¿Variará EE. UU. su política?

Por Graham E. Fuller, ex vicepresidente del Consejo de Inteligencia Nacional de la CIA. Autor del libro The future of political islam. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 15/11/06):

La victoria demócrata en las elecciones al Congreso estadounidense constituye un llamativo indicio del descontento del país por las políticas de la Administración Bush. Las cuestiones de política exterior – que en este tipo de elecciones suelen revestir menor importancia- han dominado la escena política en esta ocasión. Y no sólo me refiero a la guerra de Iraq y a la guerra global contra el terrorismo, sino al coste enorme de estas contiendas, al fracaso a la hora de alcanzar los objetivos propuestos, al desplome del prestigio de Estados Unidos en el mundo, al desgaste y merma de las libertades civiles y a la creencia de Bush en la idoneidad de su propia gestión presidencial.

La vehemente reacción registrada contra las mencionadas políticas de Bush constituye un paso positivo y representa un progreso importante en dirección a una reevaluación de las políticas estadounidenses tanto en casa como en el exterior. Cabe preguntar, sin embargo, lo siguiente: ¿bastará un cambio en el Congreso para alumbrar un cambio verdaderamente significativo?

Bush topa ahora con dificultades para seguir adelante con las mismas políticas. Ya no dispone del cheque en blanco de la sociedad y la opinión pública estadounidense – y del Congreso- del que ha disfrutado hasta ahora. Por otra parte, le preocupa e interesa en mayor medida el rasero por el que le juzgará la historia que el eventual empeño en una determinada ideología… Por lo demás, la partida de Donald Rumsfeld al frente del Departamento de Defensa aportará mayores dosis de realismo a los análisis sobre el curso de la guerra.

En todo caso, lo cierto es que los debates suscitados hasta ahora en Estados Unidos han versado en mayor medida sobre el modo en que Bush ha llevado a la práctica sus políticas que sobre la naturaleza de dichas políticas.

Así, las críticas de las políticas relativas a la guerra de Iraq se han referido más bien a la errónea y torpe manera de conducir la guerra, a las deficiencias y fallos de los servicios de inteligencia, a los errores políticos cometidos en el curso de las operaciones y a la posible insuficiencia de tropas necesarias para cumplir los objetivos en cuestión. Sin embargo, no se ha producido – o muy escasamente- un debate sobre si Estados Unidos debería haber invadido Iraq.

Aunque, desde mi punto de vista, tales desafíos planteados a George W. Bush representan un factor positivo para Estados Unidos, el propio partido demócrata carece hasta la fecha de una clara batería de respuestas alternativas a los problemas estadounidenses en materia de política exterior. Numerosos ciudadanos y políticos debaten sobre cuestiones de orden táctico, pero no se esfuerzan suficientemente por reflexionar sobre cuestiones de verdadero calado. Y, a la hora de comprobar las consecuencias de esta actitud, podemos volver a encontrarnos con similares políticas estilo Bush pero en versión light;esto es, una interpretación más moderada de la misma perspectiva estratégica de corte neocon.

En tales circunstancias, las cuestiones verdaderamente estratégicas siguen quedando fuera del debate nacional: ¿cómo debería Estados Unidos responder al terrorismo en el mundo?, ¿cuál es la naturaleza y fisonomía de la insurgencia que se detecta en gran parte del mundo musulmán?, ¿qué limitaciones experimenta una respuesta de orden militar frente a tal desafío?, ¿en qué medida cabe achacar a las propias políticas estadounidenses la aparición del radicalismo y el terrorismo contra Estados Unidos y recientemente contra Occidente en general? Naturalmente, y tratándose de un país acostumbrado a ejercer un poder prácticamente ilimitado en calidad de primera auténtica superpotencia de la historia, es fácil imaginarse lo espinoso e incómodo del asunto.

Indudablemente, las políticas de carácter más moderado, el mayor realismo en el enfoque de los problemas internacionales y las actitudes más flexibles constituyen progresos positivos. Asimismo, la mayor cooperación con otras potencias destacadas del planeta – la UE, los países europeos individualmente considerados, Rusia, China, India, las Naciones Unidas…- es un factor positivo que contribuirá a mejorar la situación presente. Pero es innegable que permanecen en el fondo problemas más profundos. ¿Qué decir, por ejemplo, del actual empeño estadounidense por alcanzar una hegemonía y dominio estratégicos en el planeta? Tales propósitos abrigan en su seno la semilla de su propio fracaso: todo poder que ansíe y persiga la hegemonía y dominio absolutos en el planeta generará oposición contra sí mismo. Tenemos ocasión de comprobar ahora mismo en vivo y en directo esta reacción vehemente en el ámbito planetario. Numerosos países y fuerzas políticas combinan de hecho sus esfuerzos para zancadillear, estorbar, bloquear y debilitar los propósitos estratégicos estadounidenses en cuestiones como el conflicto palestino, Corea del Norte, Iraq e Irán.

Por otra parte, el mundo musulmán se solivianta crecientemente contra Estados Unidos. Los musulmanes consideran que Estados Unidos es el último y más poderoso exponente de la invasión y dominación occidental del mundo musulmán a lo largo de más de un siglo. Otras áreas del mundo en vías de desarrollo – como Latinoamérica- comparten tal punto de vista. Estados Unidos no está ganando esta batalla y no está dispuesto a reconocer los errores fundamentales de su enfoque estratégico sobre el mundo musulmán. Lamentablemente, y por ahora, buena parte de los países europeos – igualmente desconcertados y perplejos sobre el particular o renuentes a cuestionar abiertamente la política de Washington- se empeñan en andar por la misma senda del fracaso estadounidense en muchos aspectos; Tony Blair es el ejemplo sobresaliente de lo que acabo de decir.

Es posible que la insistencia en esta vía de fracasos, contratiempos, rechazos y derrotas en el extranjero genere en su momento una importante reestructuración de la política estadounidense. Si, indudablemente, existe un problema relativo al terrorismo procedente del mundo musulmán, resulta obvio que deben identificarse sus causas y aplicarse los medios para afrontarlo. Entre tanto, la única protección eficaz de Occidente debe buscarse en la tarea de los servicios de inteligencia y de seguridad y no en los soldados.

La Administración Bush ha cavado durante más de cuatro años años la fosa de su propia desgracia y calamidad. Y cada día que pasa ahonda aún más el hoyo con su política equivocada. Tal vez, y si Estados Unidos está de suerte, el partido demócrata sea capaz de obligar a Bush a dejar de cavar el hoyo. Pero dejar de cavar no basta. Estados Unidos necesita saltar del hoyo…, acción que conllevará un penoso esfuerzo y un dilatado proceso. En lo concerniente al mundo musulmán, la tarea de reparar el daño causado y propiciar que los propios musulmanes se enfrenten a los extremistas que surgen en su seno representará como mínimo una generación entera. Pero no lo harán mientras las fuerzas armadas estadounidenses no les den punto de reposo.

Los demócratas disfrutan actualmente de una posición mucho más firme y desahogada para cuestionar las políticas, los errores y los costes derivados de los derroteros de la Administración Bush. Ahora bien, ¿disponen de respuestas propias? El nuevo presidente del comité de política exterior de la Cámara de Representantes, Tom Lantos, es un conocido defensor y adalid de la postura israelí. ¿Consentirá en reconsiderar siquiera la política estadounidense desprovista de sentido crítico hacia Israel durante decenios, sobre todo ahora que el Gobierno de Israel cuenta en sus filas con alguna de las figuras más derechistas y ultras de su historia? ¿Se mostrarán dispuestos tanto la industria de defensa como el Pentágono a recortar sus presupuestos? ¿Querrá Washington asignar siquiera una cuarta parte de los 800.000 millones de dólares empleados ahora en librar la guerra de Iraq a los capítulos de creación de universidades, hospitales, escuelas, clínicas y otros programas sociales a lo largo y ancho del mundo musulmán?

Y, en lo concerniente a los demócratas, ¿están dispuestos a afrontar la cuestión política más difícil de todas? Esto es, la siguiente: ¿constituye un mundo unipolar – un mundo donde un solo país posee dominio total sobre el resto del planeta- una situación deseable? ¿Incluso para Estados Unidos? El mundo cree, en todo caso, en un modelo de control y equilibrio en los sistemas sociales, económicos y políticos. Principio, por cierto, de ineludible aplicación en las relaciones internacionales. Es posible, no obstante, que Washington no esté por la labor.

En suma, y si bien estas elecciones nos han proporcionado un tibio aliento y estímulo, Estados Unidos sigue siendo una sociedad asustada e insegura. Consumida y reconcomida, literalmente, por temores respecto de cuestiones estratégicas y por la necesidad imperiosa de mantener su poder y seguridad. Sigue convencido de que la victoria es algo insustituible. Ahora bien, ¿qué clase de victoria? Nadie – ni el establishment de la política exterior de Washington ni los neoconservadores ni los partidos clásicos, ya sean republicanos o demócratas- posee aún la respuesta. Sin embargo, Estados Unidos ha dado al menos el primer mínimo paso para atajar los desastres y calamidades que han acompañado la política de Bush y tratar de comprender la magnitud del problema.