Veinticinco años sin Barral

El próximo 12 de diciembre se cumplirá un cuarto de siglo de la desaparición de Carlos Barral sin que a ninguna institución se le haya ocurrido organizar el más mínimo acto en su memoria. De una pobreza extrema me han parecido los programados por el Ayuntamiento de Calafell, actual propietario de la casa que fue de Barral. Flanqueada por edificios de monstruosa catadura, característicos del lamentable desarrollo urbanístico que profana nuestras costas, es uno de los escasos reductos de un pasado menos hostil en el paseo de la playa calafellense. La que fue antigua botiga de pescadores hoy está abierta al público como museo del escritor, aunque sin ninguno de los documentos de este, que siguen en la Biblioteca de Catalunya y cuyo acceso continúa desde hace tiempo “en procés”. En el 2007 el Ayuntamiento de Calafell patrocinó un congreso internacional, organizado por la Universitat Autónoma de Barcelona, al que acudieron numerosos estudiosos de la obra del autor catalán, pero desde entonces apenas ha llevado a cabo iniciativas de interés.

Termina, pues, el año del veinticinco aniversario de la muerte de Barral casi en el mismo silencio con que empezó, pese a haber, me parece, sobrados motivos para recordar a uno de los mejores escritores de la generación de los cincuenta. Sin duda el más difícil de los poetas y quizá, por ese motivo, el más olvidado. Contrariamente al que fuera su íntimo amigo de juventud y compañero de avatares líricos, Jaime Gil de Biedma, al que se sigue leyendo e imitando con fervor apoteósico, Barral tiene hoy pocos lectores y nulos imitadores. Tampoco tuvo muchos en vida porque para entender los versos de Barral es imprescindible consultar un diccionario etimológico. El autor barcelonés utiliza étimos, eso es palabras cuya significación en el poema remite casi siempre a sus orígenes, así por ejemplo blanco equivale a hostil y verde a erecto, viril, grave a pesado, etcétera, etcétera…

El interés por construirse una lengua propia, tanto en su poesía como en sus magníficas memorias, le llevó a trabajar incansable el idioma, como si fuera un monje de la abadía de Cluny, encerrado en su celda –así le gustó evocarse a sí mismo alguna vez–, lejos de sus ocios calafellenses, distanciado de las bien regadas tertulias nocturnas de los martes –en homenaje a las de Mallarmé en París–, en su casa barcelonesa, frecuentadas durante una época por Gil de Biedma, Manuel Sacristán, Gabriel Ferrater, Jaime Salinas, hasta que el alba, siempre hostil, les devolvía a la cruda realidad diurna.

Ya sabemos que la literatura está pasando por horas muy bajas, de ahí el olvido que, además, en el caso de Barral, lo es por partida doble: no sólo fue escritor, fue también editor importantísimo. El sello Seix Barral y en especial la colección Biblioteca Breve supuso una bocanada de aire no enrarecido, de aire renovador que permitió al público de entonces leer en castellano a los mejores autores de Europa y América. Cuentan que malogró por pereza el que habría sido el mayor de sus éxitos editoriales: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Al parecer ni siquiera dio acuse de recibo del manuscrito, extraviado entre otros, sobre su mesa repleta de papeles. Por el contrario, la creación del premio internacional Formentor, del que fue el máximo impulsor, otorgado en 1961 a Borges hizo posible que este dejara de ser un autor casi secreto para convertirse en un referente de prestigio mundial. También el premio Biblioteca Breve, ligado a la colección del mismo nombre, fue fundamental para introducir en España a autores hispanoamericanos de la valía de Vargas Llosa, Cabrera Infante o Carlos Fuentes y para cambiar los gustos del público lector. Tanto en su obra como en su vida Carlos Barral intentaba asombrar, quebrar la expectativa. Su comportamiento tenía un punto de extravagancia y sus ademanes bastante de esnobismo dandy. Solía usar la capa española cuando viajaba al extranjero como el más internacional de los editores peninsulares y bebía whisky en una época en que la inmensa mayoría de escritores tomaban cañas o chatos. Una tarde, en la presentación de una reedición de Gramática Parda, la estupenda novela de García Hortelano, en el hotel Ritz de Barcelona, le vi entrar y salir tres veces. Bajaba los escalones que comunican con el salón, oteaba el horizonte y retrocedía de nuevo. Buscará a alguien, pensé. En efecto, buscaba los flashes de la televisión que no se habían fijado en que él había llegado. Uno de los personajes de su única novela terminada, Penúltimos castigos, con nombre y apellido tomados de la realidad, le llevó a los tribunales por injurias. Barral decidió que había ensayado el papel en una obra de Pirandello y tras rehusar la inmunidad parlamentaria a la que tenía derecho, puesto que entonces era senador por el PSC, esperó a que los tribunales dictaran sentencia. La muerte le llegó antes de que eso ocurriera y la causa fue sobreseída.

Carlos Barral tendía a convertir en literatura cuanto tocaba y lo hacía como terapia salvadora, convencido de que sólo el arte puede consolarnos de las carencias y menguas de la vida.

Carme Riera, escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *