Variantes conservadoras

No arriesgo mucho si digo que el pensamiento conservador se muestra partidario de conservar. Apenas arriesgo un poco más si desgrano esa afirmación en dos principios que, de distinta manera y en distinto grado, solos o de la mano, suscriben los conservadores. El primero, de nostalgia, invita a atribuir retrospectivamente virtudes a lo ya sucedido: cualquier tiempo pasado fue mejor. El segundo, de resistencia al cambio, proclama una desconfianza respecto a las intervenciones públicas que, en algunas versiones, se concreta en la descalificación de todo aquello que da en llamar ingeniería social. Mientras el segundo opera ex ante, preventivamente, ante cualquier intervención en el mundo, el primero opera ex post, elogiando el pasado.

Comprometerse en serio con los dos principios a la vez no resulta sencillo. Al menos si se quiere salir del feudalismo. Con frecuencia el conservador se enfrenta a complicados dilemas y no es raro encontrarlo elogiando hoy instituciones o medidas que le parecían insensateces cuando se propusieron. Es la historia entera de nuestras conquistas democráticas, comenzando por el sufragio universal. Lo resumía impecablemente Schopenhauer en una cita que no es la que falsamente se le atribuye en calendarios zaragozanos y páginas de internet: «[a] la verdad, solo se permite una breve celebración de la victoria entre los dos largos períodos durante los cuales se la condena como extravagante o se la subestima como trivial». Por eso, reaccionarios puros hay más bien pocos. Lo más normal es suscribir uno solo de los principios o presentarlos en versiones aguadas. Cosa que no sucede con los revolucionarios, cuyo rechazo de los dos principios asoma hasta en dos de los versos más famosos de La Internacional: «Del pasado hay que hacer añicos», «cambiemos el mundo de base». La Revolución francesa fue la concreción histórica más temprana y consciente de esa disposición. Lo fue a la hora de diseñar las instituciones, comenzando por las constituciones democráticas, genuinas obras de ingeniería social, y lo fue a la hora borrar el pasado, en el calendario, la lengua, el sistema de pesas y medidas y una división territorial trazada con la precisión de la geometría, sin sombra de historia. La razón en marcha, que por allí estaba Condorcet.

El principio de la nostalgia está muy naturalmente asociado al pensamiento conservador. A lo largo del siglo XIX no fueron pocos los reaccionarios –en sentido literal, pues reaccionaban ante las revoluciones democráticas– que se entregaron a alabanzas del mundo perdido, mostrando su desconfianza hacia la ciencia y la razón y lamentando la desaparición de comunidades cimentadas en religiones y tradiciones que, a su parecer, dotaban de sentido a la vida compartida. Poco más o menos lo que hoy sostiene una parte de la izquierda que pone en duda nuestro progreso material y moral, atribuye insondables sabidurías a comunidades indígenas, encuentra oscuras conspiraciones detrás de cualquier avance tecnológico y descalifica como provocaciones las críticas o las burlas a religiones con mimbres totalitarios.

El otro principio, de resistencia al cambio, es de mucho más curso en nuestro tiempo. Eso sí, bajo nuevos formatos, algunos, incluso, decorados como teoría social. Sucede, destacadamente, con la defensa incondicional de la mano invisible, en particular, del mercado: la sociedad se autorregularía espontáneamente y cualquier interferencia sería para mal. El problema no es la defensa del mercado o de la mano invisible, sino el fundamentalismo de la incondicionalidad. Sabemos mucho, y casi todo bueno, de los mercados en competencia perfecta. También sabemos que son infrecuentes. Y también conocemos las bondades de la mano invisible, de las cuales el mercado es tan solo una variante particular. Hay muchos equilibrios sociales relativamente espontáneos en los que a todos nos va de maravilla cuando cada uno procura su propio beneficio. Sin ir más lejos, en la extensión de las lenguas: preferimos aquellas con más usuarios y, con esa elección, contribuimos a la comunicación de todos. Y con las palabras sucede lo mismo: recalamos en las más comunes y, al favorecer su extensión, a la postre, ampliamos nuestras posibilidades de comunicación. A todos no sale a cuenta conducir por nuestra derecha, aunque no está mal que de vez en cuando alguna autoridad intervenga para castigar a quien se sale de madre.

Pero no siempre las cosas son así. Cuando el huracán Katrina devastó Nueva Orleans y comenzó a escasear el agua potable, alguna forma de racionamiento en la asignación de las botellas de agua mineral parecía más razonable que dejar a los supermercados subir los precios a su antojo. Y abundan planificaciones o diseños institucionales, sofisticados y eficaces, que hacen posible el buen funcionamiento del mundo: la coordinación de los miles de vuelos diarios que atraviesan el planeta, las intervenciones de ayuda humanitaria, los viajes a la Luna, los sistemas de trasplantes de órganos, la lucha contra epidemias como el coronavirus, el urbanismo moderno o la gestión de las economías durante las guerras mundiales. Y, por supuesto, también es planificada, y de qué manera, la gestión interna de las grandes empresas y bancos que rigen nuestro fascinante capitalismo. El mercado nuestro de cada día es impensable sin una complicada trama institucional que permite derechos e intercambios. Derechos que no son naturales ni incondicionales, comenzando por el de propiedad. Uno no puede hacer lo que quiere con sus cosas: no puede atropellar con su coche, ni montar un laboratorio de metanfetaminas en su casa. Nuestros salarios son tan resultado de diseños institucionales como nuestros sistemas tributarios. Nadie nos confisca lo que es nuestro, porque no hay un nuestro previo a un marco institucional que es de todos, al menos en nuestras democracias.

Pero hay otra variante del conservadurismo, que bien se podría calificar como panglosiana, distinto al de los reaccionarios de pata negra y al de los atolondrados, muy frecuente incluso entre progresistas bien intencionados. Se deja ver en muchas alabanzas a un pasado que jamás existió, atribuyendo guion y racionalidad a lo que fue decantación histórica. Recrean Ciudad de México como si fuera París. Ese deslumbramiento retrospectivo se encuentra incluso al servicio de las mejores causas. Por ejemplo, en muchas loas a los sistemas de representación política de nuestras democracias, que deben más al ruido y la furia que a una meditada ingeniería política, según nos recordó, entre otros, Bernard Manin en su clásico Los principios del gobierno representativo. Otro tanto sucede con el estado del bienestar, que tantos entienden como si alguien hubiese dicho alguna vez «vamos a construir el estado del bienestar», como si fuera un puente concebido en el estudio de un ingeniero y no el resto de muchos naufragios. Ignorar esa circunstancia conduce a importantes errores de diagnóstico y, lo que es más serio, a una incapacidad para abordar cambios y reformas. Entre nosotros eso sucede con la Transición y su más elogiado resultado, la Constitución del 78.

No seré yo quien arremeta contra ella ni quien ignore sus muchas cualidades. Pero mi cariño, por sincero, no es incondicional y no llega hasta nublarme el juicio y comulgar con ese extendido consenso según el cual una calculada combinación de sutil inteligencia y de generosa disposición coincidieron en alumbrar una obra de orfebrería que ahora estaría a punto de desbaratarse por la deslealtad de los nacionalistas. Ni el origen fue tan meditado, entre otras cosas porque en ningún caso lo es, ni, desde luego, podemos ignorar que, en algún sentido, la obra, si la hemos de medir por sus resultados, está lejos de resultar insuperable. No en el sentido habitual, otro de esos cuentos nacionalistas, según el cual nuestro marco constitucional no fue capaz de acoger sus demandas, sino en el de que nuestros presentes lodos no son ajenos a aquellos polvos. Si no ha funcionado bien no es por la deslealtad de los nacionalistas, que es constitutiva, sino precisamente porque antes que poner trabas a su deslealtad ha dado alas a su cultivo.

El problema no radica en defender el pasado ni en resistirse al cambio, sino en convertir en pautas la defensa del pasado y la resistencia al cambio. Se trata, y no es sencillo, de evitar las pautas y las incondicionalidades, de decir de vez en cuando «pues no tengo una opinión formada» o «me lo tengo que pensar». La buena disposición intelectual atiende antes al cómo se defiende que al qué se defiende. Las instituciones se han de medir por sus resultados y las ideas o las propuestas por la calidad de los argumentos que las sostienen. Por eso resulta tan reaccionario el «de qué se habla que me opongo» como el «de qué se habla que me apunto». En ambos casos se procede por reacción, sin pensar. Irracionalmente.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona. Su último libro es La deriva reaccionaria de la izquierda (Página Indómita).

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