Vayan y anuncien

En la actualidad son trece mil los misioneros españoles, repartidos por 140 países en los distintos continentes. Hombres y mujeres, aunque ellas son la mayoría. Hay obispos, sacerdotes y diáconos, personas consagradas y seglares. También hay que tener en cuenta a esos misioneros y misioneras anónimos que ofrecen su oración, ayuda y sustento a las misiones y que, de algún modo, aparecen y se significan en esa generosa cantidad, más de 13 millones de euros, que la Iglesia española aporta a la causa misionera.

Todo ello demuestra que muchas gentes de España siguen el mensaje, «Vayan y anuncien», que el Papa Francisco proclamó en Washington hace poco tiempo. ¡Una verdadera audacia misionera! No es mérito nuestro, sino del amor universal de Jesucristo, que nos metió esta santa preocupación en lo más hondo de la vocación cristiana. Se ha de llegar a todos los rincones del mundo y contar a las gentes lo que se ha visto y oído. Sin imponer nada, pero ofreciendo lo que se tiene. La Iglesia sabe que aquellas personas que encuentra en el camino no son suyas, sino del Padre Dios. Que ninguno está excluido y sí todos llamados. Los misioneros llegan a las gentes de los más diversos pueblos, no para presumir de sabios y entendidos, sino para poner humildemente, en las manos y en el corazón de los demás, la lámpara con la luz encendida de una buena noticia: Dios Padre es misericordioso y desea que en la mesa familiar de su casa no haya silla alguna vacía.

La indiferencia, y el que a cada cual se le deje a su aire, es el virus que provoca una tremenda epidemia de insensibilidad, una latencia permanente, que no es estado de incubación, sino de muerte. El altruismo puede ser un detonante para despertar y sentir el arañazo de la conciencia ante la desgarrada situación en la que se encuentran muchas personas. Y poner en marcha sentimientos eficaces de colaboración y de ayuda. Se ha entrado en el círculo de la solidaridad. Esa persona excluida forma parte de nuestra comunidad universal, con unos derechos que se deben respetar y defender. Que los derechos no se otorgan, se reconocen. No es magnanimidad, sino justicia.

A la herida hay que ponerle remedio. Y lo peor de las llagas no es que sangren, sino que se infecten con el resentimiento, la envidia, el odio y el deseo de venganza. Aquí entran en escena el amor fraterno y la caridad. Cualquier persona es un hermano, y se parece tanto a nuestro Hermano mayor, que cuando hacemos algo en favor suyo es lo mismo que si se le prestara ayuda al mismo Jesucristo. Pero hay que estar muy atentos, porque solamente cuando se respetan y cumplen las exigencias de la justicia y del derecho se puede garantizar la autenticidad del amor y de la caridad fraterna. Las heridas y los vacíos de los demás se toman como propios, que esto es misericordia y lo que sostiene la vida de la Iglesia. Misioneros, pues, de la misericordia son estos hombres y mujeres que dejaron su casa y familia y tomaron a su cuenta aquellos que no habían oído la buena noticia de la salvación. Su misión consistirá en compartir con los demás una forma de vivir en la que la regla suprema era el mandamiento nuevo: amaos unos a otros como Jesucristo nos quiere a todos.

La misericordia de Dios es como ese eje transversal que va recorriendo los capítulos de la Escritura. Dios es compasivo y misericordioso. Muy rico en misericordia. De tal modo se hizo cargo de los pecados de sus hijos que tuvo que pagar hasta con el precio de la propia vida. Los misioneros y misioneras no solamente hablan de todo esto con palabras y recuento de obras admirables, sino con su presencia en los lugares más recónditos y entre las personas más desconocidas. Lo hacen con alegría, con respeto a la situación e idiosincrasia de cada pueblo. Curan a los enfermos y educan a pequeños y mayores, enseñan a perdonar y a mirar a Dios. Y, si la ocasión lo requiere, arriesgarán su propia vida. Y más que sobrados y actuales ejemplos tenemos de ello. No tuvieron otro motivo para venir a esas tierras que la causa del Evangelio, la buena noticia de la misericordia. Ya lo dijo San Juan de la Cruz: «Donde no haya amor, pon amor y sacarás amor».

El Papa Francisco se asoma al balcón del mundo, ahora situado en el atrio del Santuario nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, y dice con palabras imperativas: «Vayan y urjan». Pues todo el pueblo de Dios, no solamente la comunidad cristiana, está metido en el corazón redentor de Cristo, todos están llamados a ser testigos y misioneros de la misericordia. ¡Pero qué Papa tenemos!, me decía un buen amigo musulmán. Le recordaba que era el obispo de Roma y pastor de los cristianos. Su respuesta fue contundente y admirable: «Un hombre bueno y justo nos pertenece a todos». Jesucristo es el justo y el misericordioso.

¿Qué hacen los misioneros? Ponerse cerca de las gentes que no conocen a Jesucristo. Que lo vean en sus obras y perciban en sus palabras un mensaje de alegría y de misericordia. Los hombres y mujeres serán distintos, de costumbres y lenguajes diferentes, con creencias, ritos y signos muy propios. Esto se ha de respetar, pero, sobre todo, querer a las personas y no hipotecar su libertad, ni pretender que olviden su idiosincrasia. Podemos convivir culturas diferentes, pero sin obligar a nadie a prescindir de la suya.

Este año, aparte del acostumbrado mensaje para el domingo mundial de las misiones, el Domund, el Papa ha presentado a la Iglesia universal un misionero al que ha inscrito en el libro de los santos: san Junípero Serra. El fraile franciscano que saliera de sus queridas tierras mallorquinas para irse al nuevo mundo. «Supo vivir lo que es “la Iglesia en salida”, esta Iglesia que sabe salir e ir por los caminos, para compartir la ternura reconciliadora de Dios. Supo dejar su tierra, sus costumbres, se animó a abrir caminos, supo salir al encuentro de tantos aprendiendo a respetar sus costumbres y peculiaridades. Aprendió a gestar y acompañar la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando haciéndolos sus hermanos. Junípero buscó defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado». Así hablaba el Papa en la homilía de la canonización de fray Junípero.

En el mensaje para el día de las misiones, el Papa Francisco ha querido resaltar la dimensión misionera de la vida consagrada, es decir, de aquellos hombres y mujeres que reafirman su vocación cristiana con unos compromisos particulares. Órdenes y congregaciones religiosas especialmente dedicadas a la obra de la evangelización de los pueblos, es decir, a los que todavía no han llegado la palabra y el testimonio de Cristo. Ellos siembran amor y recogen amor. Como ponen mucho amor a Dios y a las gentes, la cosecha se asegura muy abundante.

Carlos Amigo Vallejo, cardenal arzobispo emérito de Sevilla.

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