Venezuela, el verbo y la cuchara

Podemos cambiar el momento angular de una partícula al hacerlo el espín de su gemelo en la distancia, pero no podemos doblar una cuchara con mirarla. Para cambiar las cosas se necesita cierto embarre, aplicar la fuerza en función de la resistencia. También en política. En democracia los votantes ejercen su poder cuando salen en millones a votar y menean a sus líderes pero ¿qué hacer cuando un grupo de hombres se hace con las armas y se atornilla al poder?, ¿cómo sustituir a un tirano dispuesto a todo por seguir en el poder? La actual revolución venezolana nos pone ante este dilema; liderada por hombres preparados y valientes, inspirada en la resistencia pacífica de Ghandi y la primavera árabe, su guión 2.0 tiene un problema: ninguna estructura de poder levantada con las fórmulas del comunismo militar ha sido derribada desde abajo, incluso la formidable resistencia polaca del sindicato Solidaridad tuvo que esperar a que Gorbachov enderezase un vulgar pulgar, ¡el espín!, para poder celebrar las elecciones libres que el comunismo perdió en Varsovia.

En cualquier conflicto se utiliza la información como un arma más, la distribución de noticias y la construcción de un relato convincente son parte de la guerra, pero siempre han sido un complemento, un bastidor sobre el que apoyar los cañones, sumar adeptos, y ganar el cielo, pues los que pelean siempre aspiran a la razón moral. Un guion es estrategia para la acción, y puede incluso pretenderse profecía autocumplida, pero hay un principio general que no escapa siquiera a las fake news, y es aquel que dice que el relato debe suceder a los hechos, pues suele mentirse sobre aquello que supuestamente ha pasado.

Lo realmente extraordinario y único en la revolución en curso es que se pretende que los hechos sucedan al relato sin una toma efectiva del poder. Su inteligente guion, escrito (lo cuenta Cayetana Álvarez de Toledo) por Juan Guaidó y Leopoldo López, es un intento colosal, desesperado y ya veremos si ingenuo de construcción de un mundo paralelo dotado de suficiente entidad como para atrapar, cual agujero negro, la antimateria del universo Maduro en supuesta implosión. Como en una película en reproducción inversa, se nombra nuevo presidente y solo después se pretende remover al tirano previo o se espera que este caiga como causa de la consecuencia. El orden causa efecto se invierte en un magnífico libreto representado por los revolucionarios y que tiene por intención dramática subvertir la realidad por absorción. El formidable casting, de escala planetaria, incluye al hombre más poderoso del planeta.

En una historia simétrica a aquella del rey desnudo, actores y público repiten que Maduro va despojado de sus trajes de mando con la esperanza de que el tirano se desnude así sin más, de que sus generales, presas de la ficción o el cálculo, también le señalen antes de abandonarlo: «¡Maduro va desnudo!». Pero la única desoladora verdad que dijo el tirano a Évole en la infame entrevista fue que él tenía el poder. De eso se trata.

Es cierto que no todo se reduce a lo simbólico. La comunidad internacional ha tomado medidas: bloqueo de cuentas, cerco al tráfico corrupto de petróleo, reconocimiento de nuevos embajadores, etc. Pero esos embajadores lo son de la nada mientras no se establezca un nuevo gobierno. Los intentos de transformar la hermosa ficción de libertad en cosas de este mundo toparon con la frontera fáctica el pasado 23 de febrero, cuando la ayuda humanitaria, que sí o sí pasaría según el guion, fue detenida con facilidad por el ejército de Maduro y sus unidades paramilitares. El pasado 21 de marzo Maduro arrancó otra página al libreto y se cobró un alfil de Guaidó, Roberto Marrero, su jefe de gabinete, detenido, aislado y procesado por terrorismo. Con este manotazo pone a prueba la solidez del guion y la actuación estelar del vaquero Trump, que había advertido de acciones severas, definitivas, si Maduro actuaba contra Guaidó o su entorno. Y es triste que de Marrero no se hable demasiado porque a nadie le conviene. A Maduro, porque lo tiene preso, a Guaidó, porque esta detención le desnuda, a Trump, por su cara y líneas rojas.

Maduro se resiste a ser absorbido por el relato. Lee y observa asustado, estupefacto, pero no lo asume ni se pliega, se queda al margen o como nota al pie (a la patada), vigila que nadie se salga de la línea y suelta aquí y allá picotazos mortales sobre el texto y sus actores con la esperanza de que la troupe se canse y la prensa se aburra y pase página. Maduro ha introducido su propia línea argumental desde el poder y se viene arriba con una operación violenta y sistemática contra el entorno de Guaidó y la Asamblea Nacional ante una comunidad internacional que grita hipócrita «¡contra Maduro sí, pero a la fuerza no!».

Venezuela se sumerge en el caos económico y la crisis la sufren los más débiles. Si la situación se alarga, la esperanza Guaidó puede tornarse en decepción y el régimen le hará responsable de todos los males. Maduro pisa fuerte mientras guioniza la típica historia de David contra Goliat (el malo Trump), un copypaste del guion victimista cubano de gran éxito en la hipócrita cartelera mundial. El tiempo corre a favor del régimen. No se puede pedir a un pueblo hambriento que salga a protestar bajo las balas durante mucho tiempo, Maduro lo sabe y los que defienden el diálogo hacen que no lo saben. Estos supuestos tontos se dividen a partes iguales entre cínicos indiferentes que pretenden mirar para otro lado, ¿Sánchez y AMLO, el Papa Rosa?, y listos cómplices (Zapatero y los [ena]morados de Castro y los rusos y los chinos).

Hay algo hermoso en la perseverancia de los venezolanos, en su coraje, en su negativa a dejar el país en manos de ineptos criminales, pero en su lucha se intuye también el idealismo de quien cree en el triunfo inexorable del bien por obra de Dios o de los hombres. Debemos decidir si traicionamos su optimismo con respecto a los hombres. En cuanto a Dios, él sabrá.

No nos engañemos, no nos dejemos engañar, no les engañemos. Tras años de purga e inseminación ideológica Chávez y Maduro han conformado un ejército de parte contra el resto. El dinero de la corrupción compra generales y la inteligencia cubana vigila y conspira y hace difícil la disidencia. Ante el buenismo de muchos hay que recordar que la guerra fría sigue caliente en Cuba, que el gobierno venezolano lleva años aplicando la receta de Fidel, que es la del KGB soviético y la Stassi de la Alemania Democrática, y que la historia demuestra que estas construcciones de poder vertical no se derriban desde abajo. A los que se oponen a la guerra hay que recordarles que ya hay una guerra de Maduro contra su pueblo, que hay asesinatos, torturas, y millones de desplazados. A quienes espanta que EEUU participe en la operación contra Maduro hay que preguntarles si el rechazo de Cuba o la URSS a Pinochet hacía bueno a ese tirano, y a los que no quieren intervención extranjera hay que recordarles que Venezuela es desde hace años un país intervenido por Cuba. Cuando Chávez tomó el poder en 1999 exclamó: «Llegó el momento Fidel, Cuba y Venezuela vamos juntos en la construcción de un solo proyecto, de una sola patria». Y en 2005, el entonces vicepresidente cubano, Carlos Lage, dijo en Caracas que Venezuela tenía dos presidentes, Hugo Chávez y Fidel Castro. Se especuló con formalizar la colonización en un engendro Cubazuela y la propuesta de reforma constitucional que impulsó Chávez incluía ese concepto grannacional.

La fuerza y la debilidad de la revolución Guaidó residen en esa voluntad de tirar a un tirano comunista sin tirar un tiro. La resistencia pacífica genera amplios consensos y simpatías, pero es insuficiente frente a un poder corrupto y asesino. Incluso el Papa Rosa ha reprochado a Maduro en su carta de enero el incumplimiento de los pocos acuerdos alcanzados en negociaciones previas, que Maduro utiliza para dividir la oposición y ganar tiempo. Hablemos claro. La comunidad internacional deberá dejarse de eufemismos y pedir abiertamente a los venezolanos que se sometan al vampirismo de la garrapata Maduro si nadie quiere mancharse las manos ni tocar al bicho. ¡Es vuestro problema! ¡No nos importa! ¡Dialogad con vuestro rojo Pinochet! Y si nos importa, incluso si creemos que en el principio era el verbo, debemos saber como adultos que somos simples mortales. Alguien tendrá que doblar la cuchara.

Ginés Górriz es empresario.

2 comentarios


  1. Me parece acertado el análisis, a pesar de las Criticas del Palangrista Fernando Mires al mismo. Mires es descaradamente el Rafael Poleo de Capriles y el Galeano del #ChavizmoAzul comandado por Acción Democrática, UNT, PJ y VP

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  2. Dentro de todo este análisis hierve una brutal realidad: la mayoría de los venezolanos estamos conscientes de hacer valer nuestros derechos constitucionales, aún a costa nuestras vidas, Guaido es solo una hoja del bosque, nosotros somos la selva completa y vamos a transformar la realidad. Como proceso social histórico tiene su propio desarrollo político, militar y analítico.

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