con un coste social muy relevante y que cuenta con una oposición fuerte de afectados y de ciudadanos.

Pero hay otra versión, la del poder local, que se apoya en una teoría curiosa afirmando que la prolongación del paseo atravesando el Cabanyal tiene poca afección sobre el barrio y sin embargo garantiza su revitalización. La conexión, dicen, eliminará su deterioro y le hará volver a vivir momentos de gloria y esplendor. Incluso llega a afirmar que esa avenida, perpendicular al mar y con una afección de más de 100 metros de ancho, ya forma parte del Cabanyal. Insólito.

Esta teoría se apoya en la bondad de la apertura de grandes vías higienistas, decimonónicas, vinculadas a otra manera de concebir la ciudad, y nos recuerda a Haussman, personaje que reivindica estos días la alcaldesa de Valencia, sin darse cuenta de que pertenece al XIX y que hoy en día, en la manera de planificar, pesa más el respeto y la conversación que la imposición. Por otro lado, esta teoría el urbanismo moderno ya la desahució hace años por ineficaz, dado que destruye pero no revitaliza más que un entorno muy inmediato y abandona el resto del barrio fragmentándolo y dejando su interés por los suelos. Los paseos así son todos parecidos, aquí o allí; sin embargo, el barrio afectado es único y forma parte de la identidad urbana de Valencia.

Cuando hay razones objetivas en contra, y sólo una teoría hilvanada y decimonónica a favor, parece que debería primar la cautela, la prevención y el consenso; evitar el riesgo de destruir lo irrecuperable y buscar nuevas fórmulas que permitan resolver el conflicto.

Porque hay otras alternativas para llegar al mar sin criterios esquemáticos y obsoletos. Se trata de primar la escala humana, social, proporcionar los espacios, aprovechar lo existente, tratar al barrio con dulzura, preguntarle. Y darle al paseo lo que es del paseo, un trazado acabado que empieza en los Jardines del Real, un pulmón histórico relevante para la ciudad, y acaba en el Cabanyal, un barrio singular. No sé qué más se le puede pedir a un paseo que unir dos hitos urbanos de máximo nivel.

Y, sobre todo, rehabilitar el barrio, recuperar su esplendor sin avenidas impuestas; ésa ya es una manera de llegar al mar, de disfrutar de él. Una manera más barata, sin coste social y que aplaudiría la mayoría, incluso los vecinos que hoy defienden el paseo, que los hay, más por resignación que por convicción. La ciudad ya llega al Cabanyal ahora, y el Cabanyal ya llega al mar. No hace falta atravesarlo. Valencia no puede luchar contra ella misma.

Ésta es una ciudad de dilemas, y, ante ellos, han sido sus hombres y mujeres los que han puesto cordura y sentido común salvándola. Una ciudad que hoy, de no ser por esa ciudadanía rebelde, tendría una autopista en lugar de los Jardines del Turia y una urbanización mediocre en lugar del Parc Natural de L’Albufera; sería una ciudad mucho peor. Los ciudadanos y ciudadanas de esta ciudad dan lecciones de urbanismo mientras el poder hace otros planes. Ahora se repite la historia.

Tal vez todo esto suene extraño y queden lectores incrédulos imaginando que son exageraciones. Basta con acercarse al Cabanyal para entender la urgencia de la rehabilitación y el despropósito que supone partir el barrio en dos.

No crean, no es sentimentalismo ni pensamientos románticos, no es pensar en el ayer con nostalgia. En realidad, es defender el futuro de verdad basado en la ciudadanía, la sostenibilidad y la cultura colectiva.

Rafael Rivera, arquitecto.