Vascos, catalanes, españoles

He leído sobre el «problema» vasco y catalán cuanto ha caído en mis manos, sin encontrar alusión a un aspecto tan curioso como relevante: ni el País Vasco ni Cataluña fueron reinos, mientras lo han sido Jaén, Murcia o Asturias. Sin embargo, reclaman con más fuerza que nadie el estatuto no ya de nación, sino de Estado. Cuando naciones y Estados se hallan en entredicho.

La primera explicación que le di fue producto de la educación recibida, en la que Ortega, Nietzsche y Freud eran faros. En este caso, el último con su teoría de los sueños, que revelan las frustraciones infantiles mientras la razón duerme. Aplicado a vascos y catalanes, significaría el intento de satisfacer las represiones o complejos nacionalistas, pese a ir hoy contra corriente e incluso contra sus propios intereses. Como teoría no está mal, pero pronto me di cuenta de que no resiste un análisis riguroso: el nacionalismo no duerme.

Vascos, catalanes, españolesMejor ir al fondo del problema, a qué es nación, qué son el País Vasco, Cataluña, España, y comprobar si compaginan. Sobre la nación, vamos a olvidarnos del «plebiscito cotidiano» de Renan y del «proyecto sugestivo de vida en común» de Ortega, no por falsos, sino por insuficientes. Una nación es eso y bastante más. Se trata del producto de la Geografía –más importante de lo que se cree–, de la Historia –escrita por historiadores, que han arrimado el ascua a su sardina– y del azar, aunque el azar, después de la teoría de la relatividad y de la física cuántica, no es más que el nombre que damos a lo que aún no conocemos. Esos tres factores crearon las naciones, que devinieron en Estados en la Edad Moderna y empiezan a desintegrarse con la globalización. De olvidar alguno de esos factores, llegaremos a conclusiones falsas. Conviene, pues, analizarlos a fondo.

Y ya de entrada vemos que el País Vasco y Cataluña son casos muy distintos. Cataluña –según Martín de Riquer, «una marca, un lugar de paso» entre la Hispania romano-visigoda y la Europa medieval– formó parte del Imperio Carolingio para incorporarse al Reino de Aragón, hasta que se unió a la Corona de Castilla, para constituir uno de los primeros Estados de Europa. El hecho de convertirse casi al mismo tiempo en imperio le impidió cuajar como nación moderna («El imperio es el mayor enemigo de la nación», Sebastián Haffner) al faltarle la revolución, crisol de las mismas y causa de nuestros problemas territoriales. Durante tres siglos, para la Corona española, Cuba o las Filipinas contaban tanto como Cataluña o el País Vasco. Nada de extraño tiene que entre los más ardientes defensores de que los territorios de ultramar siguieran siendo españoles estuviesen los catalanes, con importantes intereses en ellos, de que la Primera República tuviera dos presidentes catalanes, de que la Segunda les concediese el primer estatuto de autonomía y de recibir las mayores inversiones franquistas –primera gran fábrica de automóviles, primera autopista, primera gran petroquímica– o de que Pujol fuese considerado el hombre más influyente de España en la democracia.

La evolución del País Vasco fue muy distinta, diría incluso opuesta. Los vascos se opusieron desde el principio a la expansión francesa en su territorio (como se habían opuesto, todo hay que decirlo, a la romana) y el paladín de esa expansión, Rolán, lo pagó con su vida en Roncesvalles. Siendo, en cambio, los vascos protagonistas en la historia española de principio a fin. No sólo el primer documento del español balbuceante del siglo XI son las Glosas Emilianenses y Silenses encontradas en los monasterios de La Rioja y Álava, donde se mezclan palabras latinas, castellanas y vascas, sino que Castilla fue fundada por semivascones, como Fernán González, adquiriendo pronto tal dinamismo que la convertiría en protagonista de la Reconquista occidental. No deteniéndose ahí, sino que la historia de Hispanoamérica está jalonada de nombres vascos, como la de España, sin importar el régimen. Hubo vascos importantes en monarquías, repúblicas, franquismo y aún siguen habiéndolos, pese a ser escasa minoría: el último cambio de gobierno se debió a ellos.

Entonces, se preguntarán, ¿a qué se deben sus afanes independentistas? Ya que la teoría de Freud no nos sirve, echemos mano de la de Nietzsche, la del superhombre, concretamente. Que en cada uno de nosotros anida la ilusión de ser más que el resto lo disputarán pocos, y que catalanes y vascos se creen más que el resto de los españoles, ninguno. Entre otras cosas, porque se lo hemos reconocido y facilitado. Cataluña y el País Vasco han sido las regiones más ricas, más avanzadas, más prósperas de España, hacia la que andaluces, gallegos, extremeños, castellanos han acudido en busca del trabajo que no encontraban en sus lares. ¿Por qué? Por algo tan sencillo como que los vascos podían trabajar, incluso en labores manuales, sin perder su derecho a la hidalguía, al considerárseles «limpios de sangre». Mientras en el resto de España tales oficios impedían el ascenso social. Fue como los vascos convirtieron sus primeras herrerías en la única industria existente en la España imperial.

En cuanto a los catalanes, su afición al comercio viene de antiguo, pero la expansión del mismo no pudieron desarrollarla en su plenitud hasta que Felipe V promulga los Decretos de Nueva Planta, que derogaban las fronteras interiores, permitiéndoles comerciar por todo el territorio nacional. Lo paradójico es que los catalanes actuales consideran tales decretos el comienzo de su opresión, al abolir también sus instituciones locales, como la Generalitat. Pero incluso sus historiadores reconocen que significaron el comienzo de la prosperidad catalana, sobre todo cuando Carlos III les autoriza el comercio con las Indias, que ya en 1792 reporta doscientos millones de reales a la industria catalana. Añádanle una política de altos aranceles a los productos extranjeros, los textiles sobre todo, con 37.000 telares y 125.000 obreros, así como importantes inversiones en la pesca y conservas en Galicia, mientras los vascos expanden sus navieras a Andalucía, y entenderán que, en 1918, un alavés, Ramiro de Maeztu escribía: «Vascos y catalanes ven España como un inmenso mercado cautivo». No ha mucho, un importante hotelero catalán me decía: «Yo no quiero separarme de España. Quiero comprarla».

Algo que no ha variado hasta ayer mismo. La causa del cambio han sido las ansias secesionistas en ambas comunidades, que ha traído, entre otras cosas, la salida de más de tres mil empresas de Cataluña, sin que a la mitad de los catalanes parezca importarle, desdiciendo su fama de peseteros. Como que el vasco, el español químicamente puro, «el alcaloide del español» según Baroja, quiera separarse del español romanizado, arabizado, europeizado, más a tono con la aldea global que es hoy el planeta. La geografía separó Euskadi y Cataluña Norte de sus mitades sur, que la Historia hizo partes importantes del proyecto plural español. Sin embargo, hay vascos y catalanes que pugnan por separarse de España, precisamente cuando Europa intenta unirse. Luchar contra la Geografía es difícil. Hacerlo también contra la Historia, imposible. Pero a los españoles nos chifla lo imposible. Nuestra prueba del algodón.

José María Carrascal, periodista.

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