Viaje a la Galicia interior

Los viajeros salimos en silencio de Santiago. A los 20 minutos, todos hablaban con todo el mundo. Dos adolescentes que subieron ya en ruta se decían: «Ni me llamó ni nada después de bailar toda la noche y de dejarle hacer lo que le dio la gana». «Van a lo suyo y si te he visto no me acuerdo». «La verdad es que yo también me lo pasé de rechupete». «A nadie le amarga un dulce».

De entre la niebla emergían las espadañas de las iglesias. Los árboles de los bordes de la carretera y la niebla hacían que el autobús pareciera una flecha cruzando por las rendijas de una selva densa e impenetrable. De tiempo en tiempo, se veía la cima de algún monte que sacaba la cabeza al sol.

Las hojas ocres de las viñas, de los abedules, de los robles y de los nogales llenaban de morriña todos los rincones. Toneladas de manzanas en el suelo de las huertas que rodean las casas. «La gente compra la fruta al ambulante que viene un día sí y un día no, y deja pudrir sus manzanas». «El oficio de labrador siempre estuvo tan desprestigiado que, aún hoy, a mucha gente le parece que recoger las manzanas, las castañas, las nueces es de pobres. Comprarlas da prestigio». «Si las cosas siguen así, muchos no tendrán otro remedio que volver a abrazar este humilde oficio». «Y entonces no se dirá desertores del arado sino ratas supervivientes del hedor de las cloacas».

«Yo no soy de aquí pero me bajo para comprar pan», dijo un viajero llegando a Cea, célebre por su pan y cercana al monasterio de Osera, el Escorial gallego. Por su acento, el viajero no era gallego. «Ni siquiera debe de ser español». «Cara de peregrino tampoco tiene». «¿Quién sabe qué anda haciendo? A lo mejor anda, como el raposo, rondando para estudiar el gallinero que quiere asaltar en el momento oportuno». «No tenía mala pinta». «En los tiempos que corren no te puedes fiar».

La niebla levantaba poco a poco. En las aldeas que iban quedando atrás se veían muchas casas con el techo hundido, las puertas caídas, los patios llenos de zarzas. «Los jóvenes se van de los pueblos para vivir en una casa alquilada o pagando una hipoteca y dejan abandonada la casa de los padres». «Dicen que en los pueblos no hay vida». «Quieren vivir al lado de lugares de diversión». Y los matrimonios jóvenes se van a la ciudad para poder enviar a sus hijos a la universidad. «En las aldeas ya sólo quedamos viejos». «Pronto nos quedaremos completamente a oscuras porque no queda nadie que pueda dar la luz».

En muchas aldeas la gente no tiene un lugar donde charlar o jugar las cartas con los vecinos, a no ser en casa de alguno de ellos. Pero las cartas hay que jugarlas en un lugar público para poder discutir y hablar con libertad sin tener que cuidarse de no ofender a nadie. «Los bares y tiendas de las aldeas no deberían pagar impuesto sino recibir subvenciones». Son un servicio indispensable para retener a la gente en el mundo rural.

«¿Es, no es?», se preguntaban los viajeros. En el autobús iba alguien a quien Luar, uno de los programas más longevos y exitosos de la televisión española, hizo más o menos popular. «¿Es usted o no es?», le preguntó el más atrevido después de dudar mucho. «¿Qué usted?», preguntó a su vez el interfecto. «Debo de parecerme mucho. Mucha gente me pregunta si soy él». Los viajeros siguieron confundidos sin saber si sólo era él o si también era el otro. Durante todo el viaje participó poco o nada en las charlas de los demás. «Creo que esta gente tiene muchas más cosas que enseñarme a mi que yo a ellos», me dijo.

De trecho en trecho de la carretera se veían ramos de flores en las cunetas. «¡Dios mío!», exclamó alguien. «Las carreteras son cementerios que dan la vuelta al mundo». “Mi que-en-paz descanse decía: los Gobiernos de hoy no necesitan guerras para controlar la población. Les basta con los coches», dijo una viuda. Pasado Orense, el bus atravesaba las tierras de la Laguna de Antela. «El primer accidente que yo recuerdo fue el de una chica de Loureses y su marido. Iban en moto, se cayeron y ella se mató. Acababan de llegar de la luna de miel». «Aquella muerte penetró en todos los recovecos del mundo como el frío de la nieve o el aire del lobo».

Algunos viajeros se trasladaban a sus aldeas para poder visitar y rendir respetos a sus antepasados. «Ahora quieren cambiar los nombres a las cosas». «El otro día, mi nieto vino a pedirme dinero para una fiesta que iban a celebrar en la escuela». «El mío también. No me quedé con el nombre porque era muy raro». «Esos nombres tan estrambóticos no pueden traer nada bueno». «No entiendo por qué no podemos decir Todos los Santos y Fieles Difuntos». «¡Qué manía con renunciar a lo nuestro!».

Hace 40 años Loureses vivía de las vacas, las ovejas y el cultivo de la tierra: centeno, trigo, patatas, maíz y hortalizas. Los viajes y el transporte se hacían en caballerías. Hoy no hay vacas ni ovejas ni caballerías. A la puerta de cada casa, uno o dos turismos y, de algunas, un viejo tractor. Y sólo se siembra para el consumo propio. Había una escuela unitaria en la que se sentaban 40 o 50 niños. «Ahora, en el centro al que van todos los niños de las 20 aldeas del Ayuntamiento de Os Blancos se sientan 20 niños. Se inauguró en 1982 con 283».

Los pucheros bullían con la fuerza de una vieja máquina de tren a vapor. «Es muy trabajoso. Nos lleva toda la tarde pero vale la pena». La señora de casa estaba haciendo membrillo, cuyo olor lo impregnaba todo. Desde uno de los ventanales de la cocina se veía el Cebreiro. «No es el del Camino de Santiago, es el nuestro, uno de los robledales más importantes del noroeste de Europa». Otras casas me recibieron también en la cocina, al lado del fuego de la vieja lareira o de una moderna chimenea.

La víspera de Todos los Santos, una casa me invitó al magosto. La patrona de la casa atizaba el fuego. «Para que las castañas salgan bien asadas se necesita moverlas con ritmo y regular el fuego con precisión». Éramos unas 30 personas, todas de la familia, llegadas para la ocasión de Madrid, Barcelona, Santiago. Otros viven en la aldea todo el año. «Los de fuera venimos al magosto y a los Fieles».

Cuando estallaba una castaña, decían: «¡Almas benditas!». Era creencia generalizada en Galicia que cuando una castaña estallaba en el fuego, se liberaba un alma que estaba en el purgatorio esperando subir al cielo. «En Galicia es costumbre muy antigua comer castañas la víspera de difuntos. Durante mucho tiempo iban a comerlas al cementerio y en la iglesia».

El 1 de noviembre fuimos a misa. La iglesia estaba llena a reventar. «El cementerio gallego era el jardín de los antepasados en donde las hierbas y las plantas crecían a su antojo. Esto de las flores es una costumbre que trajeron los emigrantes que volvieron». Las cosas han cambiado mucho; ya nada es lo que era.

Manuel Mandianes, antropólogo del CSIC y escritor.