Vaya pesadez

En Catalunya el victimismo no cesa.  En efecto, para cierta opinión dominante, desde hace treinta años la autonomía está amenazada, siempre apurando sus últimos días. Lo cierto, sin embargo, es que durante estos treinta años han ido aumentando de forma incesante las competencias y los recursos financieros de la Generalitat, y de los demás gobiernos autónomos, hasta convertir a España en uno de los países más descentralizados de Europa, probablemente aquel en el que este tipo de entes territoriales gozan de un mayor autogobierno. El Estado de las autonomías se ha convertido, de hecho, en un Estado federal donde el gasto del perverso Estado central – ¡para algunos todavía centralista!-ha quedado reducido al 20% de la totalidad del gasto público.

Sin embargo, la necesidad de encontrar un enemigo exterior – y traidores internos-es consustancial a todo nacionalismo. Si recuerdan, hace dos años las autoridades de Catalunya pedían un nuevo sistema de financiación.

Todo un largo invierno pasamos con esta murga incesante. Pues bien, justo antes del verano se llegó a un acuerdo que dejó satisfechos a todos. Estamos en julio del 2009. Ahora, más endeudados que nunca, volvemos a la carga.

Fue durante este mismo verano que comenzó el culebrón de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. Que el victimismo no cese: todo un año más presionando y desprestigiando a unos jueces que no daban la razón a lo que ellos llaman Catalunya. ¿Recuerdan? Ni un solo precepto podía ser declarado inconstitucional porque aquello no era una ley sino un pacto político entre Catalunya y España. ¡Qué finos juristas! Si el TC no transigía – es decir, no prevaricaba-estábamos ya a un paso de declararnos independientes. Eso decían. Pero finalmente llegó la sentencia: tras una manifestación en la que el presidente de la Generalitat tuvo que salir por piernas llegó el descanso veraniego y luego unas elecciones en las que los partidos independentistas – más algún socio que anda desorientado-sufrieron un grave descalabro en votos y en escaños. Parecía que la gente no estaba para más juergas inútiles: quería más eficacia y menos sobresaltos.

Poco ha durado la tranquilidad. El victimismo no cesa. Otra vez estamos ante los mismos fantasmas. Ahora tenemos que librar de nuevo otra gran batalla frente a los enemigos de siempre. Muchos de los artículos de estos últimos días me recuerdan los dibujos animados de buenos y malos que dan por la tele el sábado por la mañana en el programa infantil. Y esta vez los malos son malos de verdad: se ha formado una diabólica alianza entre el PSOE y el PP, Aznar y Felipe, Zapatero y Rajoy. ¡Vaya por Dios! Monstruos verdes y rojos, grandes y feos: como en las películas de niños.

Sin embargo, la cuestión es sencilla y razonable. Se trata de ordenar un poco el Estado de las autonomías, algo que buena falta hacía. En efecto, Aznar dijo hace unos días que “no podemos sostener 17 organismos que hacen las mismas cosas”. Felipe González sostiene desde hace ya un tiempo que utilizar un elemento de cálculo tan difícil y discutible como las llamadas “balanzas fiscales” no es un sistema adecuado para financiar las comunidades autónomas. Zapatero ha declarado al Financial Times que “ninguna comunidad autónoma puede emitir deuda sin el respaldo y la autorización del Gobierno central”. Rajoy reclamó hace poco medidas para asegurar la unidad de mercado. Todos ellos, y algunos más, han dicho también otras cosas para hacer mejorar el funcionamiento del Estado autonómico. También el informe Everis y una reciente publicación de la FAES han formulado propuestas en el mismo sentido. Por último, el PSOE pronto celebrará una convención autonómica en Zaragoza para aprobar un plan de medidas de reforma de la organización territorial del Estado.

Se habla, en todos estos casos, de evitar distorsiones y duplicidades, disminuir gastos, armonizar legislación, reducir municipios, adelgazar administraciones o coordinarlas entre sí. Nadie habla, es más, todos niegan, que se quiera suprimir la autonomía, centralizar el Estado o cosas semejantes. Tampoco nadie habla de Catalunya. Se trata de repensar, y en su caso modificar, algunos aspectos de la organización autonómica general que hoy son disfuncionales. ¡Pues menos mal que se trata este tema! Estaba en boca de todos, especialmente de todos los especialistas, desde hacía años y, en su lugar, se hacían inútiles cambios estatutarios. Alegrémonos pues.

¿O es que alguien pensaba que sólo se reformarían las relaciones  laborales, las cajas de ahorros y el sistema de pensiones? Afortunadamente, la crisis nos aboca a hacer más reformas. El funcionamiento de las autonomías no debe ser ningún tema tabú, hay que abrir un debate para hacer reformas también en este campo. Rechazarlo bajo el prejuicio de que es una maniobra más contra Catalunya es un grave error. Participar en él es lo inteligente.

Pero por aquí el patio ya está alborotado. Todo es una maniobra contra Catalunya urdida por los enemigos de siempre, agazapados, desde los tiempos de Felipe V, en Madrit.El victimismo no descansa. ¡Vaya pesadez!

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

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