Vía de tercera

La tercera vía es un deseo voluntarioso que no logra convertirse en una propuesta política concreta, y en esa misma medida tampoco aparece como una alternativa realizable. Sencillamente porque, como se ha demostrado estos últimos días, la primera vía y la segunda se niegan a encontrarse en un punto intermedio que acabaría con su razón de ser. De manera que el devenir previsible para Catalunya ofrece dos posibilidades: o el rápido e irreversible desgarro entre la dinámica soberanista y el constitucionalismo, o la perpetuación de un empate infinito entre un soberanismo incapaz de llevar hasta sus últimas consecuencias la estrategia de ruptura con España y la impasibilidad del poder central.

La cuestión tiene que ver con la génesis de la quiebra de confianza en las posibilidades de incardinar el futuro del autogobierno catalán en el Estado constitucional. Desde el punto de vista del relato histórico parece evidente que la crisis estalló con la sentencia del TC sobre el Estatut previamente refrendado. Pero sería erróneo suponer que el problema sigue estando ahí y que sería suficiente con corregirlo para restablecer la comunicación y la convivencia entre la mayoría política catalana y el resto de España. En realidad la indignación que produjo el veredicto del tribunal en amplios sectores de la sociedad catalana sumó adeptos a un independentismo que en los sondeos de opinión había eclosionado ya con anterioridad. Pero sobre todo han sido los acontecimientos posteriores los que han dejado muy atrás aquella grave colisión institucional y frustración política.

La tercera vía tendría sentido hoy si se tratase de devolver a Catalunya, mediante una actualización constitucional a la medida, la merma que para el desarrollo y ampliación de su autogobierno supusieron el recorte del TC sobre el Estatut e incluso el “cepillado” –en palabras de Alfonso Guerra– que el proyecto surgido del Parlament padeció a manos de la comisión Constitucional del Congreso. Pero hace cuando menos un año, coincidiendo con la Diada del 2012, que las aguas del soberanismo desbordaron los cauces imaginables de una hipotética reforma constitucional. Conviene recordar que la bilateralidad pretendida por el proyecto inicial de Estatut no alcanzó a reclamar un pacto fiscal que pudiese homologar la financiación autónoma de Catalunya con el concierto vasco y el convenio navarro. Hoy ese pacto fiscal constituye si acaso la reserva vindicativa a la que remiten las asociaciones empresariales, tan deseosas como escépticas de que la tercera vía salga a flote en medio de la tempestad.

Es posible que, en el fondo, hasta los promotores de la tercera vía esperen que el pulso entre la primera y la segunda derive en el empate infinito. Sin duda confían en que la energía soberanista no dé como para arrastrar a la Catalunya institucional a su desenganche definitivo respecto al Estado constitucional, mientras observan cómo la tensión generada por el soberanismo va poco a poco restando razones a las fuerzas de la recentralización, cuando menos a medida que se disipan las angustias por atajar el déficit público. Con el transcurso del tiempo la hipótesis de una marcha atrás en el terreno autonómico tiende a desvanecerse como opción disuasoria ante un eventual proceso de reforma constitucional. Si acaso cobra enteros la asimetría entre aquellas comunidades que estarían dispuestas incluso a ceder competencias y responsabilidades a favor del poder central por un lado y las que, en sentido contrario, ambicionan un autogobierno cualitativamente más soberano. De modo que la tercería vía, como deseo genérico de moderación, tendría sus expectativas cifradas en la maduración de condiciones que desbaraten la pulsión recentralizadora como oportunidad y como argumento añadido para que el soberanismo institucional se avenga a volver sobre sus pasos.

En otras palabras, la tercera vía se abrirá paso siempre a cuenta de las otras dos y si los acontecimientos no se precipitan mientras tanto. Su momento no es hoy sino dentro de un año por lo menos. De ahí también que los más soberanistas traten de acelerar la marcha. Pero junto a la necesidad de que el tiempo del empate infinito acabe dando la razón a la tercera vía, es imprescindible que esta se postule de forma nítida, con siglas y apellidos, ante las próximas convocatorias electorales. Mientras tanto seguirá siendo una vía de tercera. Porque en tanto circule evanescente como la opción de quienes no se atreven a arriesgarse en ningún empeño ni siquiera podrá jugar al ventajismo de que soberanistas y centralistas se vengan abajo agotados en su mutuo desafío.

Kepa Aulestia

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