Vallas

Gran parte de los refranes populares son mentiras elaboradas por tradiciones de la desmemoria y de la ignorancia. Hay, no obstante, un refrán famoso que viene muy al pelo en nuestros días: «No se pueden poner puertas al campo», dice. Tal vez sea cierto. Pero si no se están poniendo puertas, sí que se alzan vallas. Estamos convirtiendo el planeta en un cercado parecido al de los corrales que guardan el ganado. Aseguran algunos de quienes han subido al espacio exterior –otros lo niegan– que, desde las alturas que sobrepasan de la atmósfera, puede alcanzar a verse, de cuanto hay en la Tierra, tan sólo la Gran Muralla china. Yo carezco de autoridad para opinar sobre el asunto, puesto que no he salido nunca de mi barrio planetario, el terrenal –y bien que me gustaría–; pero me resulta verosímil que, muy pronto, algún astronauta afirme que ha mirado hacia aquí abajo desde allí arriba y ha visto el globo terráqueo con la apariencia de un avispero relleno de celdas de diversos tamaños, cuyos bordes serían las paredes de las patrias humanas. Como sucede en las guaridas de las avispas, que son animales carnívoros, cuando sus habitantes salgan será para ir de caza; y cuando entre en sus celdas algún insecto extraño sin permiso –esto es: sin visado–, se lo comerán vivo.

VallasVallas, tapias, verjas y murallas siempre hubo, casi desde que el hombre comenzó a escribir ese texto repleto de horrores que llamamos Historia. Y los humanos nos hemos acostumbrado a vivir entre ellas desde los mismos colegios, que siempre tienen altas paredes rodeándolos, quizás para que los niños no se escapen corriendo de una institución –la colegial– que es tan imprescindible como, a menudo, aburrida y opresiva.

Los muros fueron siempre una forma de establecer el derecho a la propiedad privada y también una manera de defenderse de los adversarios venidos de fuera. Los felinos marcan sus dominios con orín, los úrsidos con arañazos en los árboles, pero los hombres lo hacen con fronteras. Para nosotros, la tierra, el territorio, siempre ha sido la posesión suprema, el mayor de los bienes, más aún que el dinero o los metales preciosos. El dinero es una abstracción y el oro o las piedras preciosas, un valor subjetivo concedido por los hombres a la naturaleza. En cambio, la tierra es carne, sexo, vida, lluvia y árbol, fruto y manantial, una riqueza que incluso puede uno masticar si le da por ahí. Por eso, las grandes fortunas son siempre las de los terratenientes, digan lo que digan, y los viejos títulos nobiliarios se establecen sobre la propiedad del terruño.

En la época de la Guerra Fría, cuando yo era reportero, pasar las fronteras no era cosa sencilla y, a veces, incluso resultaba cómico. Por ejemplo: en los pasaportes españoles del franquismo, se te prohibía explícitamente entrar en los países del orbe comunista…, antes de que los propios países decidiesen si entrabas o no. Y no he tenido tantas dificultades para cruzar una frontera como las que encontré en naciones semejantes a Guinea Ecuatorial –la que fuera española–, como si tu mayor pretensión en la vida fuera, en ese caso, quedarte a vivir para siempre en el «paraíso» de Obiang y su cuadrilla de facinerosos. Graham Greene, que viajaba lo suyo, odiaba las fronteras, esos lugares artificiales en donde había un tipo armado y malencarado que, una y otra vez, alternativamente, miraba a tus ojos y a tu pasaporte, antes de estampar el sello a regañadientes.

No obstante, parece que el signo de los tiempos ha cambiado. Hace menos de medio siglo, los países dictatoriales te ponían todo tipo de trabas, tanto para salir como para entrar en sus territorios, mientras que los libres eran mucho más tolerantes a la hora de abrir su frontera; incluso lo era la elitista Inglaterra, un país por cierto lleno de inmigrantes. Sin embargo, ahora un buen número de naciones gobernadas por sistemas no democráticos dan toda suerte de facilidades para salir a sus habitantes, e incluso les empujan, como sucede estos días en Siria, mientras que los países libres prolongan sus aduanas con altos vallados y alambradas en forma de un oleaje lleno de pinchos, en tanto que movilizan brigadas policiales y tropas de su ejército para impedir la entrada de los desplazados que huyen del hambre y de la muerte.

Antes teníamos sólo un Muro en Berlín y un «telón de acero», que era más una categoría que una realidad física. Ahora imperan la púa afilada del alambre, el acero y el ladrillo: en Tijuana, en Melilla, en Hungría, en Bulgaria, en Israel, entre las dos Coreas, entre Marruecos y Argelia y muchos otros lugares. La mayoría de las vallas tienen un parecido origen: la defensa del territorio propio, el concepto de sagrado de patria, el mantenimiento de la propia identidad, el orgullo étnico: el nacionalismo, en suma. Recuerdo que, en su libro «El mundo de ayer», Stefan Zweig –un escritor que ha vuelto a estar de moda después de décadas de olvido–, decía atinadamente: «La peor de todas las pestes es el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea». ¿Oído, cocina?

Pronto, en noviembre, hará 25 años que la multitud hambrienta de libertades echó abajo, a martillazos y golpe de piqueta, el Muro de Berlín, lo que demuestra que los cercados son sólo eternos para el ganado. Europa respiró aliviada. Pero el espejismo duró muy poco. Enseguida volvieron las guerras yugoslavas, que eran conflictos nacionalistas, a recordarnos que la patria es un concepto que supera a la paz y la concordia. Y el resultado fueron miles de muertos, la fragmentación de los estados sometidos a la violencia regional, y nuevos odios, nuevos muros y nuevas fronteras. Por fortuna, la UE, en plena pujanza, logró calmar la vesánica efervescencia.

Pero llegó la crisis y volvemos a un escenario parecido. El nacionalismo se digiere bien con la barriga llena. Pero, con el plato vacío, las avispas salen en busca de comida. ¿Resistirán las puertas del campo el empuje de los hambrientos?

Javier Reverte, escritor y periodista.

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