Ve al Este, joven cantante de ópera

Desde hace cuatrocientos años, ninguna otra forma de arte se ha identificado más estrechamente con la cultura occidental que la ópera. En el corazón de toda gran ciudad europea se levanta un teatro de ópera. A lo largo de los siglos, esta se ha vuelto el centro de la vida intelectual y social: el lugar donde la aristocracia jugaba y departía, la burguesía en ascenso conversaba, la vanguardia artística buscaba inspiración. Desde el barroco hasta el posmodernismo, los libretos de la ópera reflejan la historia moderna de Occidente.

La ópera, no obstante, está muriendo… en Occidente. Las óperas románticas más populares – obras como Aída,Turandot y Tristán e Isolda-ya no pueden representarse con los cantantes de la gran calidad que entrañablemente recordamos y que fueron inmortalizados en grabaciones apenas hace unas cuantas décadas. Artistas carismáticos como Maria Callas, Birgit Nilsson y Ezio Pinza, que protagonizaron las óperas románticas del siglo XIX, fueron quienes convirtieron la ópera en una forma de arte aclamada universalmente que sigue siendo popular en todo el mundo. Simplemente pregúntenle a cualquiera que haya escuchado a Pavarotti cantar Nessun dorma.Estas siguen siendo las óperas que el público quiere escuchar, pero ¿dónde están los cantantes?

El director musical del Metropolitan, James Levine, recuerda nostálgico los cantantes que dirigió hace cuarenta años. “Eran cantantes sensacionalmente completos, en todos los sentidos del arte… Daría lo que fuera por escucharlos otra vez”.

¡Pero la ayuda viene en camino! Y de una dirección inesperada: Oriente.

En China, la primera representación pública de una ópera en italiano desde la revolución cultural tuvo lugar apenas hace quince años. Sin embargo, en un reciente viaje a Shanghai, me topé con una producción local de Otelo,la partitura más difícil de Verdi, presentada por cantantes, directores y orquesta exclusivamente chinos, en una presentación cuidadosamente idiomática que posteriormente fue exportada a un importante festival de ópera en Finlandia.

Pocos meses después, estuve en el glamuroso teatro de ópera de Pekín, construcción nueva que costó 500 millones de dólares – cuya forma de huevo reluciente hace que la irreverente población de la capital china la llame así-para escuchar una nueva versión terminada de Turandot,la ópera “china” inconclusa de Puccini, compuesta por un joven compositor chino, Hao Weiya.

Aún mejores son las obras nativas, que les permiten a los cantantes chinos brillar en su propio idioma. Poeta Li Bai,de Guo Wenjing, estrenada por Hao Jiang Tian, bajo del Metropolitan nacido en China, evoca de una manera cautivante la vida y la obra de uno de los grandes poetas de la dinastía Tang.

Y regresé a Nueva York a tiempo para el estreno de El primer emperador,ópera del compositor más conocido de China, Tan Dun, en el Metropolitan.

La estrella fue Plácido Domingo. Pero las estrellas operísticas de Asia están en ascenso. Los asiáticos están ocupando las vacantes de las escuelas de música en Estados Unidos y Europa, ganando concursos vocales por todo el mundo, introduciéndose en los coros de ópera europeos y apareciendo cada vez más como solistas en el escenario principal.

La recién adquirida ventaja de Asia quizá no sea tan sorprendente como puede parecer a primera vista. La ópera siempre ha sido una profesión globalizada y los cantantes viajan por toda Europa y cruzan el Atlántico para ejercer su oficio. La razón principal es que siempre han escaseado los grandes cantantes.

La ópera se parece a los deportes profesionales en el sentido de que las exigencias técnicas y físicas empujan a las superestrellas a los límites mismos de la resistencia y el potencial humanos. En cualquier generación de cantantes, son pocos los que pueden alcanzar el do de pecho, ejecutar las difíciles escalas que exige un Verdi, o proyectarse sobre la extravagante orquestación de un Wagner durante cinco horas cada noche. Aún menos son los que pueden hacerlo con elegancia y profundidad dramática y musical.

Como sucede con los atletas, producir tales cantantes requiere que los expertos tamicen a millones de jóvenes para descubrir a los pocos talentosos, que les ofrezcan años y años de entrenamiento dedicado y los recompensen con la fama y las riquezas necesarias para que valga la pena el tedio y los riesgos personales.

Desde hace siglos, la materia prima en Europa y Estados Unidos provenía de los conjuntos aristócratas y reales, los coros de iglesias y escuelas, de cabarets y clubs, de Broadway y los distritos de vodevil, de las calles de pueblecitos y ciudades llenas de intérpretes ambulantes y de incontables familias reunidas a cantar en torno de la fogata, el piano o el radio. Durante siglos, ningún intérprete era más glamuroso ni estaba mejor pagado que una estrella de ópera. Ellos eran, como implica el sobrenombre de divos, divinos.

Pero en Occidente esos tiempos ya pasaron. El vocalismo clásico sin micrófono ha sido marginado por un mar de pop mejorado electrónicamente. Los coros de las iglesias y la educación musical en las escuelas están desapareciendo. Una amplia gama de oportunidades de trabajo, menos arriesgadas y mejor remuneradas, dentro y fuera de la música, hace que la azarosa carrera en la ópera sea cada vez menos atractiva. En consecuencia, los grandes cantantes occidentales de ópera están escaseando, al menos aquellos con la voz oscura y resonante que se requiere para Verdi, Wagner y Puccini. Estos son más raros para empezar, más lejanos de la norma con micrófono, y requieren un aprendizaje más largo y más difícil.

Pero en Asia siguen existiendo muchas de esas condiciones decisivas. Los estudiantes asiáticos muestran un profundo compromiso con los estudios, una sólida ética de trabajo y un estricto sentido de disciplina. La música clásica conserva su prestigio en Asia en parte porque está relacionada con Occidente, y no sin razón. La educación musical suele ser obligatoria y los conservatorios, si bien no están a la altura de los occidentales, son fuertes.

Cada vez son más los conservatorios occidentales que quieren aprovechar esto reclutando en Asia a los mejores jóvenes cantantes de ópera, en especial de Corea, Taiwán y China. El año pasado, en el prestigioso concurso Bertelsmann, en Alemania, los tres finalistas fueron coreanos. En el principal concurso de Estados Unidos, en el Metropolitan, uno de los cuatro finalistas fue el tenor coreano Sung Eun Lee. La mayoría de los nuevos tenores contratados en Berlín, en Stuttgart y en otros teatros de ópera importantes de Alemania, también son coreanos.

Como indican todos estos ejemplos, Corea del Sur parece estar produciendo un número extraordinario de cantantes de ópera, considerando su tamaño y su distancia geográfica del epicentro cultural de la ópera. Al explicar los factores del éxito de Corea en este aspecto, la discreta estrella del Metropolitan, la soprano Hei Kyung Hong, parece estar hablando de Occidente hace cincuenta años: el prestigio de la alta cultura occidental, el símbolo de posición social que daba poseer un piano, la familia tradicional y el impulso competitivo de tener éxito en el país y enel extranjero. Algunos lo atribuyen a la tradición del canto en Corea y a una cultura extrovertida, en comparación, digamos, con Japón, donde la música clásica es popular pero donde han nacido muy pocas estrellas de la ópera.

Aquí hay más cosas en juego. Una ventaja operística que disfrutan muchos coreanos es que el país es cristiano casi en su cuarta parte, con predominancia de presbiterianos y metodistas, que siempre cargan con su libro de himnos. Un número desproporcionado de cantantes coreanos son cristianos, como la misma Hong, cuyo padre era ministro, y Lee, que hace énfasis en donar el dinero de sus premios a los misioneros que llevaron por primera vez la ópera a Corea.

Empero, el país con mayor potencial, por supuesto, es China. Con 30 millones de estudiantes de piano y 10 millones de violín, las audiciones anuales para el conservatorio se han incrementado de unos cuantos miles hace veinte años a cerca de 200.000 en la actualidad.

Después de las oleadas anteriores de inmigrantes italianos, alemanes, rusos, japoneses y coreanos, China ahora está abasteciendo las orquestas de todo el mundo. Recientemente, Hai-Ye Ni, nacida en Shanghai, fue nombrada chelista principal de la Orquesta de Filadelfia; Liang Wang, de Tsingtao, fue nombrado primer oboe de la Filarmónica de Nueva York. También los solistas chinos están en auge, encabezados por tres virtuosos del piano: Lang Lang, Yundi Li y Yuja Wang, los tres de veintitantos años.

Los cantantes chinos tienen que esforzarse más que los instrumentistas para superar el obstáculo lingüístico y carecen de los antecedentes culturales y religiosos de los coreanos. No obstante, el Gobierno chino los ayuda en su tarea. La opinión de que la ópera es algo moderno encuentra apoyo hasta en la cumbre de la jerarquía del Politburó del Partido Comunista Chino. La educación artística es obligatoria en muchos lugares. El Gobierno envía inspectores a muchas aldeas en busca de jóvenes promesas en el canto y los rastrea para darles estudios en el conservatorio. El auge de la construcción también ha significado la aparición de teatros de ópera en las principales ciudades.

Ya han empezado a surgir estrellas chinas, y estas parecen tener más potencial que las coreanas para brindar las grandes voces que necesita la ópera. El bajo Hao Jiang Tan, estrella de la ópera poética de Shanghai, ha cantado desde hace muchos en el Metropolitan. En el 2003 fue seguido por un barítono bajo chino, un joven desconocido de 23 años procedente de Tianjin con el nombre artístico de Shenyang, que ganó el concurso de canto más conspicuo del mundo, el Cantante Cardiff del Mundo. Canta papeles de barítono bajo con una calidez, profundidad y madurez normalmente reservada a quienes le doblan la edad. Muchos piensan que Shenyang llegará a ser la primera súper estrella china de la ópera.

Pronto sabremos si Asia salvará a la ópera. Quizá Shanghai, Pekín y Seúl se conviertan en mecas de la ópera. O quizá los cambios en las políticas y la inercia cultural de millones de jóvenes que escuchan el pop occidental en los centros comerciales acaben con la promesa de lo que hubiera podido ser un renacimiento operístico. Como muchas otras cosas en esa región, es un experimento social incierto. Sin embargo, no hay mejor ejemplo de las ironías de la globalización que la posibilidad de que el futuro de la ópera, la forma de arte representativa más venerable de Occidente, dependa de Asia.

Andrew Moravcsik, profesor de Ciencias Políticas y director del Programa de la Unión Europea en la Universidad de Princeton. © The New York Times Syndicate

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