Valvanera

Me acerco al Monasterio de Valvanera, en La Rioja, para celebrar el día de San Benito –patricio romano–, fundador de la Orden Benedictina y patrón de Europa. Lo hago, no para olvidarme del mundo, sino para enterarme de cómo va: la sabiduría benedictina nunca ha dejado de asombrarme. Fueron los benedictinos los que configuraron la unidad europea a la caída del Imperio romano, custodiaron su acervo cultural, enseñaron el catecismo y el canto gregoriano.

Treinta y siete mil monasterios benedictinos dieron urdimbre a Europa y veinticuatro Papas de esa Orden, ya antes del siglo XIV, le proporcionaron liderazgo cristiano. Lo hicieron desde la abadía de Buckfast, en Inglaterra, hasta el monasterio de Tyniec, en Cracovia; desde Herrevad, en Suecia, hasta Montecatini, en Italia. Las abadías no solo fueron lugares de trabajo monástico o cunas de nuestro idioma, sino también centros de poder donde se cobraban impuestos, se administraba justicia, y cuyos abades eran alcaldes de sus municipios.

Ahora, los benedictinos vuelven a estar de actualidad con su reciente Congreso Internacional, al denunciar, como progenitores responsables, uno de los grandes males de nuestro continente: «El hombre europeo ha roto la unidad de la conciencia humana en todas las entidades fundamentales». Advierten así de la oportunidad de repensar el proyecto atascado de Constitución Europea y de incluir valores cristianos en su texto. Un aprendiz de mago incluso me dice en Valvanera, en un alarde profético, que hasta que no se haga lo de la Constitución Europea no volverá a ponerse en marcha.

Y es que en Valvanera se tratan también cuestiones vinculadas con la magia: historias, leyendas y mitos. Se habla, y lo dice Gonzalo de Berceo, de cómo el malvado Nuño descubrió la imagen de la Virgen dentro de un árbol allá por el siglo IX; o del robo de algunas páginas polémicas de sus códices del siglo V. Se debate si la carabela Santa María era o no de Santa María de Valvanera, tesis discutible que eruditos apasionados defienden: Isabel la Católica se trasladó a Valvanera en plena guerra de Granada; Cristóbal Colón llevaba la imagen de la Virgen en el camarote –Agustín de Foxá, entre otros, lo asegura (ABC, 2 de noviembre de 1951)–. La veneración a la imagen de la Virgen María se produjo y se mantiene –allende los mares– en numerosísimos templos religiosos, desde Arizona hasta Chile, impacto no superado por otras devociones de España.

Pero no todo es tan cabalístico. También se contemplan realidades fascinantes. El lugar es único: Valvanera –valle de venas, por el número de ríos, riachuelos y cascadas que la surcan– hace pensar que nos encontramos en Suiza. Localizada en terrenos frondosos y escarpados a mil cincuenta metros sobre el nivel del mar, está rodeada de hayedos y robledales habitados por variada fauna. Durante las nevadas, los corzos bajan hasta sus puertas, conocedores de que los monjes les ofrecen forraje, y en los días de tormenta el convento se vuelve estremecedoramente acogedor. La singularidad del monasterio de piedra rojiza es impactante, superponiéndose en su devenir desde el arte visigótico hasta el gótico tardío, en los montes Distercios, en plena Sierra de la Demanda, con el conmovedor Pancrudo al fondo.

Dentro del monasterio, nada desmerece. En su camarín, presidiendo la nave del altar mayor, se encuentra la Virgen, patrona de La Rioja; podría ser la más antigua de España y, desde luego, la más original. Bizantina en el decir de unos y románica en el de otros, de belleza insuperable que ofrece una inesperada rigidez en el gesto y una posición airada del Niño Dios, que ha suscitado todo tipo de conjeturas. En torno a su culto se agruparon durante mil años, eremitas, cenobitas y peregrinos; y ahora lo hacen monjes, historiadores, preparadores de oposiciones y un turismo ávido de silencio no enmoquetado y de la presencia de Dios.

A pesar de tanta magnificencia, la supervivencia de los monasterios no está garantizada. La de este, tampoco. Sus enemigos son la precariedad económica –hay que superar enormes gastos de mantenimiento– y la renovación generacional, cuando no la «opa hostil» de otra abadía que busca asegurar su supervivencia «rapiñándole» vocaciones. Las vocaciones han decrecido, eso es innegable. El vocacional de antes no siempre lo era: accedía al claustro, a veces de niño, para estudiar o subsistir. Ahora, además, al aspirante se le ofrecen otros carismas: ong, hospitales, institutos laicos… El progreso es entropía para los monasterios.

Su respuesta –y dicen algunos que su error– ha sido suavizar la regla monástica, sin resultado aparente. La esperanza está en que los nuevos postulantes son más conscientes, más libres, más ascéticos y más decididos; también más globales: alguien a mi lado inquiere algo y le remiten al padre Agustín, que está en la huerta. Pregunta que cómo lo conocerá y le dicen que no tiene pérdida, que es coreano. Otras recientes incorporaciones de monjes provienen de Panamá; nos cuenta entusiasmado el prior padre Jesús Martínez de Toda (los priores son mitad santos, mitad hombres de acción) que los monjes panameños les han aportado una profunda espiritualidad.

Aun así, la precariedad económica en Valvanera es menor que en otras cartujas. Por encima de todo está el trabajo de los monjes; en segundo lugar, la sociedad civil riojana, a través del Capítulo de Caballeros, se multiplica para ayudar. Elitista en sus orígenes, se ha abierto a la sociedad y ahora reúne a un conjunto de personas de las más variadas profesiones que se vuelcan con su Virgen: arquitectos, abogados, buenos bodegueros –siempre necesarios–, y algún que otro «forrado» que, clandestinamente, da «dinero para misas». El Capítulo, con independencia jerárquica de los monjes, se pone a disposición del prior siempre que lo necesita. El Gobierno de La Rioja también ayuda y uno de sus brazos armados, el Instituto de Estudios Riojanos, investiga estos temas.

La laboriosidad de los monjes merece un comentario aparte. Sus productos de la huerta, las fórmulas secretas de sus bebidas –fruto de la flora local– su labor hostelera: ¡cómo se come en Valvanera!, ¡el sabor medieval que tienen sus fogones!, y ¡lo que entienden los monjes de vino!, sin caer, al hacer sus catas, en las ridiculeces mundanas de que al olerlo «la nariz sea una fiesta» o de que al probarlo sus «taninos sean sedosos».

Valores genuinos de los monjes, además de la sencillez, son su hospitalidad, su decir sincero –nunca he oído hablar más claro que en Valvanera–, sus comentarios divertidos, su humildad, su bondad infantil: hacen que Valvanera entera, y no solo sus estampas, se trasladen desde el Pancrudo hasta la modesta taberna de la calle de Laurel, en Logroño, o a los colegios de la provincia. Allí se organizan marchas (La Valvanerada) y romerías en las que cerca de mil niños remontan anualmente el río desde pequeños como auténticos atletas, hasta llegar al santuario para perpetuar, como los salmones, un ciclo reproductor que busca en sus orígenes su propia identidad.

Nos despide un canto de voces místicas con grava en la garganta que me sigue poniendo los pelos de punta al retumbar en las piedras ancianas: «Pues brilláis en Valvanera como sol de esta región…».

José Félix Pérez-Orive Carceller, abogado.

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