Vamos a contar mentiras

“Nunca se ha mentido tanto como en nuestros días, ni de manera tan desvergonzada, sistemática y constante”, escribía Alexandre Koyré en el brevísimo ensayo ‘La función política de la mentira moderna’ en 1943. El texto influyó en ‘Verdad y política’, publicado por Hannah Arendt en 1967, líneas de cabecera para quien quiera participar del siempre interesante debate sobre la posverdad, más aún en vísperas de una campaña electoral que, como todo el mundo sabe acaba siendo siempre y en todas partes un edén del embuste.

Si en los años 40 ya pensaban así, es pretencioso que los ciudadanos del 2017 nos consideremos más expuestos a la falsedad que quienes nos precedieron. Ahora como antes, no puede entenderse la política sin el engaño. No es el único ingrediente, pero sin él la receta no es completa. Platón ya cantó las alabanzas de la mentira política hace más de 2.400 años. Ponía una condición para darle el visto bueno: debía responder a un noble objetivo. Pero, ¿quién en política no tiene o cree tener ese noble objetivo?

En 1516 Nicolás Maquiavelo escribía ‘El Príncipe’, la obra citada desde entonces como el primero de los manuales para quien aspire a sobrevivir largo tiempo en el azaroso mundo de la política. En él leemos este consejo al príncipe, es decir, al político: “Todos los hombres son unos bribones y faltarán a su palabra. Vos tampoco estáis obligado a mantener la vuestra”. Otro manual de gran predicamento, escrito ya en el XVII, es el ‘Breviario’ para políticos del cardenal Mazarino que ve la política como el campo de la simulación y el disimulo. En todas partes cuecen habas, en la otra parte del mundo, ya en el siglo VI a.c, Tsun Tzu dejaba escrito en ‘El arte de la Guerra’ que todo está basado en el engaño.

Hay opiniones contrarias. Pero son menos conocidas y poco imitados sus consejos. El mejor intento, el de Federico II de Prusia, el rey filósofo, que en 1740 publicó el ‘Antimaquiavelo’, editado por su amigo Voltaire, para decir que “se me antoja una pésima política actuar como bribones y embaucar a la gente; solo podrán engañar una vez, pues luego perderán la confianza”. Ni él mismo se hizo caso.

Hay quien sitúa la mentira como atributo exclusivo de una supuesta vieja política en contraposición a una de nueva. En estos tiempos que ahora vivimos, viene a decirse, ya no habría sitio para el embaucador; los ciudadanos, se añade desde esta óptica, se han vuelto exigentes, maduros y han alcanzado una suerte de mayoría de edad intelectual. Por ello, poco a poco, va achicándose el espacio para que la impunidad del embustero campe a sus anchas. Romántica aspiración, ciertamente. Tan romántica y falsa como lo fue en su día el advenimiento del hombre nuevo. A ese hombre iban a crearlo las estructuras educativas del socialismo proletario y acabó siendo una ocurrencia que adornaba una pesadilla. Pasa lo mismo con la mal llamada nueva política que, independientemente de su adscripción ideológica y geográfica, es solo un ropaje semántico para hacer más atractivo el objetivo que encarna, sin diferir en absoluto de la vieja política, su teórico contrario, en el uso y abuso de las falsedades.

¿Podemos ser optimistas? Sí, si somos capaces de entender por qué no es posible hacer política sin faltar a la verdad. ¿Y si aceptamos que la mentira nos hace sentir mejor? ¿Y si en lugar de exigir verdades lo que en realidad deseamos es que nos lluevan mentiras una tras otra?

En  ‘¿Cuánta verdad necesita un hombre?’,  Rüdiger Safranski bucea desde un planteamiento filosófico sobre la verdad y la existencia del conocimiento. El título del ensayo es una pregunta maravillosa aún por responder. Puede que necesitemos grandes verdades en las que creer, pero no hace falta que sean verdad de la buena. La política, poco dada a filosofar, hace tiempo que obtuvo la respuesta y es decepcionante: ¿Cuánta verdad necesitamos? Entre poca y ninguna en la mayoría de ocasiones, salvo que esta resulte coincidente con nuestros deseos, credos y convicciones. Solo nos interesa nuestra verdad.

Aceptar este planteamiento tendría ventajas claras.  Nos reconciliaría con la política, la nueva, la vieja y la de mediana edad. Dejaríamos de ver a gobernantes y parlamentarios como personajes cínicos que disfrutan con el embuste para situarlos en la categoría de profesionales que ejercen con pericia la responsabilidad que les hemos encomendado: contarnos aquello que queremos oír. Y entenderíamos las campañas electorales como lo que acaban siendo, una gran orgía de orejas predispuestas a escuchar única y exclusivamente sus mentiras favoritas. ¿Y la verdad? Lo contrario de lo que escribió Quevedo, pues amarga la verdad, no la echo de la boca.

Josep Martí Blanch, periodista.

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