Vértigos telúricos

Ha estallado un volcán en la isla canaria de La Palma y el Partido Comunista recobra fuerza en Rusia: el pasado, parece, se pone de moda. ¡Vivir es ver volver, que decía Azorín! Pero resulta evidente que estos dos acontecimientos pertenecen a órdenes temporales distintos: una cosa es el tiempo histórico de la vida social y otra el tiempo profundo de los episodios geológicos. Cuando contemplamos fascinados -pronto nos aburriremos- la erupción volcánica en la pantalla del televisor, asistimos a una irrupción del tiempo profundo del planeta en el tiempo superficial de la historia humana; vislumbramos, por un momento, el violento pasado de la Tierra. Se trata de un acontecimiento natural y a la vez excepcional; por fortuna, las erupciones volcánicas de gran magnitud son infrecuentes. Aunque suceder, suceden. Y cuando lo hacen, ese animal significamentoso que es el ser humano se pregunta por el sentido que puedan tener. O mejor: por el que podamos atribuirle.

Vértigos telúricosVaya por delante que un volcán no dice nada, absolutamente nada: solo ruge de manera atronadora, ensayando una banda sonora para el fin del mundo que poco tiene que ver con las melodías hollywoodenses. Asunto distinto es que, no hablándonos eso que llamamos naturaleza, nosotros la hagamos hablar; la vieja función del chamán siempre ha sido mediar entre lo visible y lo invisible. Sería tentador deducir entonces que no somos más que ventrílocuos que tapan con sus voces el bramido del volcán. Ya decía Kant que cuando el ser humano se encuentra frente a un suceso abrumador -recordemos el impacto del terremoto de Lisboa a mitad del XVIII- es incapaz de dar sentido inmediato a su experiencia. Aunque la erupción de un volcán parecería pertenecer al "sublime terrorífico", el carácter moderado del episodio canario parece más bien apuntar hacia ese "sublime magnífico" que combina el horror con la belleza. En todo caso, si Burke había escrito que "todo lo que es de algún modo terrible (...) produce la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir", Kant añadirá que somos nosotros los que damos sentido -mediante la reflexión- al acontecimiento sublime. Y en ésas andamos.

Dicho esto, preguntarse por los significados que puedan extraerse de un fenómeno geológico tan vistoso resulta inevitable: es la posición del ser humano en el mundo la que se pone sobre la mesa cuando la geología interviene en la conversación. En el mundo relativamente confortable de la modernidad, los accidentes telúricos no han sido desconocidos. Hablamos así estos días de los volcanes "históricos", que coinciden con los registros escritos o han sido identificados por la ciencia moderna: el Toba de Indonesia, que estuvo a punto acabar con la emergente especie humana hace 75.000 años, el Krakatoa o el Tambora, así como ese Vesubio que ha alimentado la imaginación occidental desde que Plinio el Joven relatara la destrucción de Pompeya. Fue precisamente en las ruinas de esta ciudad romana donde el personaje interpretado por Ingrid Bergman en Viaggio in Italia, la película del gran Roberto Rossellini, sufre un ataque de ansiedad mientras observa los esqueletos de dos amantes entrelazados en el suelo pompeyano; apenas cuatro años antes, el propio Rossellini había vivido una erupción volcánica en la isla de Strómboli cuando rodaba, también con la Bergman, una película que lleva el nombre de la isla. En ella podemos ver las imágenes reales de la evacuación de los habitantes del lugar, que contemplan con aprensión desde sus barcas el estallido del volcán y rezan al unísono con la esperanza de que el accidente no asole la isla.

Nuestra época no es tan religiosa; al menos, en apariencia. Eso no significa que sea racionalista, como indican las expresiones de animismo implícitas en quienes buscan descifrar los mensajes de la Madre Naturaleza. Pero si buscamos extraer significados de un accidente geológico, hay que empezar por saber lo que nos dicen las ciencias naturales. Geólogos y vulcanólogos se asoman estos días a los medios de comunicación -como corresponde en una sociedad moderna que divide el trabajo y cultiva la especialización- para explicarnos que la erupción de La Palma posee un moderado índice de explosividad, situado en el 1 o el 2 dentro de una escala que llega hasta el 18. También nos explican que se trata de estallidos previsibles, habida cuenta de la juventud de algunas de las islas del archipiélago: si La Palma emerge del fondo del mar hace 2 millones de años, El Hierro apenas lo hace 800.000 años atrás. Son islas llamadas a seguir creciendo en el futuro lejano, estemos nosotros -la especie humana- aquí para verlo o no. Ante tales cifras, la interpretación del acontecimiento se complica si uno se para a pensar en el abismo que se abre a sus espaldas.

Decía el gran historiador alemán Reinhart Koselleck que el tiempo histórico constituye el espacio de nuestra experiencia y a la vez nos proporciona un horizonte de expectativas. Pero ya se ha dicho que la historia, tal como se vincula a los acontecimientos sociales, no es el único orden temporal que nos afecta; desde luego, no es aquel al que pertenecen las erupciones volcánicas o los movimientos sísmicos. En los dominios del tiempo profundo, el protagonista es el planeta; la escala temporal nos sobrepasa por completo. Sin embargo, aunque tendamos a olvidarlo, vivimos simultáneamente en el tiempo superficial de la historia y en el tiempo profundo del planeta. Este último fue "descubierto" a finales del siglo XVIII e influyó en la teoría de la selección natural de Darwin, desbaratando cualquier pretensión de excepcionalidad antropocéntrica: no solo compartimos un ancestro común con el mono, sino que además somos una simple anécdota en la larguísima trayectoria de la Tierra. ¡Menudo negocio!

Asoma una verdad temible: en ningún sitio está escrito que los movimientos telúricos más destructivos pertenezcan forzosamente al pasado planetario. Que hayamos disfrutado de un periodo geológico -el Holoceno- relativamente benigno nada nos dice acerca de su continuidad en el futuro; lo que hoy es comparativamente inofensivo bien podría ser catastrófico algún día. ¿Acaso no aguardan en California el gran terremoto que algún día se los llevará por delante? La historia geológica da cuenta de un planeta marcado por episodios convulsos y violentos: glaciaciones, extinciones masivas, impacto de asteroides. Se ha dicho que ya vivimos después de la extinción: hasta seis grandes extinciones se han identificado en el pasado remoto del planeta. Para el filósofo Nigel Clark, es constitutivo de nuestra humanidad que estamos expuestos a ser suprimidos por los accidentes que tienen lugar en este planeta, hagamos lo que hagamos en él. Si el cambio climático antropogénico nos convierte en protagonistas del drama planetario, los episodios telúricos cortan en seco nuestra aspiración al estrellato.

Así que vivimos después de la extinción y también antes de la misma: no solo acabarán nuestras vidas, sino que algún día también desaparecerán la especie e incluso el planeta mismo. Ante semejante panorama, unos se pegan un tiro, otros fundan una secta y aún los hay que se van de fiesta hasta caer redondos sobre una cama de agua. Naturalmente, la mayoría hace como si nada y sigue viviendo como puede. Pero si alguna enseñanza valiosa puede extraerse de la erupción de La Palma, que acaso nos llama más la atención por tratarse de nuestro volcán y no de uno "extranjero" como ese Etna que también parece animarse estos días, es el recordatorio de que somos 'criaturas terrenales' que solo pueden sobrevivir -no digamos prosperar- bajo las condiciones ambientales correctas. Y si ante un volcán apenas podemos hacer otra cosa que defendernos, no está de más prestar atención a la necesidad de asegurar que el planeta sigue siendo un hábitat confortable para la especie humana: si los ríos de lava que descienden hacia el mar en La Palma tienen que servir para algo, que sirvan para llamar la atención sobre esa inaplazable tarea colectiva.

Manuel Arias Maldonado es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Su último libro es Abecedario democrático (Turner, 2021).

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