Verdades

En tiempos de ‘posverdades’, me parece que prefiero hablar de verdades, así en plural. Miraré de elaborar algunas. Es verdad lo que decía Timothy Garton Ash el otro día en el CCCB (no en vano venía con motivo del Día Orwell). Sus reflexiones (léase alertas) sobre la libertad de expresión en todo el mundo son acertadísimas en un mundo con unas posibilidades vastísimas de acceso a la información pero donde es más necesario que nunca dilucidar al servicio de quién está antes de aceptarla como verdadera. Y claro, como en tantas otras cosas, la libertad en los medios está íntimamente ligada a los recursos económicos. Decía Garton Ash a propósito de ‘The Guardian’, el periódico inglés donde escribe quincenalmente desde hace más de 15 años: “un antiguo editor decía que ‘la opinión es libre, pero los hechos son sagrados’; ahora en cambio hacemos la broma que ‘opinar es gratis, pero los hechos son caros’”. Nótese que Garton Ash dijo en inglés “comment is free but facts are sacred” y que este free tiene el doble significado de libre y gratuito. Así que las verdades son, ya de entrada, complejas.

Como también recordaba el historiador inglés, las respuestas simples a problemas complejos (no podemos decir verdades, en este caso), son las que llevan a los populismos. Añado una sensación incómoda y creciente, la de que vivimos en unas burbujas informativas inmensas y a menudo incomunicadas, que construyen verdades a medida para cada comunidad, pero con pocas zonas de intersección. La complejidad requiere tiempo y recursos para ser explicada, y ahora los medios piden inmediatez y recortes.

Es verdad que todos nos equivocamos. Por eso necesitamos tener siempre gente al lado que nos retenga, aunque sea en el último momento, antes de despeñarnos montaña abajo sin remedio. Los buenos periodistas también lo saben, y por eso los de ‘The New York Times’ han salido en defensa de sus compañeros correctores, los ‘copy editors’, a los que la dirección ejecutiva del diario pretende reducir a la mitad (estamos hablando de 100 a 50, vale la pena remarcarlo, que las cifras de un diario como aquel son palabras mayores). Estos correctores (también podríamos decir editores) no sólo corrigen el texto gramaticalmente, sino que unifican estilos y hacen de ‘fact-checkers’, un anglicismo que resume el trabajo de los que lo comprueban todo: desde cuántos habitantes tiene el pueblo tal a en qué año se murió el escritor cual.

Los redactores y un montón de trabajadores más del diario (hasta 450 de una plantilla total de 1.300) se pasearon hace unos días por la redacción y las calles de los alrededores durante 20 minutos con unos carteles con frases mal escritas como “We kneed [need] are [our] editors. They make os look smart “(Necesitamos nuestros correctores. Nos hacen parecer inteligentes). Veremos como acaba este conflicto, que rebasa el ámbito de las reclamaciones laborales para abogar por un mejor ejercicio de la profesión y que, por cierto, el mismo diario ha recogido en la sección de Media.

Es verdad que la revolución digital ha provocado unos cambios en el mundo de la edición que seguramente no estamos ni en condiciones de prever. Pensad en voluminosos diccionarios, enciclopedias en fascículos, máquinas de escribir pesadas… ahora condensado todo ello en un móvil, una tableta o un ordenador. Añoro aquel programa de televisión que se llamaba ‘El tiempo es oro’, con las prisas de los concursantes y el sonido frenético de pasar las páginas mientras buscaban un dato o una fecha, pero ciertamente ahora sería otra cosa.

En principio, todos los cambios tecnológicos son para bien, para hacer mejor lo que ya hacíamos pero… ¿recordáis los ‘copy editors’ del ‘The New York Times’? Hacer una buena información y basar la opinión en una buena información es, además de caro, lento. Y los digitales se afanan por ser los primeros en utilizar la información –con patinazos históricos sobre famosos a los que se mata antes de hora– o juegos absurdos para obtener clicks. Todo esto es ruido, a menudo distorsión, y no información. Ep, que aquí también tenemos buenos profesionales en el mundo de la edición, que hacen que la información no se sirva cruda, sino cocida, porque los hechos son condición necesaria pero no suficiente para una buena información. Así que no me resisto a clamar por un buen periodismo en papel (en la versión digital del papel, si queréis), con todas las ventajas del acceso a la información que Internet permite.

Aprovechando que es verano y que muchos de nosotros tal vez podamos encontrar algo más de tiempo, atrevámonos a construir verdades con nuestras lecturas. Y, puestos a pedir, si es en un medio de papel y de pago, mejor.

Núria Iceta, editora de L’Avenç.

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