Vertebrando España por Santiago

A José Ortega y Gasset, hijo de un siglo XIX marcado por revoluciones, guerras y cambios incesantes de fronteras, y testigo directo del capítulo final de la caída del Imperio español en 1898, le preocupaba, para las naciones, pero, sobre todo, para España, la manera en la que estas podían articularse, y reconocerse, en eso que él llamaba un proyecto en común. Si no había un proyecto común, efectivo, que movilizase las energías vitales y las fuerzas motrices del individuo, y de la sociedad, entonces, ¿para qué seguir juntos?

Ortega, adelantado de la posmodernidad, nuestro tiempo de ahora, había muy pronto renunciado a ese tipo de grandes teleologías, hegelianismos y auto indagaciones heideggerianas que imponían una Teoría del Todo a los asuntos humanos, o una metafísica solipsista de un Ser-ahí que no se terminaba de ver en parte alguna, hasta que llegó el Tercer Reich. Ortega miraba hacia Europa, objetivo de su generación y que intuía como la solución parcial o temporal de España, el ansiado proyecto y emblema común vertebrador que entonces no puedo ser.

Hoy el mito europeo palidece, y parece que se nos está deshilachando, tironeado por un grupo de populistas prepotentes y por otro de enanos insolidarios, pues qué es una Casa Común que ni siquiera tiene una Caja en Común. Así, en el plano simbólico de unión y encuentro de personas nos quedan los erasmus, y, entre otras cosas, el Camino de Santiago, que es parte de ese mito europeo de lo común.

El itinerario europeo del Camino de Santiago es, en España, un símbolo vital compartido por todos, y que suscita inmediata adhesión y simpatía. ¿Por qué es así? Adelanto algunas conjeturas. El Camino de Santiago no es de los poderosos, ni de la Iglesia siquiera, que sólo le hace caso cierto cuando toca Jacobeo, ni de las grandes ciudades capitales que rivalizan a titulares entre sí, ni de los políticos.

El Camino es de todos, y vive sobre todo gracias a la solidaridad de la gente, y por el trabajo de las Asociaciones de Amigos del Camino. Así, el Camino atraviesa pequeñas ciudades y pueblos, que no tienen pendencias con nadie, y recorre casi toda la geografía nacional, de costa a costa, y en todos los sentidos, y está un poco al margen de todo eso que hoy nos cansa y abruma. El Camino no ocupa lugar ni entre las noticias urgentes y desagradables con las que se abren los telediarios, ni entre las hooliganescas y competitivas con las que se cierran.

El Camino de Santiago es, de suyo, muy democrático, muy libertario, y se adapta al bolsillo de todos, incluso al del que tiene muy poco. Pues el caminante o el peregrino, ya puesto sobre la ruta, pierde enseguida su condición social, o de clase, o profesional, o de casta, como se dice ahora, pues la ruta impone una tábula rasa donde todos son, en el esfuerzo compartido, por unos días, casi iguales, metáfora de la Ciudad del Sol de Campanella. El camino es también, en este tiempo de ruptura intergeneracional y donde la trasmisión del saber se ha quebrado, un lugar exquisito y relajado de encuentro para jóvenes, viejos y maduros, un espacio natural, no forzado, para trasmitir experiencias entre grupos de edades diversos. Pues el Camino cae bien a todos, y funciona como una caja de juegos reunidos donde todos se pueden sentar a la mesa, porque todos van a encontrar algo que les satisface, y que los anima en el esfuerzo de seguir adelante.

Desde el punto de vista de las ideas y las creencias, el Camino de Santiago hoy es tolerante, plural y aconfesional. Cada uno lo hace por su razón especial, espiritual de amplio espectro, o social, o por ninguna, ya se sea devoto creyente o ateo, hippy o budista, o lo que se tercie, pues en esto que tiene que ver con la mística personal el peregrino tal vez responde con aquello de no se sabe, no contesta. El Camino se puede hacer en soledad o en compañía, con familia o sin ella. Con ganas de ligar, o con ganas de buscar el retiro y la comunión con la naturaleza. Se puede buscar la historia, el arte, el paisaje o la gastronomía, da igual. En realidad, el Camino de Santiago incorpora una componente anti-ritualista propia, de descubrimiento personal e individual, y hasta antisistema y milenarista si me apuran, en cuanto procedimiento para apartarse de la vida cotidiana y ponerse en otro lado.

En esta línea, el Camino de Santiago va a contracorriente de nuestro tiempo en cuanto que pregona y vindica, sin uno a veces saberlo, la idea de desconexión, de no cobertura, y hasta el movimiento slow, y la idea de decrecimiento feliz. «No corras, ve despacio», parece decirnos. «Desconecta. El mundo está vigilado, regulado, filmado: ¡huye!» Así, el camino es una vindicación de los espacios de silencio, de oscuridad y refugio. El Camino hace prevalecer la idea de intensidad frente a la idea de cantidad.

El Camino sugiere también una idea de mejora, ejemplarizante, modélica, pero al tiempo muy personal, muy ácrata, y eso es casi una provocación, una novedad en una sociedad vulgar, consumista, y sin capacidad de sacrificio. Y en cuanto que, por su simplicidad, es accesible al bolsillo de todos, el Camino de Santiago permite el empoderamiento de los más débiles, que encuentran, al menos por unos días, un lugar en el mundo, al tiempo que favorece la microeconomía de los pequeños pueblos y aldeas, que encuentran aquí su sustento.

En definitiva, el Camino de Santiago, bajo las estrellas, es también la paráfrasis de un viaje, antiguo y moderno, celta, pagano, romano, cristiano, lo que uno quiera, un viaje de retorno, de búsqueda y de aventura, una de las escasas sagas épicas, hispanas, y europeas, que todos podemos compartir, sin mala conciencia. Y es aquí donde hoy cumple su función vertebradora de España, como lo fue repobladora hace mil años.

Y por esto, y volviendo a Ortega, el Camino de Santiago es hoy uno de los escasos relatos fundacionales que desempeñan el papel de unificadores sociales, económicos, históricos, y de agregadores de las dispersas voluntades colectivas peninsulares. Y esto el Camino lo hace a la chita callando, tal y como lo expresaba san Juan de la Cruz cuando recogía un viejo refrán castellano, pues «cuanto más se procura, menos se alcanza», y eso vale para el camino de uno, y para el Camino de todos.

José Tono Martínez, escritor.

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