Valentina y el virus populista

No hubo manera. Por mucho que la ujier se empeñara a base de gamuza y desinfectante, el virus no desaparecía. Ni mutaba en algo más benigno. No, no hablo del Covid-19, sino de ese «genuino subproducto del funcionamiento de las democracias» (Félix Ovejero, Sobrevivir al naufragio) al que convenimos en llamar populismo y que desgraciadamente volvió a rampar por el cuasi-vacío hemiciclo en la sesión del pasado 18 de marzo en la que comparecía el presidente del Gobierno para dar cuenta de la declaración del estado de alarma y de las medidas para intentar paliar los efectos económicos.

Si el populismo es la expresión exacerbada –y por ello tumoral– del «Gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo», si se trata de esa estrategia que combina –en dosis diversas– la moralización; la sobrepujanza de lo emocional frente a las evidencias disponibles; el señalamiento de un otro que frustra las aspiraciones colectivas y la promesa redentora para ganarse la gratia popularis: ¿qué ocasión podría ser más pintiparada que la de una crisis sanitaria, económica y social como la que nos asola? Fue todo un festival.

Empecemos por la paradoja que sobrevoló durante toda la comparecencia de resultas del «sesgo de retrospectiva» (sic) en el que según Sánchez incurre la oposición por criticar la imprevisión e imprudencia del gobierno al haber permitido la celebración de la manifestación del 8-M (y otros eventos) aún a pesar del conocimiento sobre la transmisión del virus, de lo que ya se sabía que estaba ocurriendo en Italia, y de las recomendaciones de la OMS o la UE de evitar las concurrencias masivas. Tal sesgo de retrospección es una manifestación del popular adagio a toro pasado todos somos Manolete. Cómo se estuviera comportando el virus y qué consecuencias tendrían unos cursos de acción u otros no era algo fácilmente determinable dada la incertidumbre, y nadie salvo «la ciencia» (sic) para orientar la acción política. Es lo que, según el Gobierno, debía hacerse y se hizo.

Ese saco terrero gubernamental frente a las críticas de la oposición es en el fondo una apelación a la modestia cognoscitiva. El problema es que tal atendible actitud puede hospedarse en el mismo párrafo en el que con grandilocuencia movilizadora se conjeturan cosas tales como: «esta guerra la vamos a ganar» (que recuerda demasiado al ambiente de la cancha deportiva); o «saldremos más fuertes y unidos» y otros eslóganes de parecido jaez. ¿A qué gobernante debemos creer: al hooligan a futuro o al prudente enjuiciador del presente y del pasado?

Uno podría disculpar estos excesos por coyuntura anímica, pero: ¿cómo hemos de tomarnos la intervención del representante de uno de los partidos del Gobierno de coalición, Pablo Echenique? Es científico titular del CSIC, y el 25 de febrero afirmaba en un tuit que «el coronavirus está absolutamente controlado en España». Ahora no tiene empacho en decir que «España va a ser un ejemplo para el mundo», que en esta ocasión se toma el «camino bueno», no como con la crisis del 2008 cuando se decidió «rescatar a la banca» y sacrificar al «pueblo».

Aquí no hay sesgo de retrospectiva sino mentira deliberada sobre lo acontecido. Y es que a pesar de que Echenique y sus correligionarios lo repitan como un mantra, no fue la banca la «rescatada» sino la gran mayoría de las cajas públicas gobernadas por desnortados representantes políticos y sindicales, muchos de ellos afines a su formación política. Llamar a la prudencia sobre el juicio retrospectivo encaja muy mal con ese autobombo anticipado respecto a las virtudes del denominado «escudo social». Sobre todo cuando en el plazo de pocos días varias de las medidas se han tenido que corregir, matizar o ampliar. Sabedores de que nos enfrentamos a una «perturbación económica» sin precedentes, como ha señalado el Banco de España, la modestia epistémica debería imperar. No digamos si de ciencia económica hablamos.

Pero nada de todo eso importa a este populista pandémico. Él está afanado en otros objetivos: lograr el aplauso fácil de la España de los balcones (aunque sólo de los que ondean cualquier bandera menos la de España y se ubican en los barrios que, siempre tomados por el todo de la patria, concentran el vivero de sus votos) y en encontrar un buen culpable, un otro al que colgar el sambenito de todos los costes políticos de la realidad incómoda.

El populista no ha tardado en hallarlo. Sin quietud alguna ante el posible «sesgo de retrospección» –que siempre se ve como paja en el ojo ajeno– ya se avanza que los lodos de estos días traen causa de los polvos de «los recortes» del pasado y de la «privatización de la Sanidad» cuando no, poniéndose estupendísimo, de la «primacía de lo individual frente a lo colectivo». Así, a la solicitud de que se permitan investigar «cuando toque» los fallos en los mecanismos de prevención y alerta sobre la expansión del virus Covid-19, se responde apostando por una más amplia y nada inocente investigación sobre el papel de la sanidad pública y privada. Ya pueden ir ustedes anticipando las conclusiones. Y lejos de atisbarse contrición por haber puesto tantos esfuerzos en guerras culturales y políticas públicas que en estas horas se antojan pantomimas (si es que no responsables directas de los mortales recortes sobrevenidos en la provisión de atención médica intensiva), se redoblan los tambores contra la pérfida sanidad privada (en la que trabajan buena parte de los profesionales a los que aplaudimos todas las tardes a las ocho), el individualismo neoliberal, nuestro «tiempo capitalista» y el descuido de los «afectos y de lo común». Ahí es nada. Aunque lo que más obnubila, una vez se recupera uno de la sedación que produce esta jerigonza del populista moralizante, es que esas proclamas sobre lo devastado y lo que necesariamente se habrá de reconstruir en nuestro Estado del Bienestar conviven con la afirmación nuevamente lenitiva de que nuestra sanidad es de las mejores del mundo. Y España «un gran país». El principio de no contradicción igualmente a saldo.

Acabo con una confesión. Nos creíamos curados de espanto del populismo viral y vírico que ha cursado en nuestro Parlamento en forma de camisetas estridentes, juramentos o promesas de acatamiento de adolescentes en euforia veraniega y retórica posmoderna de curso de verano costero. Me creía ya inmunizado hasta que escuché como varios de nuestros populistas representantes se dirigían a la ujier encargada de desinfectar el atril por su nombre de pila: Valentina. Tuve la sensación de que se trataba, una vez más, de una complicidad impostada que autoseñala a quienes sí tienen fibra solidaria por los de abajo frente a los otros, la casta. A la segunda que escuché el «gracias Valentina» seguido del «gracias señora presidenta» pensé que en el fondo de ese tributo facilón se hallaba la familiaridad propia de los desinhibidos señoritos, de esos que incluyen en las rogatorias de las esquelas a los miembros del servicio con su denominación de batalla, sin apellidos. Más de uno habríamos agradecido que en una reacción genuinamente antipopulista la ujier hubiera espetado: «Perdone: ¿tanto nos conocemos?». Pero no, Valentina es una señora.

Pablo de Lora es profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

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