Valla nuestra que estás en Melilla

Desde la celda sin ventanas del fuerte Victoria Grande de Melilla, a la que en 1816 fue arrojado José María Calatrava, el mar es sólo una hornacina azul sobre el vano de la puerta, una tenue pincelada de acuarela al otro lado del patio artillado. Un poeta y dos periodistas liberales compartían su infortunio. Cuando sus carceleros les permitían pasear por el recinto, debían permanecer ojo avizor para protegerse de los escopetazos y pedradas con que los moros les mortificaban desde el glacis que separa la muralla de lo que hoy es el barrio consecuentemente bautizado como Ataque Seco.

El poeta, Francisco Sánchez Barbero, moriría en la ciudad no sin antes haber censado en su Oda a Ovidio a sus más notorios habitantes: «Salamanquesas, culebrones, ratas / y trompeteros cínifes y chinches/ mis compañeros son y mis vecinos / Pero las pulgas, ¡y qué pulgas!, andan/ en cerrado escuadrón, luchando aleves/ sin jamás concedernos armisticio/ contra muslos y brazos y pescuezo/ saltando por los platos en la mesa». Peor recuerdo dejaría aún de las nativas: «No asoma Venus sino con semblante horrible, dura y despeluznada, con las greñas ensortijadas».

A lo largo de este mes que ahora termina he aprovechado la gira de presentación de La Desventura de la Libertad para revivir la peripecia de aquel prócer ejemplar que fue Calatrava a través de lo que los franceses llamarían sus «lugares de la memoria». En su Mérida natal, el Parlamento extremeño sirvió de sede a un brillante acto en el que el presidente Monago pronunció un gran discurso regeneracionista en presencia de su rival y posible sucesor Fernández Vara. En la Málaga a la que Calatrava llegó tras su cautiverio, el Ateneo nos abrió sus puertas junto a la Plaza de la Constitución y un providencial vendedor de biznagas permitió recrear el tributo de flores blancas con que los liberados fueron acogidos al inicio del Trienio. En la Sevilla en la que recibió el encargo de formar el que sería último gobierno constitucional, los catedráticos Moreno Alonso y Sánchez Mantero y el alcalde Zoido sirvieron de maestros de ceremonias, al pie mismo de la escalera del Patio de la Montería del Alcázar que subió el político extremeño para llegar al Cuarto de Hércules en el que le aguardaba Fernando VII. Y en la Cádiz que amortajó en 1823 al régimen liberal que había alumbrado 11 años antes, Teófila Martínez y el historiador García León me escoltaron bajo la alargada sombra de la Aduana, desde cuyo tejado el Narizotas se comunicaba con los invasores de su reino con la coartada de hacer volar cometas o pandorgas.

Pues bien, aunque he cruzado de norte a sur y este a oeste la Península haciendo también parada y fonda en lugares de la raigambre liberal de Oviedo, Vigo, Santiago, Salamanca, mi querida Logroño, Zaragoza, Lleida, La Granja de San Ildefonso, Castellón, Valencia o Alicante, he tenido que llegar a Melilla para encontrar una placa de homenaje a Calatrava, «diputado constituyente de las Cortes de Cádiz», en un espacio urbano. Está situada en la antigua ciudadela, junto a la iglesia de la Purísima Concepción, en la casa que los frailes capuchinos cedieron a los deportados cuando se les permitió salir de su mazmorra. Contrasta su sencillez -«En las celdas de este convento cumplieron pena de destierro…»- con la majestuosidad del enclave coronado por una enorme bandera de España y flanqueado por las dos cimas del Gurugú con su Barranco del Lobo en medio.

Cada rincón de Melilla tiene resonancias históricas. Precisamente en el fuerte de Victoria Grande, hoy en fase de reconstrucción, me enseñan la tronera desde la que en 1862 se hizo el disparo de cañón cuyo alcance -2.800 metros- fijó el perímetro de la ciudad y la línea de posiciones militares que lo custodiaban. Es un lujo para el visitante recorrer esa trayectoria y acceder al hoy acuartelamiento del Tercio Gran Capitán de la Legión que en la posición de Cabrerizas Altas se convirtió a finales del XIX en una especie de Álamo español ante cuya puerta cayó acribillado el general García Margallo, al parecer tan temerario como su biznieto el ministro de Exteriores.

Contemplando la valla que ahora festonea y zurce herméticamente ese perímetro es imposible sustraerse a la ironía de que la misma Melilla a la que nadie venía hace menos de dos siglos sino como soldado o presidiario, este lugar inhóspito convertido para los padres de la libertad en una cárcel sin escapatoria, haya engendrado en su derredor una ciudad tan próspera y un objeto de deseo tan acuciante para decenas de miles de magrebíes, sirios y subsaharianos, por su condición de española y europea, como para tener que protegerla de las avalanchas humanas que recurrentemente tratan de perforarla.

«Para nosotros el tiempo es petróleo», explica ante mi sorpresa el fornido y afable coronel Martín Villaseñor, jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Melilla, mientras me muestra en uno de los puntos más conflictivos la ya triple morfología de la valla. La primera pared alambrada es la que alcanza los seis metros e incluye la polémica concertina que acuchilla a quien no la sortea con cuidado. Tras ella está la sirga tridimensional que recuerda a los caballos de frisa que servían para atrincherar posiciones en las guerras convencionales. Luego viene una segunda pared de alambre y antes de topar con la tercera y última queda un pasillo de apenas un metro de ancho que es en el que se despliegan los agentes cuando se producen los asaltos.

– Entonces horquillamos ese espacio e impedimos que se consume la entrada ilegal en el territorio. La clave es prevenir la sorpresa. Por eso digo que el tiempo es petróleo…

– Pero cruzar todos estos obstáculos no es nada sencillo por muy atléticos que sean…

– No se lo creerá usted pero tenemos vídeos que muestran como algunos lo hacen en apenas un minuto. Incluido el corte de mangas que nos dedican cuando ponen el pie en nuestro suelo.

El último invento para hacérselo más difícil es la llamada «malla antitrepa», un recubrimiento de rejilla cuadriculada tan tupido que no permite introducir los dedos de las manos o los pies. Por ahora está dando resultado y frente a los 1.500 sin papeles que pasaron en los saltos de primeros de año, la cifra se ha reducido muchísimo en los últimos meses. Pero algunos agentes me explican que las mafias que controlan las avalanchas ya están inventando unos ganchos para agarrarse a esa malla y que el verdadero problema reside en las fuertes restricciones bajo las que ellos actúan. Sobre todo tras la muerte de los 15 ahogados en Ceuta cuando la Guardia Civil disparó pelotas de goma contra los que trataron de entrar a nado.

El coronel Villaseñor no concreta demasiado cuando le pregunto cómo se repele en el pasillo a los que logran pasar la primera valla y la sirga tridimensional. Asegura que nunca se han usado armas de fuego y sugiere que lo que se emplean son las porras, obligando a los asaltantes a retroceder o entregándolos a la policía marroquí. Desmiente los rumores de que ante las críticas de las ONG y la oposición parlamentaria sus hombres adoptaran una actitud de «brazos caídos» pero admite que sin los últimos refuerzos -de unos 600 efectivos ha pasado a 800- la situación se habría hecho crítica: «Nuestra moral también fluctúa. Empecé a notar que los agentes se sentían afectados».

La renta per cápita de los melillenses es 13 veces superior a la de sus vecinos marroquíes. Y los subsaharianos instalados en el Gurugú creen estar en la antesala del paraíso pues en sus países la pobreza es mucho más extrema. Si alguien quiere entender por qué existe la valla no tiene sino que visitar el paso fronterizo del llamado Barrio Chino y las instalaciones del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). En el primer enclave hombres y mujeres de muy diversas edades entre los que no falta un enano -«Ahí está Mimón, más malo que un dolor de muelas», masculla un agente- acarrean como acémilas apabullantes bultos camino de unos tornos aduaneros. Los fardos resultan a veces tan pesados que unos voluntarios con gorras amarillas cogen de la mano a las mujeres más exhaustas para ayudarlas a recorrer los últimos metros. Es el «comercio atípico», la legalización del contrabando, que con un impuesto de sólo el 7% deja en Melilla 50 millones al año y permite ganar hasta 500 euros al mes -más que un funcionario marroquí- a estas pobres bestias de carga.

Como intendente militar en excedencia el director del CETI, Carlos Montero, tiene que resolver el problema diario de albergar y alimentar a casi 2.000 inmigrantes en unas instalaciones dimensionadas para menos de la mitad. Me muestra como hasta los barracones concebidos para aulas están atiborrados de literas entre las que emergen los dientes de nácar y torsos de ébano de los cameruneses, senegaleses, malienses o pretendidamente apátridas que han logrado cruzar la valla. El segundo colectivo lo forman los árabes, sobre todo sirios huyendo de la guerra civil: entran por la frontera con pasaportes marroquíes falsos o camuflados en el interior de los vehículos que eluden los aleatorios controles en los que se aplica una máquina detectora de latidos.

«Los sirios son racistas y dicen que los subsaharianos huelen mal», me explica el director del CETI. «El otro día se lió una buena cuando un camerunés salía de la ducha con una toalla y mientras hablaba por teléfono se cayó la toalla y las sirias empezaron a reírse y los sirios dijeron que estaba provocándolas y acabaron a bofetadas y tuvo que entrar la Guardia Civil». En el interior del recinto la tensión está latente pero el ambiente es bueno y los niños reciben a Carlos Montero con aplausos porque les da cuadernos para que hagan dibujos y expone en su oficina los mejores. Uno de los más cariñosos lleva una camiseta del Barça pero ha extirpado la cruz del cuartel superior izquierdo del escudo.

El presidente de la ciudad autónoma es el veterano ucedista Juan José Imbroda, empeñado en buscar grandes consensos y convertir a Melilla en Patrimonio de la Humanidad. Tiene como consejera de Cultura a la hebrea Simi Chocrón y como delegado del Gobierno al bereber Abedelmalik El Barkani. Cenando con ellos, entre bromas sobre si el uno no toma jamón ni la otra pescado con escamas, se percibe la estrecha colaboración entre los líderes moderados de las tres culturas que han confluido en la ciudad. Los habitantes de origen cristiano siguen constituyendo más de la mitad del censo pero los musulmanes -incluidos los residentes no censados- están cerca de igualarles gracias a su mayor natalidad.

En la última década la radicalización de un sector aglutinado en la llamada Mezquita Blanca y la infiltración de yihadistas, vigilada y perseguida por el CNI, ha enrarecido el ambiente hasta el extremo de que, según una joven abogada, hay comercios que están sufriendo sabotajes por vender alcohol. A cambio la presión de la reivindicación marroquí sobre la ciudad parece haberse diluido pues Rabat necesita la colaboración europea para que el extremismo no lastre su desarrollo.

Imbroda, Barkani y Chocrón recuerdan que hace 15 años no había ningún tipo de valla y que fue hace menos de diez cuando hubo que reforzarla en serio. Reconocen que si no existiera ese obstáculo, la Melilla de hoy quedaría destruida por una incontrolable avalancha de africanos y me piden que explique que no es un invento local sino la expresión de la política de inmigración de la Unión Europea. Que ellos están en la frontera y la valla protege nuestro modelo de sociedad. ¿Qué puedo responderles? Pues que no me gustan las vallas, pero que no hay ninguna democracia que no restrinja el acceso a su territorio y que, ya que tenemos esa, mucho peor es la de carácter invisible tras la que la clase política de las listas cerradas y bloqueadas defiende, atrincherada en la carrera de San Jerónimo, sus privilegios.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.

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