Veinte años de misiones en el exterior

Cuando las Naciones Unidas han celebrado el 60 aniversario del comienzo de las llamadas operaciones de mantenimiento de paz (OMP) –ONUVT, Misión de Vigilancia de la Tregua en Palestina, 1948–, nosotros, más modestamente, celebramos los 20 años de nuestra participación en ellas. La diferencia la marcan nuestros años de autarquía y aislamiento y el hecho de no haber sido uno de los países firmantes de la Carta de San Francisco en junio de 1945.

Dos capítulos de la carta, el sexto y el séptimo, abordan el tema de lo que llama controversias. En el primero trata de las medidas para su arreglo pacífico. En el segundo señala las acciones coercitivas «en caso de amenazas a la paz, quebrantamientos de la paz o actos de agresión» y compromete a los países miembros a poner a disposición del Consejo de Seguridad «fuerzas armadas necesarias para mantener la paz y seguridad internacionales».

L a última remodelación del carácter de las misiones de paz, tras largos años de experiencia, se llevó a cabo en la cumbre de la ONU del 2005. Estas se organizan y se llaman ahora «integradas» porque conjugan no solo medidas militares sino también las electorales, económicas o sociales que aseguren no solo el fin del conflicto armado sino la rehabilitación del tejido social de la zona, la reintegración de desplazados, posibilitar su gobernabilidad y paliar las causas que crearon el conflicto para que no se reproduzca.

En las OMP nos integramos en 1989 cuando ofrecimos los primeros observadores para Angola y poco tiempo después los aviones, con el Ejército del Aire de Getafe y Zaragoza, para Namibia.

Debemos reconocer y recordar el impulso dado a estas misiones por el ministro de Asuntos Exteriores Francisco Fernández Ordóñez, un hombre que mimó a los primeros contingentes.En el Ministerio de Defensa, Narcís Serra contó con la valía del general Veguillas, un hombre que llegó a la Dirección General de Política de Defensa procedente de la Embajada de EEUU y con un amplio ascendiente en todo el ministerio. Bien sabían los asesinos de ETA a quién mataban cuando atentaron contra su vida.

A finales de 1989 ya está prácticamente activado el cuartel general de la ONUCA (Misión de la ONU para Centroamérica), que manda el general español Quesada. Ya no se saldrá de la zona hasta bien entrada la década de los 90. Después de Nicaragua será El Salvador (ONUSAL), con el general Suanzes, y después Guatemala (MINUGUA). Junto a contingentes de una treintena de países, los mandos y observadores españoles desarrollaron una magnífica labor.

Eran también otros tiempos: un refuerzo urgente de oficiales para ONUSAL –fueron 101, con lo que se quedaron de por vida con el apelativo de dálmatas— llegó a Comalapa, el aeropuerto salvadoreño, que suele rondar los 40 grados, con gorra de plato, uniforme de paseo y guantes. En 24 horas pasaban agregados de dos en dos a unidades del Ejército Nacional y a los dispersos grupos del FMLN perdidos por las montañas del país. No sé dónde guardaron sus uniformes reglamentarios. Hoy tenemos unas Fuerzas Armadas magníficamente equipadas.

Casi a la vez que actuábamos en África y Centroamérica estallaron los Balcanes. Ya no era observación de procesos de paz: era intervención en medio de un conflicto armado, en realidad fueron dos sangrientas guerras civiles. Allí se puso a prueba, con éxito, la operatividad y el valor de nuestras unidades. El esfuerzo fue grande y aún estamos en deuda con muchos de nuestros hombres que murieron en Bosnia. Hasta hoy no se ha considerado políticamente correcto ensalzar sus conductas y su sacrificio.
Luego se abrieron más horizontes y vino Asia. Primero con el sacrificado apoyo al Kurdistán, luego en Afganistán, luego en Irak.

Recientemente regresamos con nuestra Armada al Cuerno de África y nos involucramos, responsables, en el conflicto de Oriente Próximo desplegando con FINUL en el Líbano.

Esfuerzos de todos los Ejércitos, la Guardia Civil, los servicios de inteligencia y de exterior, esfuerzos económicos, esfuerzos del Gobierno, de todos. Porque somos un trozo de todos, con las virtudes y defectos de nuestra sociedad.

Bien valorados en encuestas de opinión, hemos ganado en interoperatividad, en uso de idiomas, en reglas de enfrentamiento (ROE) y en sistemas de la OTAN. Hemos mejorado en autoestima. No somos peores que otros contingentes más experimentados. Aportamos, además, solidaridad y generosidad poco comunes, y sobre todo hemos formado unas generaciones más maduras, más sacrificadas, que han vivido in situ tragedias fruto de las injusticias, la falta de principios, los egoísmos mas asesinos.

Por supuesto, esta misma sociedad española, la de los halagos muchas veces innecesarios, muestra también su otra cara cuando nos invita a desaparecer de ciertas ciudades o a eliminar nuestro patrimonio histórico; cuando permite que se elimine nuestra Sanidad Militar, la de Ramón y Cajal, Gómez Ulla o Trueta, en beneficio de intereses privados; que ve cómo somos moneda de cambio en periodos electorales o como pagamos los platos rotos de un incendio mal gestionado por una autonomía.

Somos trozo, ya lo dije, de lo bueno y de lo malo de nuestra sociedad. Pero hoy debemos conmemorar, orgullosos, 20 años de esfuerzos y sacrificios comunes, teniendo siempre presentes a quienes no pueden compartirlo con nosotros.

Luis Alejandre, General. Miembro de AEME.