Viaje al corazón de las tinieblas con el prisionero número 43

El horror. Leyendo el espeluznante relato de Javier Espinosa sobre sus 194 días de secuestro a manos del IS (Daula, que es como a ese pretendido estado llaman en Siria) nos adentramos en una pesadilla que retrata mejor que sus macabros vídeos la barbarie a la que nos enfrentamos. Repudiados incluso por Al Qaeda, las huestes del califa Abu Bakr al Baghdadi controlan gran parte de Siria e Irak y han impuesto su dictadura del terror en provincias de Afganistán, Pakistán, Yemen, Egipto, Libia, Argelia e Indonesia. La banda terrorista Boko Haram (Nigeria) le ha jurado lealtad al califato. Catorce años después de que se iniciara la ofensiva contra el «terrorismo internacional», el yihadismo no sólo no ha sido derrotado, sino que tiene más influencia que nunca en los países islámicos y se ha fanatizado hasta límites inimaginables. Javier relata cómo son, cómo actúan y qué pretenden estos despiadados guerreros de Alá.

Viaje al corazón de las tinieblas con el prisionero número 43

No pude parar de leer. Después volví a repasar los folios enviados por Javier Espinosa, parándome en algunos de sus pasajes más estremecedores, imaginándomelo allí, encerrado junto a otros 22 cautivos. No pude evitar que se me pusiera la carne de gallina.

Nosotros aquí, en el periódico, intentando hacer algo, lo que fuera, para que lo liberaran, al habla con Mónica Prieto -su esposa-, siempre fuerte, presintiendo la tragedia durante seis largos meses; él en Siria, intentando no volverse loco, viviendo en vilo cada día, buscando cualquier medio, rezar, jugar a las tres en raya o al ajedrez con figuritas hechas de trozos de cartón de una caja de quesitos… grabando en la pared con una moneda los nombres de Mónica y los de sus hijos Nur y Yeray para mantener un cierto equilibrio, para no sucumbir física y moralmente, a la depravación de unos desquiciados que han hecho de la tortura y el asesinato su brutal camino para alcanzar la santidad.

Cuando, por fin, Javier fue liberado y regresó a Madrid (su fotografía al bajar del avión abriendo los brazos para abrazar a su hijo que se soltó de la mano de su madre para ir corriendo hacia él dio la vuelta al mundo) hablé con él durante unos minutos en mi despacho. Apenas llevaba un mes y medio como director de EL MUNDO, y aquel día me sigue pareciendo uno de los más felices de mi vida. Le pedí que, una vez recuperado, hiciera el esfuerzo de contarnos, de contarle a todo el mundo, su experiencia. «Ahora no puedo», me dijo, «nos han amenazado con matar a uno de los rehenes que aún sigue allí si hablamos a la prensa; para demostrarnos que iban en serio han asesinado con una bala explosiva al ingeniero ruso Nicolaevich Gorbunov».

Javier, que llegó al aeropuerto de Torrejón (Madrid) acompañado por el fotógrafo Ricardo García -compañero de penurias con él y con Marc Marginedas, el reportero de El Periódico que había sido liberado unos días antes- estaba en los huesos, parecía agotado, pero tenía claro lo que debía hacer y yo, por supuesto, acepté sus incontestables argumentos.

Hemos esperado un año. Algunos rehenes fueron liberados; otros, asesinados. Pero ha llegado la hora de contar lo que ocurrió durante seis meses al norte de Siria.

Para los que no conozcan a Javier, les diré que es la antítesis del egocentrismo. El suyo no es un relato macabro que busca mover la fibra sensible del lector. Es el retrato fiel de la depravación a la que puede llevar el fanatismo.

Lo que pretendían sus salvajes carceleros era reproducir cerca de Alepo un centro de reclusión idéntico al instalado por EEUU en Guantánamo. Les vistieron con una camisola anaranjada (hasta copiaron el color de los monos con los que los norteamericanos visten a los detenidos en esa tierra de nadie al este de Cuba) y les pusieron un número. Javier era el preso número 43.

En sus crónicas, Espinosa, que, con intervalos, había estado más de tres años en Siria, había dado testimonio de la guerra desigual entre las tropas de Bashar al Asad y una amalgama de grupos, en un primer momento liderado por el Ejército Libre de Siria (ELS). Nuestro corresponsal había alertado del peligro de que aquel enfrentamiento derivara en una guerra sectaria, en la que los grupos yihadistas más radicales terminarían haciéndose con el mando de la situación.

Incluso dentro de esa facción más extrema terminó produciéndose una sangrienta guerra civil que enfrentó a los fieles a Jabhat al Nusra (JN, filial siria de Al Qaeda) con los milicianos de Daula.

Fue precisamente uno de esos enfrentamientos lo que provocó que los prisioneros tuvieran que ser trasladados desde Alepo a Raqqa (pretendida capital del califato), donde Javier se reencontró con James Foley, después degollado. Aquel traslado supuso uno de los momentos más peligrosos para Javier y sus compañeros.

Pero los países occidentales no vieron venir el peligro de radicalización hasta que fue demasiado tarde. Con el tiempo, Asad no sólo no ha sido derrocado, sino que está siendo apoyado por la coalición internacional que lidera EEUU como baluarte frente al salvajismo que representa Daula.

Sí, hemos ido a peor. Desde hace 14 años en que se iniciaran los ataques contra Afganistán (y después en Irak), el yihadismo, en su vertiente más sanguinaria, ha extendido sus redes por casi todos los países musulmanes.

A Javier y sus compañeros (europeos, estadounidenses, una mujer latinoamericana) los detuvieron simplemente por ser occidentales. Abu Dhar, el guerrillero saudí que les secuestró, no se anduvo por las ramas: «Os odio. Odio a los cristianos».

Poco les importaba que Javier hubiese sido durante mucho tiempo el periodista que denunció en sus artículos la brutal represión a la que sometió Asad a su pueblo.

En realidad, Los Beatles, como bautizó Javier a sus carceleros por su acento, no son creyentes. O, mejor dicho, han encontrado en la yihad la forma de manifestar su atracción por la violencia, su sed de venganza. Acabaron en el IS como podían haber acabado en una banda de atracadores enardecidos con metanfetamina.

Cuando uno lee el reportaje de Javier, se entiende mejor por qué estas hordas han destruido el museo de Mosul o la ciudad de Nimrud. Todo vestigio de cultura les es ajeno.

Les invito a un inolvidable viaje al corazón de las tinieblas.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *