Vendedores de niebla

Quien busque en internet la palabra dulcamara encontrará que es una planta milagrosa (además de venenosa). Va bien contra la neumonía, la bronquitis, el catarro intestinal, la ictericia, las enfermedades venéreas, la celulitis, la gota, el reuma, las mialgias, las contracturas, los esguinces, la hipertensión, las morenas del culo, las lavativas, todo tipo de afecciones cutáneas, las picaduras y un etcétera que se nos comería la página donde por fortuna no figuran los pies planos pero sí, faltaría más, los tratamientos oncológicos (en fase de estudio, claro). Ahora bien, todo esto no quita a la dulcamara su poder narcótico y la capacidad de producir vómitos, diarreas, espasmos, convulsiones y colapso cardiorespiratorio.

Donizetti debía bautizar por picardía con el nombre de Dulcamara a su famoso charlatán de feria de El exilir de amor, que en la famosa ópera engaña al pobre Nemorino enamorado y le vende una botella de vino que hace pasar por un elixir infalible. Nemorino consigue su objetivo amoroso, pero no gracias al elixir como cree sino por el efecto de los movimientos del corazón y de una muy oportuna e inesperada herencia.

EL VENDEDOR caradura queda en evidencia como estafador. Pues bien, es obligado constatar, no sin pesar, que el pulso de los ilustrados contra los tipos como Dulcamara (y contra la estúpida credulidad humana) está muy lejos de ser ganado. Es de temer que la razón se encuentre no vencida pero sí en retroceso.

Vivimos en un mundo de embaucadores a los que no importa la verdad sino la manipulación a favor de su propia notoriedad. No venden elixir, sino niebla, esa condensación que difumina los contornos, impide orientarse e incluso observar los objetos y los obstáculos que se encuentran delante de las narices. Comprender el mundo y a uno mismo siempre ha sido la asignatura más difícil. Pero en nuestro tiempo, en el que hay más saber disponible que nunca, la confusión voluntaria tiende a contaminar y enmascarar el conocimiento con una multiplicidad inédita de subterfugios.

NO CULPAMOS solo a la red, que se lleva una buena parte, ni a la profecía de Vico (que no tiene ninguna) sobre la edad caótica que, según él, debía llegar después de la democrática. Cada vez más, los medios de comunicación, incluso los más serios, dedican una atención indiscriminada, acrítica y preferente a este tipo de charlatanes globales. En su afán por impactar con novedades, los medios proporcionan alas a los charlatanes del mundo, estimulan su aparición y ayudan a hacer aquél más caótico.

Uno de los últimos predica que el corazón dictamina con neuronas. Todo el mundo pica, sin tener en cuenta que el cerebro humano se dedica básicamente a lo mismo que el de otros mamíferos: a hacer funcionar los pulmones, el hígado (sede de las emociones en la Grecia clásica), los riñones, producir reacciones y estímulos para favorecer la supervivencia. ¿Acaso las hienas y los gorilas no tienen un corazón con regulación fina?

QUE EL CORAZÓN bombee es menos complicado que captar el mundo exterior con los ojos y confeccionar imágenes útiles. El ojo es una extensión del cerebro, pero no piensa. ¿Y las neuronas del corazón? ¡Tampoco! Pero se trata de intoxicar: “Pensad con el corazón, dejad que mande sobre el cerebro, ¡muera la razón a manos del corazón tan sabio!”, dicen.

Así se esconden los debates serios, como el de Crick sobre la inexistencia física del alma o los provocados por el grupo de neuronas (¡del cerebro!) que se encargan del discernimiento moral mostrado por Damasio. Esto para los sabios. Que no pase de ahí. Que nadie se entere, porque el caos podría salir perjudicado en un mundo ordenado por el saber. Que el corazón tiene razones que la razón desconoce ya lo expresó Pascal, pero el intento de convertir la metáfora en verdad es de una grosería intelectual indescriptible.

OTRO SEMBRADOR de niebla, más execrable y pernicioso, es un colega periodista y escritor del británico The Guardian que se ha propuesto incrementar la niebla del mundo a base de acusar o extender la sospecha de que está en manos de psicópatas. Nada más absurdo, pero con tal de que parezca verosímil la tontería no tiene ningún escrúpulo a la hora de acusar de psicópatas incluso a los máximos especialistas que se ocupan de estudiar y describir la psicopatía (en general, a la humanidad entera).

Así, el periodista ya célebre ayuda a ocultar la verdad sobre la crisis, que se debe a la avidez y la desregulación, a base de identificar o aproximar la insaciable sed humana de riqueza y poder con la psicopatía. Todo a punto para que los incautos acaben el silogismo de pacotilla: todos los poderosos son psicópatas. Pura diarrea verbal, aderezada con recortes de verdades y sentencias más o menos plausibles que no tienen nada que ver con la tesis falsa y engañosa que se difunde.

La salvación de los diarios frente a la red se encuentra en la seriedad, en la capacidad de ser referentes coherentes y fiables.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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