Vasquismos y nacionalismos

Por Ignacio Suárez-Zuloaga (EL CORREO DIGITAL, 25/08/08):

El desbordamiento de la presión político-identitaria sobre la sociedad vasca está crispando peligrosamente a una gran parte de la sociedad; consciente o inconscientemente, se está fomentando un resentimiento colectivo que puede acabar dando al traste con los progresos en la recuperación del euskera y en la consolidación de una identidad vasca aceptada por todos. En este sentido, la historia reciente nos ofrece ejemplos tan próximos como preocupantes.

Recordará el lector -por haber sido repetidos hasta la saciedad durante las últimas décadas- los esfuerzos del franquismo por imponer un lenguaje, unos símbolos e incluso una forma de sentir: se prohibía hablar el vascuence en las escuelas, se persiguió la exhibición de la ikurriña, y se marginaba a los creadores que disentían del partido dominante. También recordará el resultado: en cuanto desapareció la imposición, recuperación fulminante de símbolos y tradiciones, resurrección desbordante del sentimiento reprimido y aceleración de la recuperación del vascuence (que incluso se está extendiendo a zonas donde históricamente no había estado implantado, como las Encartaciones).
Tres décadas después de enterrada la dictadura, ningún partido político estatal relevante se proclama abiertamente nacionalista español o incluye en su programa unas políticas manifiestamente nacionalistas. Es más, el propio término ‘nacionalista’ ha llegado a vincularse exclusivamente a los nacionalistas de las autonomías periféricas, no a los nacionalistas españoles. Estos últimos -que están creciendo a ojos vista- han optado por eludir las conexiones obvias con el nacionalismo franquista, y se están adjetivando de modos innovadores, como ‘liberales’ (sic) o ‘ciudadanos’.

Con el asunto de los símbolos colectivos, llama la atención la evolución de la bandera que Luis Arana Goiri inventó para el Partido Nacionalista de Bizkaia. Hasta la Guerra de 1936, la ikurriña era la bandera de un partido político. Al iniciarse la contienda la adoptaron naturalmente los batallones del PNV y de ANV, pero no las demás unidades del ejército republicano; y a partir de octubre de 1937 se constituyó en símbolo de ese Gobierno vasco que durante nueve meses defendió Vizcaya de los franquistas.
Pero contra todo pronóstico, una bandera de partido, asociada a una derrota militar y a hechos tan vergonzosos como la rendición de los batallones nacionalistas vascos en Santoña (abandonando a sus compañeros de armas republicanos y condenándolos a su aniquilamiento pocos meses después) no sólo no desapareció, sino que ha prosperado extraordinariamente. Su mejor aliada fue su persecución por el franquismo, que la convirtió en el símbolo común de todos sus enemigos, consiguiendo que pasase a adoptarse por los vascos de Iparralde (donde casi no tenía implantación hasta los años treinta), por el PSOE, e incluso -más recientemente- por el Partido Popular vasco.

Sin embargo, la continua ‘defensa’ de la ikurriña por la izquierda abertzale la está erosionando dramáticamente. Los vascos de más de cuarenta años recordamos las manifestaciones del último franquismo en defensa del régimen y las concentraciones de Fuerza Nueva en la Plaza de Oriente. Así, la antigua bandera monárquica y el escudo con el águila de San Juan sufrieron un notorio desprestigio. Para muchos españoles el águila de San Juan llegó a representar lo que el águila del escudo de Sancho El Mayor de Navarra representa hoy para muchos vascos; un símbolo de amedrentamiento, de intolerancia, de rapacidad… Si sigue la guerra de banderas, la ikurriña puede acabar convirtiéndose en un símbolo de opresión.

En los últimos años, los excesos de los nacionalismos periféricos han alimentando la recuperación de la bandera desprestigiada e incluso el uso de la palabra España (que se había ido desplazando por el término Estado). España vuelve a estar de moda, pues hasta los deportistas profesionales -asesorados por unos patrocinadores muy alertas a los cambios en las tendencias sociales- están dando sorprendentes muestras de patriotismo español. Una tendencia tan alarmante para las autoridades autonómicas que incluso ha impulsado al Gobierno vasco a financiar a los deportistas de elite con el mal disimulado propósito de poder ejercer cierto control sobre sus declaraciones públicas (‘como declares en la tele algo inconveniente no te incluimos el año que viene’).

Pero lo cierto es que -anécdotas aparte- para cada vez más vascos, el Estado español y sus símbolos son una garantía de libertad y pluralismo frente a unas dosis de identidad autonómica excesivas. Muy especialmente en el asunto de la velocidad en la extensión del uso del vascuence; una lengua que todos coincidimos en que hay que promover sin imponer. Por ejemplo, hay gente que habiendo adoptado el uso cotidiano de las denominaciones eusquéricas -como Arrasate u Hondarribia- las están abandonando como reacción a la imposición: ‘A ver quién me obliga a mí a llamar a mi pueblo como a él le dé la gana’, me comentaba un euskaldun hace unos días. Si hasta con el mejor champagne puede acabar uno alcoholizado y necesitar someterse a un proceso de desintoxicación, la borrachera de txakoli es aún peor; pues a la resaca le añade una acidez de estómago particularmente molesta.

Por todas estas razones, y si se está de acuerdo en que la lengua, los símbolos colectivos, el paisaje, la historia y la cultura son un patrimonio de todos y deberían estar al margen de quién gobierna, conviene disociar vasquismo y nacionalismo. Si el nacionalismo pierde el poder, puede arrastrar consigo al vasquismo. En mi opinión, actualmente, el mayor peligro actual de lo autóctono no es la lenta recuperación del nacionalismo español, sino el propio nacionalismo vasco, que ha acabado por saturar incluso a buena parte de su electorado.

Recordemos además que el principal valor histórico de ‘lo vasco’ -el origen último del gran arraigo de las instituciones, la lengua y los modos de vida- es que fomentaba la paz social y la prosperidad. Vasquismo y moderación eran prácticamente sinónimos; la presión y la imposición no estaban en el espíritu de la foralidad. Hoy es al contrario, pues ‘lo vasco’ se asocia a polémica y enfrentamiento. Por eso, si el Gobierno vasco tiene altura de miras, debería aprovechar la aceptación de la ikurriña, del euskera, de las instituciones… para apartarlas del debate partidista y consolidarlas -afectivamente- como patrimonio de todos los ciudadanos. Deberían también cesar los ataques contra la legalidad, la bandera, el nombre, los representantes y la lengua del conjunto de España. No sólo hieren a muchos innecesariamente sino que generan actitudes contraproducentes y son las semillas de futuras revanchas. Todo indica que está cambiando la marea y que es hora de amarrar bien al vasquismo para que no lo arrastre el reflujo de la historia.