Viaje por la Europa de hoy

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 11/07/08):

“No hay viaje sin que se crucen fronteras políticas, lingüísticas, sociales, psicológicas. Traspasar las fronteras, también amarlas –por cuanto definen una realidad, una individualidad, le dan cuerpo salvándola así de lo indistinto– pero sin idolatrarlas”. Así escribe Claudio Magris, ilustre germanista italiano, cuyo nacimiento en Trieste –hace casi 70 años– explica su sensibilidad por los vaivenes de pueblos, naciones, estados y fronteras que han sacudido Europa durante el último siglo. Magris –autor de El Danubio— acaba de publicar El infinito viajar, recopilación de sus crónicas de viaje aparecidas en Corriere della Sera, con un prefacio en el que condensa sus impresiones de viajero, comenzando por esta: “Muchas cosas se vienen abajo cuando se viaja; certidumbres, valores, sentimientos, expectativas que se van perdiendo por el camino”, sobre todo si se tiene en cuenta que “un lugar no es solo su presente, sino también ese laberinto de tiempos y épocas diferentes que se entrecruzan en un paisaje”, razón por la que todo es relativo.

HOY, ESCRIBE Magris, nos movemos y vivimos dentro de una Edad Media posmoderna, global y sofisticada, que transforma tecnológicamente el mundo a ritmos vertiginosos, pero duda si podrá darle un sentido. No obstante, hay muchos que no advierten este cambio acelerado: “Son solo los Don Quijotes quienes se percatan de que la realidad se cuartea y puede cambiar; los presuntos hombres prácticos, orgullosamente inmunes a los sueños, siempre creen, hasta el día anterior a su caída, que el Muro de Berlín está destinado a durar”. Por eso es aterradoramente lúcida esta estrofa de un cante flamenco: “Qué le pasó no sé yo / a esa hierbabuena, madre / que era buena y se secó…”. Y de ahí que España sea –para nuestro viajero– un país que está viviendo una transformación real y tumultuosa, un crecimiento intenso y quizá demasiado rápido. España es hoy por ello –nos dice– un modelo ejemplar de cuanto está sucediendo en Europa, un lugar en el que resalta con particular evidencia el proceso que en estos años ha cambiado el mundo y las concepciones del mundo, una muestra inquietante y concentrada del cóctel de progreso y desencanto que define nuestra era postmoderna. Lo que no impide a este italiano sabio, sin óbice de la admiración que muestra, apuntar el lado incierto de la transformación española, por “querer desembarazarse no solo del pasado, interrumpiendo la continuidad histórica, sino de las cosas últimas”, lo que da lugar a “la móvil prosa de una secularización acentuada”.

(Permítanme un paréntesis. Escribo estas líneas la madrugada del domingo, 6 de julio –día del chupinazo–, tras informarme por la radio del impulso que los socialistas han dado –en su congreso– a la laicidad del Estado, el aborto y la eutanasia. Si el presidente Rodríguez Zapatero fuera hombre de pensamiento abierto, le pediría que reflexionase; pero como es hombre de certezas, me resigno. Quizá yo no sea más que un triste hombre práctico, inmune a los sueños, que vive en la entelequia de que su mundo va a durar. Fin del paréntesis).

De España, salta Magris a Alemania y, de ahí, a Mitteleuropa, aquel ámbito que es “el resultado del encuentro entre la civilización alemana, que le ha dado cierta unidad de base a su heterogéneo mosaico, y la eslava, que ha enriquecido a la alemana con esa gentileza fabulosa y quimérica que Praga muestra en sus torres y en sus puentes”. En Alemania, destaca el viajero que el nudo secular de la historia alemana es la contradictoria relación entre el patriotismo particularista de cada uno de los estados que componían el fraccionadísimo imperio y la tendencia a la unidad nacional. Una unidad cuya raíz última está más en la cultura que en la visión absolutista del Estado propia de la tradición prusiana. Sin olvidar, además, que junto a la Prusia de Hegel que da vida a esta tradición, “está la Prusia de Kant, cuyo imperativo categórico –nacido en el clima de búsqueda intelectual, tolerancia religiosa y construcción del Estado que caracterizaba a la Prusia del iluminismo– es una ley universal que se eleva sobre cualquier ordenamiento político. La conspiración antihitleriana del 20 de julio de 1944 surge, entre otras cosas, de este ethos prusiano”. El acervo prusiano fue el rigor de una moralidad conservadora que no impidió que Prusia fuese, durante la república de Weimar, el Land con más fidelidad democrática y mayor abertura socialista, según una tradición que ha hecho de Berlín Oeste, también en la posguerra, una de las ciudades menos conservadoras de Alemania.

EL AUTOR constata en Mitteleuropa algo que conoce bien. La presencia viva de memorias seculares. La feroz y lacerante incapacidad de olvidar. La puntillosa memoria, deseosa de vengarse de las derrotas encajadas en la guerra de los treinta años. Cómo una nación oprimida que se endereza desata siempre un nacionalismo agresivo, conculcando a su vez los derechos ajenos. Cómo el clero del lugar es un pugnaz guardián de toda identidad nacional. Y cómo, en fin, se ha desvanecido “la tranquilidad habsbúrgica”. Frente a este cuadro, el viajero carece de recetas. Solo advierte que los pueblos no son eternos y que, en realidad, duran solo algo más que los individuos, por lo que es justo quererlos, pero no, idolatrarlos. En consecuencia, si llega en algún lugar el momento del “desencajamiento”, debería efectuarse con “la irónica y recatada melancolía” que sobrevoló por Praga y Bratislava. A fin de cuentas, habría que saber decir siempre –como escribió Evelyne Pieiller– que “no es el fin del mundo, sino solo de nuestro mundo”.