Venezuela es el patio trasero de los antioccidentales

Cuando un mandatario emprende una gira internacional, su objetivo supremo es lograr acuerdos que permitan ensanchar las oportunidades de progreso para sus ciudadanos. Al menos este es el común de un gobernante que concibe el poder como un instrumento, emanado del mandato popular, para la generación de bienestar social.

Pero cuando se trata de un gobernante de espaldas a la Constitución y a la voluntad ciudadana, es decir, de un dictador, la razón fundamental de una gira es otra. Un dictador busca construir alianzas. Alianzas que le permitan continuar gobernando de forma despótica, sometiendo a un país a sus designios y sus ansias de poder.

Ese es precisamente el caso de Nicolás Maduro, un dictador que no ha sido reconocido por más de 60 países y que carece de respaldo nacional e internacional. Maduro ha sido aislado por las principales democracias del mundo por violar los derechos humanos y erosionar el sistema democrático venezolano.

Así es como Maduro, frente al cerco internacional de Occidente, ha buscado refugio en otras latitudes, aliándose con países antidemocráticos y antioccidentales. Hace una semana encabezó una gira internacional por Turquía, Argelia, Irán, Kuwait, Catar y Azerbaiyán. Todos ellos, destinos que comparten un horizonte en común: el desprecio por la democracia.

Son países donde no existe división de poderes, ni respeto por los derechos humanos, ni mucho menos elecciones libres, directas y secretas.

Los gobernantes de estas naciones fungen como emperadores modernos y manejan la hacienda pública como si tratara de su propia billetera, persiguiendo a todo aquel que les exija rendir cuentas. Son dictadores que, al igual que Maduro, desprecian las leyes, el Estado de derecho y la democracia.

Pero esto no es todo. En paralelo, Maduro ha ordenado a su vicepresidenta Delcy Rodríguez que viaje a Rusia para ofrecerle su solidaridad al genocida Vladímir Putin, que no ha tenido escrúpulos para derramar la sangre inocente del pueblo ucraniano en una guerra sin precedentes en este siglo.

De tal forma que Maduro, frente al aislamiento internacional, lo que ha hecho es girar sobre un mismo eje antidemocrático y antioccidental, demostrando que no está dispuesto a abandonar a sus aliados totalitarios para acoger los principios de Occidente.

Esta gira del dictador Maduro alberga diversos enigmas que es importante analizar.

El primero es que la gira tiene lugar en el contexto de la Cumbre de las Américas. Una reunión a la cual Maduro no fue invitado por ser considerado un dictador.

Mientras en la Cumbre de las Américas la región sellaba un compromiso por la renovación de la democracia y la defensa de los derechos humanos, el dictador venezolano se burlaba en las narices de los líderes latinoamericanos, retratándose con dictadores y violadores de esos mismos derechos humanos. La escenografía ponía de relieve el verdadero debate, que no es otro que la lucha entre quienes defienden los valores occidentales y los que, como Maduro, pretenden destruirlos.

Por otro lado, entre los elementos más herméticos de la gira de Maduro destacan los convenios firmados. Se anunció la firma de un acuerdo para la construcción de una central tecnológica de la mano de Irán, perosin especificar detalles sobre los recursos que se invertirán, los aportes de cada nación, los fines del proyecto y las instituciones involucradas.

La escueta información proporcionada incrementa las dudas razonables sobre estos acuerdos. Sobre todo cuando detrás está un país como Irán. Hay que recordar que Irán ejerce desde hace tiempo una influencia desmedida en la Fuerza Armada venezolana, impartiendo cursos en áreas como la de los ciberataques y trabajando en el prototipo de un sistema de avión no tripulado artillado (equipado con misiles).

El último cabo suelto del recorrido internacional de Maduro es el escándalo que explotó en Argentina cuando un avión venezolano-iraní aterrizó en Buenos Aires.

Justo cuando Maduro estaba en Teherán, detuvieron en el Aeropuerto de Ezeiza una aeronave venezolana que contaba con una tripulación conformada por catorce venezolanos y cinco iraníes. Al menos uno de los iraníes estaría estrechamente vinculado con grupos que patrocinan el terrorismo.

La justicia argentina ha descubierto pruebas fehacientes que no descartan la posibilidad de que este avión haya llegado a Argentina con insumos para la planificación de un atentado terrorista. Se trata de un gran escándalo que ha revolucionado a la opinión pública en Argentina.

Lo lamentable es que el gobierno de Alberto Fernández, en lugar de asumir esto como un asunto que pone en riesgo la seguridad de los argentinos, lo ha banalizado hasta el punto de normalizar el hecho de que iraníes con conexiones terroristas viajen en un avión que pertenece a una aerolínea sancionada por traficar con armas.

Lo importante en el caso de Argentina es que la región está asumiendo algo que venimos advirtiendo desde hace mucho tiempo. La alianza de Maduro con regímenes como el de Irán es una amenaza no sólo para los venezolanos, sino para toda la región. Maduro permite que estos países antioccidentales utilicen a Venezuela como su patio trasero para el cumplimiento de sus agendas geopolíticas.

Por eso vemos cómo iraníes vinculados con el terrorismo vuelan en aviones venezolanos.

Por eso vemos también cómo los rusos trasladan drones a la frontera con Colombia para espiar las comunicaciones de su ejército.

Por eso presenciamos cómo China vende tecnología de espionaje a Maduro para consolidar su asedio sobre la sociedad civil.

Y por eso vemos cómo los servicios de inteligencia cubanos se despliegan a lo largo y ancho del territorio venezolano.

Todo esto conforma un complejo andamiaje donde Venezuela se convierte en una ficha en un tablero de ajedrez internacional que persigue un claro objetivo: romper la democracia de Occidente.

La mirada de las democracias no puede seguir siendo neutral frente a un proyecto de esta envergadura. No podemos ver un conflicto de esta naturaleza con unos binoculares ideológicos y de manera que, en lugar de ir a la yugular del problema, que no es otra que la lucha por la supervivencia de los valores occidentales, nos desenfoquemos en debates estériles de izquierda y derecha.

La lucha no es entre una ideología u otra. La lucha tiene que ser para que esa esencia democrática que caracteriza a Occidente siga rigiendo nuestra vida.

Julio Borges es diputado y expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, y coordinador del partido venezolano Primero Justicia.

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