Valores europeos

Los europeos en los momentos bajos solemos consolarnos pensando que, si bien no todo es de color de rosa –nuestra población envejece, nuestros jóvenes no encuentran trabajo, el cielo de nuestros hijos se cubre de nubarrones–, algo muy importante nos queda: nuestros valores. Europa se define a sí misma como depositaria y guardiana de unos valores compartidos. Tenemos, desde luego, una abundancia de valores de diversa procedencia: de las varias ramas del cristianismo, de la gloriosa revolución de 1688, de la Ilustración, de la Revolución Francesa… aunque haya algunos solapamientos entre ellos son, efectivamente, muchos valores. Es lástima que, para el resto del mundo, esos valores se hayan manifestado más a menudo en escritos y sermones que en actos: para sus habitantes la panoplia de valores ha traído consigo una estela de destrucción.

Descubrimientos y colonizaciones han aniquilado culturas y poblaciones enteras; los conflictos bélicos de hoy tienen sus raíces en políticas nacidas en Europa y movidas muchas veces por el afán de extender los dominios de una corona o de una república, a veces por la simple codicia. Tierras que fueron de emigrantes y hoy son ricas se resisten a aceptar cantidades ridículas de refugiados: nuestra actitud no ha cambiado. Es cierto que hay gente, mucha gente de buena voluntad que presta ayuda; pero todos sabemos que un gobierno que se atreviera a tener un gesto de verdadera generosidad se vería castigado por sus votantes. ¿Será quizá que esos valores son patrimonio de los occidentales y sólo para ellos? La crisis de Grecia, iniciada hace cuatro años y aún no resuelta, nos dice que nuestros valores, que creímos universales, no son siquiera europeos. ¿Valdrán, por lo menos, dentro de las fronteras de cada país? Dos ejemplos bastan para negarlo: el que la aportación de Catalunya al fondo común español, calificada de “expolio”, haya sido un argumento de peso en la campaña a favor de la independencia muestra que la generosidad no está mejor vista aquí que en otras partes. ¿Cosas de la política? Tampoco: un informe europeo acaba de señalar a España como país en que abunda la explotación de la mano de obra y donde persisten condiciones laborales afines a la esclavitud. ¿Hace falta insistir?

El capitalismo, la variedad de economía de mercado que se ha ido extendiendo por todo el mundo, tiene como finalidad el enriquecimiento material, y propone la visión de una prosperidad para todos, obtenida cuando cada cual trata de conseguir todo lo que puede para sí, como receta para la paz universal. Sin embargo, hoy vemos que se pone de manifiesto lo que se sabía de antiguo: la búsqueda de la riqueza no genera concordia, sino conflicto, y los que siguen de cerca la evolución de los recursos de nuestro planeta nos anuncian que los conflictos irán en aumento, por elementos cada vez más necesarios, como el agua, o el aire limpio. El deterioro del clima ciudadano y social en estos años de la crisis tiene su raíz en un conflicto, no tanto por la existencia de crisis como por el reparto de sus costes; desde el punto de vista económico, los grandes conflictos son siempre conflictos de distribución. Así, el camino que nos propone el capitalismo no tiene salida, y esa tierra prometida no existe.

Pero no lo echemos todo a rodar confundiendo la economía de mercado con una de sus variedades, el capitalismo. Otras formas de economía de mercado se distinguen del capitalismo no por sus reglas de funcionamiento –competencia, libertad de empresa, información, racionalidad de los agentes–, sino por su finalidad. Uno puede servirse del mercado, no para maximizar el crecimiento del PIB, sino para ayudar a construir una sociedad armónica, el bien común de la doctrina de la Iglesia o la pequeña prosperidad del régimen chino. Pero hemos olvidado que no basta con seguir las reglas del mercado para lograrlo. El mercado no es ni un juez ni una guía para todo, ni un oráculo: es sólo un instrumento. No le pidamos justicia, ni sabiduría. Para que el mercado nos dé una sociedad justa hemos de acercarnos a él provistos de esos valores de que hablábamos.

Pero, ¿dónde están? Donde siempre: dentro de cada cual. Lo que ocurre es que las virtudes no son un patrimonio que guardamos celosamente, como el dragón que guarda un tesoro en los cuentos de hadas, sino más bien un músculo que hay que ejercitar para que no se atrofie. Estos años de bonanza no han contribuido a mantenernos en forma: el deseo de enriquecernos ha sido como una grasa que ha ido embotando nuestra sensibilidad. Valdría la pena que, además de cuidar nuestra forma física mediante la práctica de deportes cada vez más exigentes –actividad loable, aunque no exenta de peligros– cuidáramos también nuestras virtudes, quizá sometiéndolas desde ahora a un riguroso entrenamiento. ¿Con un preparador personal? Con alguien o algo que nos ayude a rebajar la grasa, no hasta eliminarla, porque el interés material tiene un lugar en la naturaleza humana, sino hasta su justo punto; que es cuando los impulsos económicos, muy malos amos, vuelven a ser buenos criados. Es urgente: sin el ejercicio de las virtudes nuestra sociedad no puede vivir.

Alfredo Pastor, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

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