Valencia: donde la ideología se antepone a la gestión

“Todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas a su propia manera”, León Tolstói.

Todo populismo se parece entre sí y, en Valencia, fracasa a su propia manera. En 2015 se firmó en la capital del Turia el “gran contrato municipal”, apadrinado por un intercambio de poderes a nivel autonómico. Lo acordó el señor Ximo Puig, como presidente de la Generalitat, con el apoyo de Compromís a cambio de que el señor Joan Ribó se convirtiera en alcalde de Valencia con el apoyo del PSPV-PSOE.

Este contrato municipal exigía crear concejalías ajustadas a cada miembro de Compromís, PSPV y Podemos para adjudicarse una ciudad sin modelo ni proyecto común, y asegurando a cada concejal una cuota de poder y libertad de acción en su reino de taifa.

Prueba de ello es que la no injerencia es un aspecto fundamental de este contrato. Cada concejalía funciona como un departamento estanco sin comunicación alguna entre ellas. Este modelo de desgobierno está abocado al fracaso. No entender la ciudad como un organismo dinámico y complejo impide ofrecer soluciones transversales a los problemas diarios que afectan a los ciudadanos. Desde el gobierno han olvidado que el fin último de todo ayuntamiento es hacer la vida más fácil, barata y cómoda a las personas.

La improvisación, gran protagonista, prevalece sobre la coordinación y planificación. En Valencia, el populismo cristaliza en el grezzismo (dícese de las imposiciones del concejal de Movilidad, Giuseppe Grezzi). El grezzismo supone una actitud radical y de enfrentamiento a todo aquel que no comparta su visión, junto a una gestión basada en decisiones improvisadas y llamativas. Por ejemplo, el anillo ciclista se ha inaugurado incompleto, con precipitación, inseguro, con señales inventadas, sin escuchar a vecinos y criminalizando al conductor.

En el Ayuntamiento se conceden patentes de corso a ciertos concejales, pero nada parece ser suficiente para que Joan Ribó actúe como alcalde. Más bien al contrario, como todo buen populista, ante las críticas, cierra filas y exhibe una postura aún más radical y preocupante. El problema es que, a mitad legislatura, tiene concejales absolutamente fuera de control, como es el caso de los responsables de Fiestas y Movilidad.

La ideología, su gran motor, somete a la gestión. Eliminar el nombre en castellano del topónimo de la ciudad, inventarse una cabalgata de reinas magas o subvencionar a entidades independentistas está siempre por delante de transformar los impuestos que pagan los ciudadanos en inversiones que mejoren la calidad de vida. Un claro ejemplo es que, a mitad de este año, sólo un 21% de las inversiones estaban en marcha. El año pasado, en esas fechas, esa cifra era un 31%, lo que supone una alarmante involución.

Lo importante para el alcalde es prometer, no hacer. La citada falta de ejecución de inversión se traduce en una comparecencia en bucle de Ribó ante los medios prometiendo nuevas inversiones con el dinero que no se gastó en las que anunció anteriormente. De esta manera las inversiones se transforman, pero desde luego no se crean. Así, prometen la construcción de viviendas sociales en un plan de choque que, después, se transforma en la compra de inmuebles para, finalmente, acabar proponiendo el alquiler de viviendas para los más necesitados. Tres iniciativas por el precio de una. Todo ello, por supuesto, sin ejecución alguna a día de hoy.

La gran consigna de Ribó es simple: si algo no funciona, es por culpa de España. El alcalde, como buen nacionalista, se defiende de su fracaso buscando un culpable externo cuando no es capaz de organizarse para invertir un porcentaje significativo de lo presupuestado. Por ejemplo, exige más inversión estatal para los museos valencianos, pero no ejecuta ni el 50% de su propio presupuesto destinado a ellos.

En decir, este populismo ineficaz y dividido no está siendo capaz de superar la herencia de un Partido Popular decadente y está provocando que la ciudad no pueda sumarse a la recuperación que está viviendo España lentamente.

A todo ello deben sumarse dos factores importantes; el primero es que este “gran contrato” que atrinchera al populismo de Valencia se ha convertido en una muralla que ahuyenta a inversores que, con una gestión eficaz desde el Ayuntamiento, plasmarían sus proyectos en la ciudad. El segundo sería la actual situación sociopolítica de la costa mediterránea. Con un norte de África inestable, países como Francia y Turquía tristemente golpeados por el terrorismo y una Grecia en serias dificultades, el Mediterráneo occidental se sitúa como principal destino turístico de los europeos. Valencia tiene la oportunidad histórica de elegir al turista que quiere, de seleccionar su oferta y de evitar llegar a ser un parque temático de turistas low cost.

En definitiva, además de no gestionar, el populismo sube impuestos a familias, autónomos y pymes, tratando de pagar el coste de mantener un “gran contrato” que aparca las necesidades de los ciudadanos y cubre las ineficacias de los que defienden su sillón. El populismo de Joan Ribó, como todos, fracasa a su propia manera.

Fernando Giner es portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Valencia.

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