Vencer a los que no quieren paz en Asia meridional

Parece que las muy esperadas negociaciones de paz entre la India y Pakistán no tendrán lugar antes de las elecciones parlamentarias de mayo en India; y las perspectivas de conversaciones después de eso no están claras. Diversos factores prefiguran un período de intensa incertidumbre y posibilidad de conflicto: la victoria del nacionalista Partido Popular Indio (Bharatiya Janata Party, BJP) de Narendra Modi; un resurgimiento de los talibanes tras la inminente retirada de las tropas estadounidenses de Afganistán; y que Pakistán siga siendo incapaz de negociar con los talibanes paquistaníes o suprimirlos. Pero esto no debe ser motivo para abandonar los intentos de lograr la paz.

Es verdad que como pacificador, Modi trae unas credenciales muy cuestionables, tanto para su país como para Pakistán. Modi era jefe de ministros de Gujarat en 2002, cuando se produjeron violentos disturbios en los que fueron asesinados más de mil musulmanes. Muchos temen que si llega a primer ministro, polarizará a todo el país en divisiones intercomunitarias. Y hasta ahora mostró una postura inflexible hacia Pakistán, y no parece que vaya a moderar su discurso, al menos por el momento.

Pero es probable que Modi se inspire en el último primer ministro del BJP, Atal Bihari Vajpayee, que en 1999 visitó Lahore para mantener conversaciones de paz con su homólogo paquistaní Nawaz Sharif (vuelto al poder en 2013). Tiene buenos motivos para hacerlo. La paz con Pakistán fortalecería su imagen personal, en la India y en el mundo, y sería un avance hacia la concreción de las ambiciones del BJP de convertir a la India en una gran potencia. También ayudaría a revivir la debilitada economía india al alentar la inversión extranjera, de cuyos beneficios Modi ya fue testigo en Gujarat.

Por su parte, Sharif ofreció gestos de paz a la India, y por buenas razones: un reacercamiento con su vecino fortalecería su posición en Afganistán y le facilitaría terminar la violencia dentro de Pakistán. También lo ayudaría a quitarle poder al ejército paquistaní y a su rama de inteligencia, el ISI. Cierto es que el inicio de conversaciones de paz con un futuro gobierno de Modi puede suscitar oposición en Pakistán, pero tal vez Sharif esté dispuesto a romper el hielo, si para ello cuenta con el apoyo de los principales partidos políticos.

Lamentablemente, en Asia meridional hay muchos que no quieren la paz. Numerosos intentos del actual primer ministro de la India, Manmohan Singh, de reiniciar conversaciones con Pakistán se vieron frustrados por violaciones de la línea de control en Cachemira o incidentes fronterizos con disparos de artillería (episodios que aparentemente se producen ante la menor provocación).

Por ahora, los políticos indios ven las ofertas de Sharif con sospecha. Les preocupa lo que pueda salir de sus negociaciones con los talibanes paquistaníes y no están seguros de que conserve el control de las políticas de Pakistán en relación con Cachemira o Afganistán.

De hecho, el mayor obstáculo para las negociaciones de paz entre India y Pakistán es la facilidad con que podrían arruinarlas los aguafiestas. Tan pronto como comience el proceso de paz, es probable que poderosos intereses creados lo interrumpan (violentamente), porque un acuerdo de paz debilitaría su base de poder y el apoyo político que derivan de la continuación del conflicto.

Sobran precedentes. En 1999, el general paquistaní Pervez Musharraf envió comandos a ocupar las alturas de Kargil, en el lado indio de Cachemira, para desestabilizar el proceso de paz de Lahore; la respuesta militar de la India puso fin a las conversaciones de paz. En diciembre de 2001, el ataque al parlamento de la India perpetrado por las milicias Lashkar‑e‑Taiba y Jaish‑e‑Mohammed, con base en Pakistán, hizo naufragar las conversaciones extraoficiales entre el gobierno del BJP y el régimen militar de Musharraf.

India también tiene sus aguafiestas. En febrero de 2007, poco antes de la visita del ministro de relaciones exteriores de Pakistán, un grupo formado aparentemente por fundamentalistas hinduistas atentó contra el Samjhauta Express (un tren que une Nueva Delhi con Lahore dos veces a la semana), matando a 68 personas entre paquistaníes e indios.

Además, los aguafiestas tienen a su favor la falta de apoyo popular para los gobiernos de ambos países. Tal vez la coalición de gobierno liderada por el Congreso Nacional Indio considere que una actitud firme ante Pakistán es el único modo de repeler las críticas del BJP y otros partidos de la oposición. Y muchos indios dudan de que tenga sentido negociar con Sharif, cuando no es seguro que su gobierno llegue a término, vistas las tensiones entre civiles y militares en Pakistán. La designación del flexible general Raheel Sharif como jefe del ejército ayudó a descomprimir la situación, pero como Pakistán y la India apoyan bandos contrarios en Afganistán, un aumento de las tensiones en este país podría llevar a que el ejército paquistaní y el ISI se reafirmen.

Felizmente, por ahora la violencia en Cachemira cedió, pero puede recrudecer fácilmente si los talibanes consolidan su poder en Afganistán y el ISI aumenta el nivel de apoyo a grupos como Lashkar‑e‑Taiba y Jaish‑e‑Mohammed.

Aunque la incertidumbre política actual, tanto en India como en Pakistán, impide por ahora celebrar conversaciones de paz en toda regla, ambas partes podrían empezar a tomar medidas de acercamiento, tratando de resolver desacuerdos de menor nivel como las disputas territoriales sobre el glaciar Siachen, el riachuelo Sir y la barrera de Wullar/proyecto de navegación Tulbul. Las diferencias sobre cuestiones de derecho de aguas y construcción de diques se pueden negociar tanto en el nivel diplomático como a través de canales extraoficiales.

Además, los dos países pueden acrecentar la cooperación económica y comercial, colaborar para combatir el terrorismo y el tráfico de drogas, y promover intercambios amistosos en diversos ámbitos sociales y culturales. El fortalecimiento de las relaciones comerciales podría crear intereses económicos que sirvan de contrapeso a las tensiones y contribuyan a la búsqueda de paz. En ese sentido, son un buen inicio los recientes acuerdos para establecer más sucursales bancarias y puestos de comercio en la frontera; y Pakistán ya dio algunos pasos para retribuir la oferta india de otorgarle estatus comercial de “nación más favorecida” (aunque con otro nombre).

Tal vez esto no baste para garantizar el éxito de las negociaciones, si es que se producen, pero al menos puede quitar incentivos para arruinarlas. Y si los dos países pudieran hallar modos de evitar el agravamiento de disputas de menor escala, se generaría una atmósfera más propicia para encarar la cuestión de Cachemira, la principal fuente de conflicto.

T.V. Paul is Professor of International Relations at McGill University and the author of The Warrior State: Pakistan in the Contemporary World. Traducción: Esteban Flamini.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *