Vendedores de odio

Quizás ustedes lo hayan experimentado, pero allí donde se instala un mercadillo, el resultado inmediato que provoca es la seducción. Es una invitación a hacer vida social y no se tiene en cuenta que los artículos que se exponen para su venta no son nada del otro mundo. Ropa, calzado, huevos, embutidos, salazones, bollería, frutas y verduras, y toda clase de baratijas permiten pasar unos momentos de solaz. En este tipo de mercadillos ambulantes nadie espera encontrar un chollo de alta gama, o sea, un Rembrandt ni por supuesto un traje de Armani o un vestido de Pedro del Hierro; de manera que exceptuando la falsa moneda de las imitaciones, el resto es comprar, manosear y matar el ocio.

Por raro que parezca, y a modo de novedad vanguardista, se acaba de incorporar una nueva especie de mercancía ambulante y sus precursores han debutado a lo grande. Son los vendedores de odio, y han iniciado su actividad nada menos que en Bruselas. No crean que han ido a competir con las famosas coles que guardan su origen en los Países Bajos; nada de eso. Estos minoristas, con sus bastones de mando y en número de 200, se han presentado en la Grand Place de la capital belga dispuestos a vender la inquina que sienten por España.

Se trata de alcaldes independentistas con denominación de origen, o sea, la marca Cataluña al servicio de esa causa con nulo reconocimiento por parte de la Unión Europea. Pero ellos persiguen a toda costa mostrarse como los mejores odiadores de España, y nada mejor que hacerlo junto al huido expresidente y los cuatro exconsejeros exiliados en una épica demostración de ridícula exaltación antieuropea.

Ahora bien, como todo género expuesto en mercadillo, esta exposición de odio -que nada tiene que ver con los excelentes productos gastronómicos catalanes y españoles- tiene un coste, y es razonable suponer quién o quienes han pagado tan pintoresco concurso. A decir de unos, cada alcalde ha sufragado los gastos de su bolsillo; sin embargo, a decir de otros, lo han cargado al ayuntamiento de turno por considerar que se trata de un acto institucional en representación del municipio que encarnan. Y es que la pela es la pela y la carne se vuelve trémula.

Uno está acostumbrado al mercadillo al uso, ya saben, lugar de encuentro con el voceador capaz de vender igual planes de pensiones a un euro que pantalones cortos o largos, pamelas que boinas, gambas de Huelva que sábanas bajeras, o sandalias que aceitunas de Campo Real. Y todo ello amenizado con el vendedor de CDs con música de Manolo Escobar y su famosa Y viva España para darle mayor empaque a la cosa, lo cual convierte el escenario en un lugar de lo más festivo, seductor y variopinto apto para todos los públicos y condición.

Ahora bien, volviendo al meollo del asunto; ya saben, el de salir por los pueblos y capitales de la Unión Europea a vender odio hacia España como producto estrella sin garantías higiénicas ni de legalidad, me parece una sandez, por mucho que el sol se ponga en Flandes. En fin, menos mal que la cosa se aparta del buen gusto que tienen los mercadillos tradicionales, ya sean estos ambulantes, permanentes, medievales o navideños, porque en ninguno de ellos, por suerte, jamás encontrará nadie a vendedores de odio de esa guisa.

Juan José Vijuesca es suscriptor de EL ESPAÑOL.

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