Vargas LLosa, un pesimista paradójico

La cultura está en vías de extinción, sustituida por la diversión popular. No existe ninguna obra duradera, y el pueblo confunde el precio de mercado de los objetos llamados culturales con su valor eterno. Se confunde la cultura tal y como era transmitida por los pedagogos, las iglesias y la familia con la educación básica impartida a las masas. La complejidad de las ciencias hace que cualquier cultura general se vuelva inmediatamente obsoleta. He aquí 3algunos de los argumentos, pesimistas, que adelanta Mario Vargas Llosa en su introducción de una nueva recopilación de ensayos, titulada Notas sobre la muerte de la cultura, que recoge lo esencial de sus crónicas publicadas en [el periódico español] «El País». Resumo y caricaturizo la intención del sutil maestro que, de entrada, observa hasta qué punto es recurrente el tema de la muerte de la cultura, y cita concretamente al poeta T.S. Eliot sobre este tema y a George Steiner. Pero si seguimos a Mario Vargas Llosa, esta vez la agonía será segura. Algo que yo, aquí en ABC, pongo radicalmente en duda. Más allá de sus líneas políticas contradictorias, ¿es ABC el medio de comunicación del optimismo y «El País» el del pesimismo? Vargas Llosa, que no es de izquierdas, ¿escribe en «El País» porque comparte su visión negativa del presente y del futuro?

Nos abstendremos de responder por él. Cuestionemos mejor su tesis, recordando que es más antigua de lo que lo dan a entender las referencias a T.S. Eliot, a George Steiner y a algunos sociólogos franceses como Guy Debord y Gilles Lipovetsky, quienes también consideran que el espectáculo ha sustituido a la creación. En realidad, este tema del declive de la cultura es indisociable de la reflexión clásica sobre la decadencia de las civilizaciones y el fin de los tiempos: dicho de otra manera, el milenarismo. Lucrecia, hace 20 siglos, ponía en guardia contra el riesgo de confundir el desmoronamiento de la civilización con la decrepitud del autor, ya que los artistas envejecen, mientras que las sociedades rejuvenecen y crean nuevos códigos, en los que los ancianos no se reconocen. Esta advertencia no sirve para Mario Vargas Llosa, porque no podría sospecharse de él que confunda la decadencia de la cultura con su destino personal, ya que sus dos últimas novelas, El sueño del celta y El héroe discreto se encuentran entre las más sólidas que ha publicado. Por tanto, hay que volver a su argumentación, y no a su persona, admitiendo que numerosos intelectuales y artistas comparten esos argumentos. A mi entender, su «error» común reside en su definición de lo que llaman «cultura». Los profetas del declive la miden con un patrón fijo, mientras que la cultura es lo que cambia; solo las culturas muertas son eternas. Un clérigo medieval que no dominase el griego, el latín y el hebreo era evidentemente inculto. En el Siglo de las Luces, estas lenguas muertas se convirtieron en facultativas, pero no leer la Enciclopedia de Diderot habría sido una muestra de incultura en Europa occidental. Nadie, hoy en día, lee la Enciclopedia, sustituida por la Wikipedia, ¿pero podemos considerarnos cultos si lo desconocemos todo sobre la civilización china, los haikus japoneses y el arte precolombino? Evidentemente, no.

Mario Vargas Llosa menciona un nuevo desafío que, según él, es insuperable para el honesto hombre contemporáneo: las ciencias y su complejidad. En esto también, su pesimismo me parece infundado, porque un novelista no se convertirá en matemático (como lo fue Voltaire), pero sigue siendo posible entender lo que buscan un astrofísico o un genetista, cómo buscan y por qué. La cultura clásica y el conocimiento pueden dialogar en el terreno del método, en el de las ambiciones y en el de los resultados. Los grandes matemáticos y biólogos de nuestra época son a menudo autores de obras filosóficas. Vayamos a lo que más desespera a Mario Vargas Llosa y a su esfera de influencia, que es la sustitución de la cultura por la diversión. ¿No se basa la queja en un anacronismo y en un efecto óptico? El anacronismo consiste en comparar nuestra época, dominada por los juegos de circo televisados y las redes sociales, con un paraíso perdido. ¿Pero a qué dedicaban su tiempo libre los antepasados de los internautas contemporáneos? ¿Leían a Shakespeare o a Góngora junto al fuego? Probablemente, agotados por el trabajo manual, se desplomaban de sueño con la compañía de un vaso de aguardiente; su único acceso a la cultura de la época era la misa en latín que no entendían.

La cultura siempre ha sido elitista, y quizás esa sea su propia definición. ¿Es esta élite más reducida hoy en día que antes? El gran editor francés que acaba de dejarnos, Claude Durand, calculaba que a principios del siglo XX había en Francia 10.000 lectores auténticos que leían un libro de principio a fin; en el siglo XXI, Claude Durand calculaba que ese público auténtico seguía siendo de… 10.000 lectores, una cifra sin relación con el número de compradores de esos mismos libros.

Y, por último, nos preguntaremos si a aquellos que lamentan la muerte de la cultura no les entristecerá la pérdida de influencia real o supuesta de los intelectuales. A los intelectuales les gusta que les escuchen, como consejeros de los príncipes, e incluso como reyes filósofos ellos mismos, que es en lo que casi se convierte Mario Vargas Llosa, candidato a la presidencia en Perú. En nuestros tiempos, aunque las cantantes y los futbolistas nos obliguen a compartir su opinión no cualificada sobre la situación del mundo y el calentamiento del clima, los intelectuales pueden estar tranquilos porque siguen siendo los únicos que forjan los conceptos que determinan el curso de nuestras sociedades, para bien y, a veces, para mal (vean los daños del marxismo). Una famosa cita de Keynes muestra el exceso de vanidad de su autor, pero sigue siendo insuperable: «Las ideas guían al mundo o casi. Semejante pragmático declarado que se cree libre de cualquier influencia teórica sigue ciegamente, en realidad, a un economista difunto». En cuanto a Mario Vargas Llosa, es el icono del liberalismo en Latinoamérica, y su influencia niega su tesis porque la fuerza de las ideas está con él.

Guy Sorman

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