Verano caliente y otoño tórrido

No creo que muchos discutan que el mayor acontecimiento ocurrido en la política española de los últimos años haya sido la irrupción de dos nuevos partidos muy distintos entre sí pero con un rasgo común: representan un abierto desafío a los dos partidos tradicionales que se alternaban en el poder sin que nadie se atreviera a disputárselo. PP y PSOE vivían y actuaban como si el Gobierno de la nación les perteneciese y tal vez fue ese exceso de confianza lo que permitió a los dos nuevos en la plaza emerger con fuerza inesperada. Aunque sin duda la gran crisis de 2008, como el descubrirse los escándalos de corrupción que ambos albergaban también influyeron. No es que tal corrupción no se conociera. Desde que un ministro de Hacienda dijo que España era el país donde más fácilmente podía hacerse uno rico, sin detallar cómo, y una ministra de Cultura nos saliera con que el dinero público no era de nadie, nadie parecía muy preocupado porque ese dinero tomara las de Villadiego. Tal vez quien más y quien menos tenía la esperanza de que un familiar, un conocido o su partido llegase al poder municipal, autonómico o nacional, para que le tocara la pedrea de ese dinero sin dueño.

La crisis económica, con el empobrecimiento general que representó, cambió radicalmente esta actitud. Y el descubrimiento de que miles de millones de euros públicos se habían escamoteado provocó una indignación contra los dos grandes partidos, encubridores, cuando no propiciadores del expolio. Los grandes beneficiados fueron los dos nuevos partidos, que emergían limpios, impolutos, como ángeles vengadores de tantas injusticias. Lo aprovechó especialmente el que más gritaba, más denunciaba, más castigos exigía, Podemos. También Ciudadanos alzaba la voz y pedía castigar a los corruptos con toda la fuerza de la ley, pero que fuera un partido de ámbito catalán, aunque opuesto al secesionismo, no le permitió salir con tanta fuerza.

Desde el primer momento se apreció un paralelismo entre ellos; si Podemos era una versión más joven, más limpia, más radical del PSOE, Ciudadanos era la del PP. Una apreciación que no hizo más que acentuarse, mientras la política española entraba en una montaña rusa de acontecimientos vertiginosos: pérdida del poder del PSOE, mayoría absoluta del PP, pérdida de la mayoría absoluta del PP y un Podemos pisando los talones al PSOE, que perderá aún más votos en las siguientes elecciones, mientras el PP avanza un poco, pero ve crecer a Ciudadanos y tiene que pedirle ayuda para mantenerse en el poder. Un intento de desalojarle con una moción de censura presentada por Podemos fracasa por la parálisis de un PSOE descabezado que le hace abstenerse. La vuelta de Pedro Sánchez a su Secretaría General le reanima, como el entero escenario, que vuelve a incendiarse.

Pero ya no es lo mismo. No se puede vivir tanto tiempo en continua tensión y, además, conocemos mejor a los actores del drama. En estos momentos se aprecia como un realineamiento de fuerzas: por un lado, PSOE y Podemos, que preparan planes conjuntos para dar un giro hacia la izquierda de la política nacional e internacional española. Por el otro, PP y Ciudadanos dispuestos a mantener las líneas generales seguidas hasta ahora, con retoques de carácter social, que Ciudadanos exige. A primera vista, parece como si se volviera a la vieja dualidad izquierda-derecha, con Podemos y PSOE aliados contra Ciudadanos y PP. Hay bastante de eso, pero hay más, mucho más. Empezando por la pugna dentro de esas alianzas. Podemos y PSOE mantienen una batalla sorda –algunos dirían «a muerte»– por el liderato de la izquierda, como Ciudadanos y el PP la mantienen por la del centro-derecha. O sea, son aliados y, al mismo tiempo, rivales.

En esta pugna, quien lo tiene más crudo es Pedro Sánchez, que siente el aliento de Pablo Iglesias en la nuca, sabiendo que su intención es deglutirlo, como hizo con Izquierda Unida, para medirse luego en solitario con Rajoy. El plan de Sánchez es el mismo, pero al revés: recuperar, con un programa de izquierdas, los votantes que se le han ido a Podemos y desde esa plataforma, volver al centro-izquierda que ha dado a su partido más años de gobierno que nadie. Los riesgos de esa estrategia están a la vista: al girar a la izquierda, Sánchez corre el peligro de «podemizarse», un reproche que ya le hacen desde los cuarteles más tradicionales de su partido, aunque, eso sí, en voz baja, pues están traumatizados por su vuelta. A lo que hay que añadir que, a izquierdista, nunca ganará a Iglesias. Que haya empezado a caer en las encuestas tras la euforia de su renombramiento es mala señal. A poco que se haya equivocado en sus cálculos, en vez de en La Moncloa, se encontrará de nuevo en la calle.

Mariano Rajoy lo tiene bastante mejor. De entrada, no corre peligro de que Rivera le supere en la carrera por la presidencia. Mientras Albert Rivera sí que tiene que tener miedo de que, por un lado, le acusen de ser la muleta del PP y, por el otro, le reprochen no apoyarle lo suficiente en las tareas de gobierno. Aparte de que nadar entre dos aguas nunca ha sido apreciado entre los españoles. Se es de esto o de lo otro y quien se queda en medio es un pusilánime o un oportunista.

Pero lo más curioso de este nuevo escenario es que, bajo esa alineación de dos contra dos, hay otra no menos feroz de tres contra uno; PSOE, Podemos y Ciudadanos van a hacer la vida imposible a Rajoy, dentro cada uno de sus posibilidades y estrategia. Podemos, guerra abierta en todo momento y lugar. PSOE, en todos los asuntos políticos, económicos, sociales, culturales, excepto si Cataluña decide irse al monte. Ciudadanos, intentando marcar la diferencia, pero teniendo cuidado de no aparecer como el aguafiestas.

Quiere ello decir que no nos vamos a aburrir este verano, ni en otoño, ni en invierno. Choques, emboscadas, escaramuzas se sucederán con geometría variable de contendientes y resultados. El final, sin embargo, dependerá, más que de ellos, de la economía. De mantener su ritmo de crecimiento y si la clase media ve alejarse el peligro de perder el estatuto –piso, coche, seguridad social–, será difícil que cambie el inquilino de La Moncloa. Sobre todo, conociendo mucho mejor a los «no ya tan nuevos en la plaza» y sus referencias, especialmente las del más beligerante, Iglesias. No se trata de elegir entre el mal conocido y el bien por conocer, sino entre el mal conocido y otro peor. Algo que, sobre todo Sánchez y Rivera, debieran tener en cuenta. Aunque el suicidio político es el único legal.

Lo ideal sería un pleno bipartidismo, con Ciudadanos como ala liberal de los conservadores y Podemos como ala radical de los progresistas. Pero a España le faltan todavía cien años para esa democracia.

José María Carrascal, periodista.

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