Verdades a la carta, barra libre

Es larga la tradición de que por estas fechas analistas, gurús y todo tipo de adivinos a la violeta hagan sus predicciones sobre lo que podemos esperar del año que viene. Rara vez aciertan, pero hasta hace unos años no importaba demasiado. El mundo era bastante previsible, los cambios políticos más o menos suaves, las fluctuaciones económicas asumibles, las turbulencias tolerables. Sin embargo, desde que cambiamos de siglo el futuro ya no es lo que era. ¿Qué brillante analista, qué inspirado gurú o taumatúrgico profeta podría haber imaginado, por ejemplo, que en el siglo XXI volveríamos a las guerras de religión, nada menos que a moros contra cristianos? ¿O quién podría haber predicho que tendríamos a un caudillo nacionalista y autoritario al frente del país más poderoso de la Tierra? ¿Y que –a pesar de que millones de personas del Tercer Mundo han accedido a la clase media– en el Primer Mundo dicha clase tendría la percepción de que estaba empobreciéndose, por no decir proletarizándose? Percepción, he aquí una de las soluciones a tan raros enigmas. Si el futuro ya no es lo que era, tampoco lo es la Verdad tal como la entendíamos antes porque lo que ahora importa no es la realidad, sino las apariencias, las sensaciones, las emociones.

En un mundo hiperconectado y con una auténtica sobredosis de información, las opiniones y el criterio se han democratizado hasta tal punto que vale tanto (o más) lo que dice un bloguero que lo que dice un premio Nobel, un tuit que un editorial de The New York Times. Trump –que, por cierto, tenía en su contra a todos los periódicos más influyentes y atribuye su victoria a las redes– es sin duda el mejor ejemplo del menguante valor de la verdad. Según FactCheck, empresa que se ocupa de medir las mentiras que dicen los candidatos en los debates presidenciales, el 73 por ciento de lo que dijo en su campaña el futuro presidente de los Estados Unidos era falso. Entre otras, había trolas tan fácilmente desmontables como que Barack Obama es musulmán. O inverosímiles como que el presidente de México se dedica personalmente a fletar delincuentes y asesinos a los Estados Unidos. O sonrojantes como asegurar que él estaba en contra de la guerra de Irak, cuando todas las hemerotecas atestiguan lo contrario. Nadie como Trump ha sabido manejar eso que ahora llaman la postverdad. Es decir, aseverar cosas que «suenan» reales pero no tienen base alguna en los hechos. Falsas verdades que, sin embargo, conectan con lo que ciertas gentes quieren oír, de modo que sirven para reforzar sus creencias en temas sobre los que no se atreven a manifestarse abiertamente por miedo a la incorrección política. Una cierta xenofobia, por ejemplo, un odio de clase o de género, un resentimiento –bastante justificado, por cierto– contra el sistema.

La postverdad no es nueva ni patrimonio de sociedades democráticas o producto de las redes sociales. En regímenes autoritarios se ha utilizado siempre y es imbatible a la hora de desviar la atención de los errores cometidos por sus líderes. Valerse del espantajo del enemigo exterior o del fantasma de la patria en peligro ha dado impagables réditos políticos tanto a autócratas inteligentes, como Castro o Putin, como a torpes y necios tipo Nicolás Maduro. Pero no hacen falta ejemplos tan deplorables ni extremos, la postverdad está por todas partes. Aquí en España crece y florece en Cataluña. ¿Cómo se explica si no que personas inteligentes e ilustradas lleguen a creerse, no ya que la independencia de Cataluña es el bálsamo de Fierabrás que solucionará todos sus problemas de un plumazo, sino otras postverdades del todo inverosímiles? Asombroso es, por ejemplo, que a sus intelectuales de cabecera no se les mude la color al afirmar con toda rotundidad y fanfarria que Fernando el Católico era catalán de pura cepa, así como Santa Teresa de Jesús, Cervantes, Cristóbal Colón, Erasmo de Rotterdam y hasta Leonardo Da Vinci. Puestos a inventar, mejor hacerlo a lo grande, porque las mentiras de estos líderes no están destinadas a convencer a aquellos a los que sus votantes identifican con el sistema, la clase política y todos sus defectos y corrupciones; están destinadas –como apuntaba The Economist en un reciente editorial– a reforzar prejuicios, a ofrecer coartada a instintos muy primarios. Por eso hoy lo que importa no son los hechos, son los sentimientos. Y cuanto más se dedique el contrario a vocear la inconsistencia de sus postulados, más reforzará el victimismo de los adalides de la postverdad y el valor de sus mentiras. Así ocurrió, por ejemplo, con el referéndum del Brexit en el Reino Unido.

Conforme más intentaban los partidarios de permanecer en la Unión Europea desmentir la «noticia» de que pertenecer a ella costaba al Reino Unido 350 millones de libras semanales, más presencia tenía dicha cifra en todos los medios de comunicación. Así es como funciona una postverdad, dio igual que el dato mencionado fuera rotundamente falso. Lo único que importaba era que la cifra se repitiera mucho. En el siglo XX se decía, atribuyendo su autoría a Goebbels, que una mentira mil veces repetida acaba convirtiéndose en una verdad. En el siglo XXI, en cambio, ya no hace falta discernir siquiera entre verdad y mentira. En un mundo relativista, la verdad es a la carta, cada cual elige lo que quiere creer. En realidad, todos sabemos qué es verdad y qué no (me niego a creer que nos hayamos vuelto idiotas de un golpe), pero da igual. Mientras refuerce nuestra conveniencia –o nuestros peores instintos–, jugamos a que lo que dicen es verdad. Y quién sabe, tal vez tarde o temprano acabe siéndolo como en una profecía autocumplida. Porque, como bien apunta esa otra premisa postmoderna que comenzó siendo boutade pero ahora ya no lo es tanto, si la realidad no se ajusta a mis deseos, peor para la realidad.

Y lo grave del caso es que funciona.

Carmen Posadas, escritora.

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