«Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas»

La tarde del pasado miércoles 13 de marzo, tras saber que salía humo blanco por la chimenea de la Capilla Sixtina, fui un espectador más con la mirada clavada en el televisor. Millones de personas nos supimos unidos por la misma emoción, por el deseo de saber el nombre del nuevo Papa y por la esperanza de que un nombre reforzase nuestra fe. Sí, su nombre era lo que esperábamos. Lo que ignorábamos era que al elegir llamarse Francisco, iba a decirnos algo más, mucho más que un nombre.

Francisco ha decidido llamarse. Y, «Francisco» es todo un programa. Como ha dicho el padre general de la Compañía de Jesús, «el nombre de Francisco evoca su espíritu evangélico de cercanía a los pobres, su identificación con el pueblo sencillo y su compromiso con la renovación de la Iglesia».

En las crónicas franciscanas puede leerse que San Francisco de Asís, allá por el año 1205, tuvo una visión delante del crucifijo. Escuchó al Señor que le decía: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas». Francisco se puso manos a la obra y restauró el templo de San Damián. Pero pronto comprendió que el mandato no era restaurar un edificio sino cambiar la Iglesia.

Cuando se presentó Francisco ante Inocencio III en solicitud de su aprobación para «reparar la Iglesia», como Dios le había pedido, se dice que tuvo lugar la siguiente escena: Después de mostrarle a Francisco las riquezas amasadas por la Iglesia, el Papa Inocencio III le dijo: «Ya ves, la Iglesia ya no puede decir que no tiene oro ni plata como dijo San Pedro al mendigo tullido». A lo que Francisco replicó: «Cierto, pero la Iglesia tampoco puede decir ya ‘En el nombre de Jesucristo el Nazareno, levántate y anda’». La Iglesia se había convertido en un rico imperio de poder terrenal. El Papa era un monarca absoluto con todo el poder del oro y de la plata, pero el Nazareno era un extraño en aquellos palacios. La Iglesia no podía reconocerse en la sencillez de Belén.

El Papa Inocencio III vio en sueños la ruina eclesial representada en la basílica de San Juan de Letrán, que se estaba derrumbando y un hombre insignificante, el religioso Francisco, la aguantaba con su espalda. Inocencio III escuchó paternalmente impresionado a Francisco y el cardenal Juan de San Pablo advirtió al Papa: «Si rechazamos la demanda de este pobre que no pide sino la confirmación de la forma de vida evangélica, haremos una injuria al mismo Evangelio de Cristo». Inocencio III puso orden en una Iglesia arruinada moralmente.

Ocho siglos después de estos sueños, L’Osservatore Romano nos dice que el Papa era un pastor rodeado de lobos y el propio Benedicto XVI manifiesta que le faltan fuerzas no solo físicas, sino «espirituales». Con humilde sinceridad también nos dice el Papa algo parecido a lo que manifestó al salir de su visita al campo de exterminio nazi de Auschwitz: «¿Dónde estabas Señor cuando estas cosas ocurrían?» Al dejar el Papado confiesa que alguna noche le ha parecido que «el Señor estaba dormido».

Resulta entrañable que el Sumo Pontífice tenga la humildad de reconocer que hubo noches que no encontró al Señor.

Este llano y modesto lenguaje, impropio de poderosos, contrasta con las deslumbrantes estancias vaticanas, con los pomposos ropajes y riquísimos pectorales de oro al servicio de un aparato eclesial concebido para contener, para frenar. La Curia romana contiene al episcopado, el episcopado frena al clero, el clero contiene a los laicos… Las palabras de un Benedicto XVI dimisionario y sin fuerza espiritual no parecen propias de un hombre de la Curia y algún purpurado lo ha puesto de manifiesto. La verdad es que el espíritu curial está muy alejado de la sencilla razón del dimisionario al que muchos han interpretado que quería decir: me voy porque ya no os aguanto, ya no puedo más con vosotros.

A los 12 días de marcharse el Papa Benedicto, 115 cardenales entraban en la Capilla Sixtina cantando las letanías e invocando al Espíritu Santo. El espectáculo era litúrgicamente asombroso y deslumbrante. La emoción escénica, difícil de lograr en ninguna otra ceremonia del planeta. El sentimiento de muchos purpurados, sublime y envidiable. Sin embargo, entre ellos también irían los lobos que acosaban a Benedicto. Las ovejas negras cubiertas de púrpura y en procesión hacia el Cónclave no pensaban en Francisco, ni en la Iglesia que están arruinando. Posiblemente pensaban en la elección, no de un pastor, sino de un poderoso jefe de Estado. Sí, de un monarca absoluto al que los soldados presentan armas; sus nuncios tienen rango de embajadores y su Estado posee un banco que dirige un fabricante de barcos de guerra.

Sin embargo, la elección de Francisco ha roto esquemas. El Espíritu Santo ha tenido tarea, ha debido emplearse a fondo porque es difícil imaginar a ciertos cardenales eligiendo a un jesuita argentino, que despreciando la parafernalia del poder temporal parece suponer un punto de inflexión en la vida de la Iglesia. Un cambio de ciclo. Esta elección no se explica sin la presencia de un Espíritu nuevo que parece haber fulminado miles de toneladas de prejuicios que pesan sobre la Iglesia católica. Un Papa en plenitud de facultades mentales ha planteado un relevo ejemplar y los cardenales que lo votaron -un Papa como Francisco no pudo tener, por su bien, el voto de algunos electores- ha antepuesto, al menos aparentemente, el interés de millones de fieles sobre los intereses creados de las organizaciones intestinas vaticanas. En definitiva, como dijo Dante de San Francisco: «Nacióle un sol al mundo». Ha nacido la esperanza en la Iglesia.

La elección de Francisco parece evocar aquella visión de hace ocho siglos: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas».

No pretendo ser original después de los mares de palabras y voces que se han escuchado sobre el nuevo Papa. Por ello dejo simplemente volar mis emociones y sentimientos al observar los primeros pasos del Papa desde que se abrieron las cortinas del balcón de San Pedro. Un sentimiento que, como creyente, no me cuesta compartir.

Ya en la antesala del balcón, desde el escalón de la duda, un metro atrás de la balaustrada de mármol, hasta que se hizo con el micrófono, intuí en el nuevo Papa un humilde servidor de Dios. Un hombre llano, sencillo, humano. Hasta parece sentirse reconfortado con su imperfección, como cualquier ser humano. El Papa pasó de la emoción contenida, paralizante, de saberse observado por la mayoría del planeta a, en apenas segundos, saber conectar su mundo con el mundo. Vi en él un hombre austero, cercano y dialogante. Nada de arrogancia. Habló con educación, con respeto, con humildad. Intuyo en él a una persona a la que le costará elevarse sobre los demás, pues sus convicciones más profundas deambulan a ras del suelo. Se mostró inteligentemente generoso al solicitar una oración por su antecesor, el Papa cesante más vivo de la Historia. Después agachó la cerviz para pedir también una oración por él. Acto seguido habló como si fuera uno más, un creyente perdido en medio de la multitud. «Buenas noches, que descanséis».

Definitivamente el hábito hace al monje. Su presencia, de blanco absoluto, sin oro ni plata, sin muceta, sin báculo… parecía decirnos «nada de lo que no llevo, necesito». Ha sobrevolado el cuarto de dagas italianas y la armería palaciega, no parece querer usar los títulos pontificios de Príncipe de los Obispos, Padre de los Reyes, Soberano del Estado Vaticano, Patriarca de Occidente, Vicario de Cristo… solamente Francisco, sin numeración ordinal, propia de reyes y, hasta ahora, también de los Papas.

«Se Cristo vedesse» (Si Cristo lo viera). En las calles de Roma, con picardía italiana traducen así el S.C.V. (Stato della Città del Vaticano) que situado en la matrícula distingue a los magníficos automóviles de la Curia. Sin embargo, Francisco viajó en un pequeño vehículo a recoger sus pertenencias y pagar el hospedaje en la casa que le alojó antes de entrar en el Cónclave. La mirada fija en su rostro le delata como una persona afectiva, humana, extraordinariamente sensible, sin doblez. Sus gafas clásicas, de un Gandhi distraído, parecen ser el antifaz o parapeto de tanta bondad como se le adivina.

Parece que Dios le ha bendecido porque vive en humildad. Quienes a diario nos ocupamos de la propia gloria o grandeza nos alejamos de Dios. Esta ley es la que San Pablo recuerda a los cristianos de Corinto que preferían una evangelización más brillante en sabiduría humana y en milagros. «Dios ha escogido lo débil y lo necio a los ojos del mundo para confundir a los poderosos». ¡Qué desconsuelo y enojo deben tener los que aplaudieron el gesto inquisitivo de Wojtyla sobre un Ernesto Cardenal arrodillado y humilde! Los movimientos ultramontanos, sectarios, integristas y excluyentes de la Iglesia deben estar rezando los misterios dolorosos porque se les ha aparecido un Papa que no sólo es jesuita de los de verdad, sino que además se llama Francisco y, como el de Asís, parece especialista en someter a los lobos.

En su porte físico se adivina la talla y la envergadura de alguien grande. Visto de espaldas se le intuye fortaleza y rigor; lo que Benedicto no tenía. «Un Papa, además de rezar y escribir, tiene que gobernar», me decía un cardenal. Pues bien, Francisco parece que tomará decisiones. Ya ha tomado las primeras y sólo los lobos le miran con inquietud.

José Bono fue presidente del Congreso de los Diputados, ministro de Defensa y presidente de Castilla-La Mancha.

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