Venezuela: dialogar requiere mucho más que dos

La violencia del enfrentamiento entre opositores y gobierno en Venezuela está erosionando la solidez del régimen bolivariano y la adhesión de las fuerzas armadas. El desenlace de la crisis tendrá consecuencias en toda la región, fundamentalmente en Cuba y Colombia.

El comienzo del diálogo entre el gobierno y la oposición en Venezuela abre una pequeña ventana de esperanza para resolver la aguda polarización política que se tornó violenta en febrero. Detrás están las demandas de la oposición y aquellas, más amplias, referidas a la preocupante situación de la economía y la seguridad ciudadana. Pero si bien el inicio de las conversaciones es positivo, hace falta mucho más para transformar una serie de discursos en un campo organizado de debate y acuerdo político. Con el objetivo de desactivar la confrontación que registra el país en el momento en que se escribe este artículo (a mediados de abril), con el resultado hasta la fecha de 41 personas muertas, las partes deberán convencerse mutuamente de que sus intenciones son serias y, especialmente, de que las alternativas siempre serán peores. Caso contrario, tanto el gobierno como la oposición se fragmentarán y aquellos sectores que favorecen la confrontación dominarán la escena.

El diálogo político no puede quedarse en la coyuntura. Para evitar que nuevos e inevitables conflictos se tornen violentos, es indispensable reconstruir la credibilidad perdida en las instituciones públicas, desarmar de inmediato a los “colectivos” e incorporar a la oposición y a la sociedad civil en las decisiones. Para alcanzar estas metas, Venezuela necesita además una comunidad internacional activa y honestamente comprometida en rescatarla de un colapso que tendría repercusiones nefastas en toda la región.

El diálogo comenzó con la presentación de los cuatro puntos que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) considera más apremiantes: una ley de amnistia, la formación de una comisión de la verdad, la restauración de la independencia de los poderes públicos y el desarme de los colectivos. El presidente, Nicolás Maduro, se presentó esta vez más dialogante. Fue sin duda una necesaria válvula de escape. Pero es aún frágil, no todos se sienten representados y los consensos internos de un lado y del otro todavía son precarios.

La estructura de las conversaciones es aún confusa o simplemente no existe. No se conoce hasta ahora cuál es la agenda que propone el gobierno, y en sus intentos previos ha sido aparente su intención de solo escuchar pero no arriesgar lo que considera que ganó en las elecciones. El problema de fondo es que mientras más ceda el gobierno en, por ejemplo, la independencia de poderes, más expuesto estará incluso dentro de su propia coalición.

Los liderazgos en la oposición y el movimiento estudiantil

Henrique Capriles se erigió con claridad como el líder de la oposición a través de primarias internas y durante las elecciones presidenciales de 2013. La MUD, por su parte, hizo un esfuerzo sin precedentes para presentar una plataforma programática sólida y llegar más allá de sus bastiones tradicionales. Sin embargo, la crisis iniciada el 12 de febrero ha afectado gravemente ese liderazgo y esa coherencia.

Las primeras manifestaciones callejeras emergieron tras la decisión de algunos sectores, aglutinados alrededor del liderazgo de Leopoldo López y María Corina Machado, que formaron un movimiento denominado “La Salida”, término que se prestó a equívocas interpretaciones sobre si lo que se buscaba era un cambio de política o un cambio de régimen político.

La reacción desproporcionada del gobierno terminó por fortalecer a los sectores más radicales de la oposición. Las ingentes violaciones de los derechos humanos y la intolerancia restaron credibilidad al discurso más moderado de Capriles. La crisis reveló además los límites de la MUD, creada como una coalición de diversos partidos y movimientos con fines esencialmente electorales, pero que no se había proyectado todavía como una alianza política para los tiempos, más duros, de hacer oposición.

La llama que prendió la protesta estuvo relacionada con los ataques contra estudiantes y la impunidad de dichos ataques. La inmensa mayoría de los manifestantes, o al menos los que han sido más constantes y activos, provienen de varias universidades. Su plataforma rechaza frontalmente, al menos por ahora, que en una mesa de diálogo se negocie la libertad de sus compañeros.

Los chavistas curiosamente tienen poca incidencia en el movimiento estudiantil, incluso en universidades públicas. Al mismo tiempo, los estudiantes han dejado claro que, si bien algunos de sus líderes militan en grupos opositores, su fuerza se deriva de una plataforma distinta. Sin embargo, lo que constituye su fuerza es quizá su principal debilidad, pues los somete a los rigores de la unanimidad.

¿Qué hubiera hecho el comandante?

Identificar cuál era la posición del gobierno de Hugo Chávez sobre cualquier asunto importante fue siempre complicado. La sucesión después de su muerte agudizó el secretismo. Chávez designó a Maduro como sucesor, dejando probablemente a otros aspirantes al cargo con la expectativa de retener tanto poder como fuera posible, al tener que aceptar la subordinación al exdirigente sindical y exministro de Relaciones Exteriores. Sin embargo, parece claro que Maduro es un primus inter pares, un coordinador con cierto poder sobre las distintas facciones e intereses que sostienen al gobierno. Su poder reside en el interés de los demás de mantenerlo como líder.

La desmedida represión contra las marchas de los últimos tres meses va de hecho a contrapelo de las estrategias utilizadas por Chávez para lidiar con la oposición. El comandante prefería mecanismos más sutiles. El cercenamiento de las libertades civiles, en especial la invasión deliberada de los medios de comunicación, se llevó a cabo argumentando poderes legales. En algunas ocasiones, Chávez prefirió dejar que las marchas se produjeran para luego tomar represalias indirectas contra quienes las habían promovido. Los efectos de las muertes y la violencia en las calles han sido graves para la estabilidad del gobierno, aunque por ahora aparente ser un bloque sólido. De igual manera, es un misterio si la situación ha afectado la anteriormente firme adhesión de las fuerzas armadas al régimen bolivariano.

La cooptación de los mandos militares fue eficaz, y es dudoso que se produzca un golpe militar en el corto plazo. Sin embargo, cuando el propio Maduro anunció la detención de tres generales de la aviación argumentando que participaban en actividades de conspiración, abrió de nuevo los interrogantes sobre las bases de la unidad de los militares. Información no oficial ha revelado que el número de oficiales militares detenidos o que están escondidos como consecuencia de estos hechos sería mucho mayor.

Los actores internacionales

La crisis venezolana tiene consecuencias directas en la estabilidad de la región y podría reconfigurar, en un sentido o en el opuesto, el balance estratégico de América Latina y el Caribe. En tiempos en los que se respiran nuevos vientos de guerra fría en Europa y Asia, no hay que menospreciar la importancia de la crisis política más importante del hemisferio occidental.

La situación de Venezuela requiere del concurso de actores externos para facilitar una solución pacífica. La extrema polarización, y la consecuente falta de confianza mutua, inhabilita o hace muy difícil un proceso exclusivamente doméstico. Sin embargo, hasta el momento la respuesta de quienes podrían influir en los actores de este conflicto es tímida y se ve afectada por intereses coyunturales.

El primer país afectado por el desenlace de la crisis venezolana es Cuba. Su alianza política e ideológica con el régimen bolivariano es estrecha, expresada además en el petróleo entregado a La Habana. Esto ha permitido a los hermanos Castro solventar las necesidades energéticas de la isla. A cambio, Cuba ha ayudado al régimen con experiencia y recursos humanos, incluyendo doctores, ingenieros, profesores y asesores políticos y de inteligencia.

Es difícil, sin embargo, calibrar la solidez de la relación actual entre La Habana y Caracas, y una escalada en las turbulencias políticas abre interrogantes sobre su sostenibilidad. La dependencia de Cuba del petróleo venezolano es tan crítica, y traumática la experiencia de la isla en los tiempos de escasez que siguieron a la caída de la Unión Soviética, que probablemente Cuba desempeñe un papel paradójicamente estabilizador a largo plazo. Su modesta apertura económica, su participación activa facilitando las conversaciones de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucinarias de Colombia (FARC) y el gobierno colombiano, y algunos tímidos pero eficaces acercamientos prácticos con el gobierno de Barack Obama son elementos a tener en cuenta en la futura posición de Cuba y su relación, y consejos, a Maduro.

En esta ecuación juega naturalmente Estados Unidos, pues una flexibilización, o mejor aún el término del embargo sobre Cuba, permitiría una actitud más positiva y menos defensiva de los cubanos con relación a lo que ocurra en Venezuela. Washington ha sido insistente en cuestionar el gobierno de Maduro, respuesta comprensible tras años de confrontación verbal con Caracas. Hasta ahora, EE UU había decidido ignorar a Venezuela y bajar el tono de la confrontación. Esta actitud podría no ser sostenible a medio plazo, al considerar la proximidad de Venezuela con Rusia y China y los efectos de este conflicto en los aliados de Washington. Por el momento, EE UU ha decidido incidir sobre otros países a través de una diplomacia silenciosa.

El otro actor importante es Brasil. Más allá de las afinidades, Brasilia podría estar más preocupado y ansioso de lo que aparenta. Las intenciones iniciales de bloquear cualquier debate en la Organización de Estados Americanos (OEA) en relación a Venezuela dieron paso a discretos pero intensos contactos bilaterales en los que la presidencia brasileña aparentemente tomó el liderazgo sobre la diplomacia profesional de Itama­raty, sede del ministerio de Asun­tos Exteriores de Brasil. El expresidente Luiz Inácio Lula da Silva ha llegado a proponer un gobier­no de unidad nacional, lo que es anatema para Maduro y sus partidarios.

Del contexto en el que se desarrolló la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) en Santiago de Chile el pasado marzo puede deducirse que Brasil presionó a Caracas para lograr una salida negociada, pero al mismo tiempo los brasileños han dejado claro que el gobierno de Maduro es legítimo y que en América Latina no se debe permitir un cambio de régimen desde la protesta callejera. Las enormes deudas acumuladas por Venezuela con importantes consorcios empresariales brasileños pueden ser también un factor a la hora de definir el mensaje que se quiere dejar en el palacio de Miraflores.

Una víctima indirecta de la crisis venezolana es su vecina Colombia, especialmente por el papel venezolano en las conversaciones de paz que se llevan a cabo en La Habana, cuestión clave para las intenciones reeleccionistas del presidente colombiano, Juan Manuel Santos. Las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) podrían considerar que si el régimen de Maduro colapsa, no tendrían garantías para seguir adelante. De ahí la activa presencia de Colombia en la misión de Unasur y la extrema prudencia en sus declaraciones.

El reto más importante para Unasur

El fracaso de la OEA como garante de la Carta Democrática Interamericana acentúa el progresivo reemplazo del interamericanismo por un regionalismo más reducido. Unasur representa esa alternativa, aunque sus limitaciones son todavía grandes.

Un momento crítico, y que puso a prueba la eventual eficacia de su misión moderadora o facilitadora, se vivió con la inicial insistencia del gobierno de Venezuela para que la misión solo se reuniera con autoridades oficiales. Esto llevó a algunos países a cancelar su participacion en la visita y a la abierta solicitud de algunos otros de incluir a la oposición, los estudiantes y otros actores en las reuniones. Finalmente el gobierno cedió, lo que salvó la misión del desastre.

Pero lo más complejo está por llegar. Por ahora, tres cancilleres (los de Brasil, Ecuador y Colombia) representan a los demás como testigos de los diálogos. Pero esta estructura no es sostenible en el medio plazo y no está claro si podrán hacer algo más que escuchar los innumerables y largos discursos de las partes, y ser mudos acompañantes de cualquier desenlance. Unasur tiene una presidencia rotatoria y una secretaría que depende, ahora, de un connotado representante del chavismo. Carece además de procedimientos y mecanismos que, como los de las Naciones Unidas o incluso los de la OEA, puedan monitorear y verificar el cumplimiento de los acuerdos o ayudar a la formulación de alternativas para las partes.

La participación de El Vaticano es importante en este contexto. Surgió de una petición expresa del gobierno y la aceptación de la MUD. Pero el propio Vaticano ha sido claro al señalar que primero hay que definir qué se quiere buscar con el diálogo, y luego precisar qué tipo de ayuda pueden brindar. Esta demanda sensata choca con una realidad difícil, pues el gobierno venezolano no parece tener mayor interés en definir los objetivos del diálogo, y la oposición tiene dificultad para ponerse de acuerdo en cómo interpretar su propia participación.

Una cuestión fundamental, mientras tanto, es que Venezuela extienda una invitación abierta a los relatores y grupos de trabajo del Consejo de Derechos Humanos, hasta ahora impedidos a pisar Caracas. Luego será conveniente pensar en un asesor especial de la ONU que haga patente el peso de la organización y que permita, por ejemplo, las consultas y el diálogo con actores distantes pero importantes, como China.

Mirando hacia adelante

La buena noticia es que las partes han iniciado un proceso de conversaciones y que, ese mero hecho, los fuerza a moderar sus discursos. Sin embargo, la falta de estructura y las debilidades internas de cada lado auguran un proceso lento y complejo. Ante estas dificultades, la comunidad internacional –especialmente los países con incidencia sobre el proceso– deben ir más allá del simple y mudo testimonio. Es necesario presionar a ambas partes para adoptar una agenda, ofrecer sus servicios como facilitadores y mediadores y supervisar los avances de las conversaciones.

Al prefigurar el tipo de transición política que deberá afrontar Venezuela, primero hay que resolver el conflicto y evitar la reiteración de la violencia de estos últimos meses. Sería un error pensar que la crisis cesará solo con el transcurrir del tiempo.

Javier Ciurlizza. Program Director, Latin America, Crisis Group.

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