Vargas Llosa, novelista de la libertad

A sus 80 años, Mario Vargas Llosa vive una especie de apoteosis que ni siquiera el premio Nobel de Literatura le había hecho vivir. Le rinden homenaje en Madrid, en París, donde sus obras completas están publicadas en la prestigiosa colección de La Pléiade, y en Washington, donde la Biblioteca del Congreso le ha otorgado el premio Leyenda Viva. En estas celebraciones se respira un ambiente de escándalo, ya que Mario Vargas Llosa ha confesado que se ha enamorado «locamente», a una edad inesperada. Olvidemos esta vida privada que no nos incumbe para volver al escritor y a su obra, que «molestan» a los críticos de izquierdas desde hace 50 años.

Estos críticos dan a entender que existen dos Mario Vargas Llosa distintos: el primero sería el gran novelista indiscutible, y el otro, un personaje más oscuro, activista político e ideólogo. Los que creen en este desdoblamiento de personalidad, o bien no han leído al escritor, o bien no han escuchado al militante, o ni lo han leído ni lo han escuchado, porque solo existe un Mario Vargas Llosa. Y lo que debería fascinarnos es la absoluta unidad de la obra, del autor y de su activismo liberal. Para convencerlos de ello, invito a los perezosos o a los que tienen prisa a leer su El héroe discreto. Un emprendedor que sea un héroe, positivo, es rarísimo en la literatura occidental. Las fuerzas del mal y unos antihéroes, atormentados por la envidia, el afán de lucro y el gusto por la violencia y el poder, se ensañan con él. Mario Vargas Llosa toma partido por su «héroe discreto», que está lejos de ser perfecto, pero cuyas imperfecciones constituyen precisamente su humanidad. Este «héroe discreto» no es destructor, no es dañino y no prohíbe a los demás vivir como quieran. El «héroe discreto» es, en realidad, una alegoría de la filosofía liberal tal y como nació en el Siglo de las Luces en Francia, en Alemania, en Escocia y en España. El liberalismo (la palabra aparece inicialmente en España) se basa en el reconocimiento de la humanidad tal y como es realmente: el hombre es, a la vez, bueno y malo, avaricioso y generoso. El milagro es que el conjunto de estas cualidades y defectos se combinan de tal manera que estos hombres, tal y como son, logran formar juntos una sociedad que funciona y progresa.

Los pensadores liberales, de los que forma parte Mario Vargas Llosa, comprenden que lo peor sería, en nombre de la perfección, querer «cambiar al hombre», a fin de crear una sociedad más perfecta. En cambio, los ideólogos supuestamente progresistas del siglo XIX y del siglo XX, que trataron de forjar este nuevo hombre para lograr una sociedad ideal, no hicieron sino provocar las catástrofes que conocemos. En forma de alegoría o de mito, es lo que cuentan las novelas de Mario Vargas Llosa. La literatura, con su pluma, resulta ser una forma más persuasiva que cualquier tratado de filosofía o de economía.

Por tanto, el activismo político de Mario Vargas Llosa no es más que la traducción, mediante el compromiso físico, de la literatura en filosofía, y de la filosofía en política, ese instrumento necesario. El compromiso del autor está enraizado en su país, su civilización y su idioma, pero no solo en ello, porque Mario Vargas Llosa pertenece al mundo latinoamericano. Y resulta que este continente, desde hace un siglo –tomo como punto de inicio la Revolución mexicana– ha sido un laboratorio de epidemias ideológicas que han diezmado a los héroes discretos. Unos caudillos que se declaraban partidarios de la economía de mercado, en Chile y en Perú, o del progreso controlado, en Brasil, no han dejado de rivalizar, desde hace un siglo, con otros caudillos que se declaran partidarios del marxismo, en Cuba y en Nicaragua, o que solo creen en su genio personal sin hacer referencia a ninguna ideología, desde Argentina hasta la República Dominicana.

Mario Vargas Llosa está presente en todos estos frentes, desde hace medio siglo, con sus novelas, sus crónicas, sus posicionamientos públicos y sus compromisos militantes. Es un Todo, de una sola pieza, que se toma o se deja.

También cabe destacar que el «héroe discreto» de Mario Vargas Llosa no pertenece ni a una etnia, ni a una cultura, ni a un idioma ni a una religión concreta. En línea con el pensamiento liberal, el hombre es un hombre, y todos los hombres son hermanos, con las mismas aspiraciones a vivir como quieran, libres en sus decisiones. La obra de Vargas Llosa es tanto antirracista como antitotalitaria, ya que rechaza cualquier intento de encerrar a una persona, a un pueblo o a una cultura en un infantilismo decretado desde arriba, que legitimaría la función del tutor, del colonizador, del caudillo y del ideólogo.

Mario Vargas Llosa vive ahora en Madrid, después de vivir en Perú durante su juventud, y luego en París, en Londres y en Nueva York. Si en todas partes está en su casa, veamos en ello no una prueba de desarraigo, sino de humanismo. En todas partes encontramos héroes discretos, pero antes de Mario Vargas Llosa no eran héroes de novela. Ahora sí.

Guy Sorman

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