Valientes por Tierra y Mar

Fue Carlos I quien, en 1537, creó las Compañías Viejas del Mar de Nápoles para asignar esas unidades a las escuadras de galeras del Mediterráneo. Al margen de que en la antigüedad, los egipcios, griegos, persas, romanos o árabes utilizasen naves para transportar sus tropas por mar –y más allá de la referencia que, en el siglo XIII, hiciese Alfonso X en Las Partidas al referirse a los «sobresalientes» como soldados embarcados que no realizaban funciones marineras, sino tácticas–, no se puede hablar propiamente de una fuerza de «marines» hasta el siglo XVI.

En esos tiempos, toda la Europa Cristiana sufre el avance de los turcos que, tras la caída de Constantinopla, se habían convertido en el azote del Mediterráneo. Barbarroja, al frente de los piratas berberiscos, se convierte en dueño y señor de esas aguas, ante lo que el Rey de España decide dotar a sus naves, especialmente galeras impulsadas por remeros y una vela cuadra, de un contingente fijo de arcabuceros que, ajenos a la labor de la marinería, se centrasen en funciones estrictamente militares. Ese sería el embrión de lo que hoy, en todo el mundo, se conoce como Infantería de Marina, «marines» o cuerpos anfibios.

En 1566, Felipe II, tras comprobar la eficacia de estas unidades en la salvación de Malta, decide crear nuevos contingentes de tales características y es quien impulsa su carácter de «fuerzas de desembarco». Así, el 27 de febrero de ese año, nace en Cartagena el Tercio de la Armada del Mar Océano; el Tercio de la Mar de Nápoles o Corona, apodado «Mar y Tierra»; y, posteriormente, el Tercio de Galeras de Sicilia y el Tercio Viejo del Mar Océano y de Infantería Napolitana.

La Batalla de Lepanto (1571) se convertiría en el inicio de una larga lista de acontecimientos en los que nuestros Soldados de Mar rubricarían con sangre su historia de entrega y cualificación: expedición de Túnez (1573), conquista de Terceira y Azores (1582), expediciones a Inglaterra (1599) y San Salvador (1625), conquista de Cerdeña (1717), de Nápoles y Sicilia (1772), expedición a Pensacola (1770), defensa de La Habana (1762), expedición a Argel (1775), desembarco en Tolón (1793), defensa de Ferrol (1800) y reconquista de Buenos Aires (1806).

En 1775, siguiendo los pasos de los pioneros militares españoles, Estados Unidos creó el Cuerpo de Marines, en un intento de aprovechar la movilidad de la Armada para desplegar rápidamente fuerzas de armas combinadas.

En la Primera Guerra Mundial, el fracaso de Galípoli (1915) sumió en una profunda crisis a este tipo de unidades, que se vieron obligadas a perfeccionar sus técnicas de desembarco. Los infantes españoles –tras su amenaza de desaparición en la Segunda República– recuperaron su operatividad en la guerra civil de 1936, y los marines estadounidenses vieron su esfuerzo recompensado con el éxito de Guadalcanal.

La Infantería de Marina española, a lo largo de la historia, ha combinado su capacidad de columna de desembarco en despliegue anfibio con el de fuerza expedicionaria –además de como guarnición de bases y buques–, lo que la ha llevado, en la actualidad, a convertirse en uno de los cuerpos de élite de mayor cualificación y efectividad de nuestras Fuerzas Armadas.

Su eficacia y capacidad de respuesta inmediata se ha demostrado, en los últimos años, en su participación en misiones internacionales en los Balcanes, Líbano, Irak, Afganistán, en respuesta a las catástrofes naturales, como el tsunami de Indonesia o el terremoto en Haití, o en la lucha contra la piratería en el cuerno de África.

Esta gloriosa hoja de servicios, sin embargo, no impidió que, en 2009, en el Cuerpo se considerase una degradación la nueva organización básica de las Fuerzas Armadas por la que su comandante general dejó de depender directamente del Ajema, para subordinarse al almirante de la Flota (Alflot), o que, a mediados de 2016, se manejasen en el alto mando informes de evaluación que contemplaban disminución de efectivos y reasignación de cometidos.

Ahora, nuestros infantes de Marina, al igual que todos nuestros militares, miran con expectativas a María Dolores de Cospedal, quien, durante su primer discurso como ministra de Defensa en la Pascua Militar, pidió un acuerdo sobre financiación que esté por encima de ideologías, ratificó el compromiso del gobierno ante la OTAN a que el presupuesto de nuestras Fuerzas Armadas alcance el 2% del PIB –frente al 0,9% actual– y recalcó la importancia de nuestras tropas al asegurar que «la historia de la construcción de nuestra España debe leerse siempre a la par que la historia militar».

Si, como dijo la ministra, «lo que fuimos explica lo que somos», debemos seguir «haciendo historia, haciendo Fuerzas Armadas y haciendo España».

En el 480 aniversario de la creación de nuestra Infantería de Marina, la más antigua del mundo, quede constancia del reconocimiento y gratitud que merecen unos soldados que, por mérito propio, se han hecho acreedores del calificativo de «valientes por tierra y mar».

Javier Algarra, periodista.

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