Víctimas cruentas e incruentas ante los juristas y teólogos

Antonio Beristain es catedrático emérito de Derecho Penal (LA RAZON, 22/01/04).

No se entiende siquiera por qué hablarían de reconciliación cuando ya estaban reconciliados con el criminal al día siguiente del crimen, cuando jamás han pedido cuentas a los asesinos». (V. Jankélévitch, «El perdón», 1999, 76).

Hace pocas fechas leí, con profunda emoción, la trágica nota que don Salvador Ulayar hizo pública acerca del asesinato terrorista de su padre, don Jesús, en Echarri Aranaz, cuando él era niño; así como del vergonzoso nombramiento de hijo predilecto del pueblo al autor del delito. Decidí ponerme en contacto con su familia para trasmitirle mi empatía y brindarle mi apoyo fraternal, como sacerdote jesuita y como jurista. Ahora, ante la noticia de que ayer, en Echarri Aranaz, se celebrará un acto solemne en recuerdo de don Jesús Ulayar y don Francisco Berlanga, con motivo del XXV aniversario del asesinato de ambos, lamento no poder asistir por tener un compromiso académico. Pero deseo, con estas líneas, unirme a todas las personas que participaron en este merecido recuerdo, y manifestar públicamente algo que muchos ciudadanos pensamos, muchos juristas sabemos, y muchos religiosos consideramos necesario hacer ante estas victimaciones. Algo que los cristianos sentimos como grata obligación que nos inculca el Evangelio y la experiencia religiosa personal.

Derecho a indemnizaciones

Como jurista, constato que eminentes personalidades e instituciones del Derecho (especialmente la Asociación Internacional de Derecho penal y su presidente el profesor M. Cherif Bassiouni) coinciden en proclamar cada día con más insistencia: que las macrovíctimas del terrorismo tienen más derechos de los que la sociedad, las autoridades políticas, sociales, culturales e incluso ,quizás, las eclesiásticas les conceden. Concretamente, resumo ahora un argumento que los especialistas desarrollan desde diversas perspectivas: las macrovíctimas del terrorismo tienen derecho a la indemnización económica, médica, psicológica, etcétera, que les reconoce la mayoría de los países democráticos actuales. Pero inteligentes juristas, sociólogos, psicólogos, etcétera, exigen que se promulguen legislaciones mucho más avanzadas, más solidarias y, mejor dicho, más justas. Que, no contentos con mantener las amplias reparaciones ya establecidas, vayamos más adelante y caigamos en la cuenta que las macrovíctimas deben recibir también rehabilitaciones de otro rango superior. Las víctimas son pebeteros ígneos que ,de manera impar, nos dan luz y calor para avanzar en el camino de la libertad, la justicia, la verdad y la fraternidad…, frente al camino del odio, el miedo y la amenaza que fomentan los victimarios y sus cómplices conscientes e inconscientes. Las víctimas activas, que viven y trabajan a favor de la paz, los valores y los prójimos ,como Maximiliam Kolbe (que en agosto de 1941, en Auschwitz, quiso le matasen a él en sustitución de su compañero de cautiverio, el sargento Franciszek Gajowniczek, casado y con hijos), como don Jesús y don Francisco,, además de su inherente dignidad humana, acumulan la nueva suprema dignidad de haber expuesto y dado su vida conscientemente en beneficio de los otros. Si nuestros dos homenajeados, ante los crímenes y las amenazas de los terroristas, no se hubieran comprometido de palabra y de hecho, nadie les habría asesinado. Ellos pusieron en peligro y dieron su vida en favor de los demás, para que nosotros y las generaciones siguientes disfrutemos de una convivencia liberada del totalitarismo terrorista.

Discriminación positiva

La justicia humana, agápica, no retributiva, ni vindicativa, exige que a estas, y similares macrovíctimas, se les reconozca revestidas de una mayor legitimidad axiológica y de una mayor credibilidad en el orden de los diagnósticos políticos y propuestas de solución; que hagamos de su condición personal un estatus social y de su ejercicio un rol y protagonismo moral; que proclamemos «in dubio pro victima»; que éstas merecen nuestra continua discriminación positiva.

Por esto, las Naciones Unidas, en su Resolución sobre «Principios y directrices básicos sobre el derecho de las víctimas de violaciones de las normas internacionales de derechos humanos y del derecho internacional humanitario a interponer recursos y obtener reparaciones», de 18 de enero de 2000, firmada por unanimidad en la Comisión de Derechos Humanos, piden que a las víctimas del terror se les debe erigir monumentos para enaltecer su memoria; que a esas víctimas se les debe homenajear en el aniversario de su victimación. Que a ellas se les debe dedicar todos los años un día señalado: el día de conmemoración de las macrovíctimas.

«Entregar su vida por nosotros»

Permítaseme una reflexión desde mi sacerdocio. Considero muy acertado que se celebrara la Eucaristía ,acción de gracias, por el vivir y el morir de estas dos personas emblemáticas. Son, lo repito, otros san Maximiliam Kolbe. Como él, como el Siervo de Yahveh (capítulos 50 y 51 del profeta Isaías), como Jesucristo, entregaron su vida por nosotros ,no se la quitaron,, por eso merecen ,más que el Buen Samaritano, nuestro sumo reconocimiento y agradecimiento.

Algunas veces, los familiares y amigos de las víctimas directas escuchan con asombro un comentario equivocado: que a ellas (víctimas incruentas por ser familiares y amigos de las víctimas cruentas) el Evangelio les pide perdonar a los asesinos de sus familiares totalmente, tal y como lo hizo Jesús al Buen Ladrón ,«hoy estarás conmigo en el Paraíso», y a la mujer adúltera ,«vete en paz»,. Quienes les dan este consejo tan absoluto tergiversan el Evangelio, confunden dos realidades: el perdón en el paradigma divino y el perdón en las relaciones de los hombres entre sí. El perdón inmediato, gratuito e ilimitado de Jesús pertenece única y exclusivamente al Hijo de Dios, no a los hombres. A quien ha delinquido y causado perjuicios notables si, pudiendo, no los repara (como los reparó Zaqueo), ni nosotros, ni la autoridad podemos, ni debemos, perdonarle de la misma manera ,más allá de todo horizonte, que lo hizo Jesús al buen ladrón y/o a la mujer adúltera. Todavía más, el Evangelio recrimina y niega la absolución a quienes no recomponen todo lo posible el daño producido por el delito, y a quienes fomentan la impunidad para los autores de crímenes como el asesinato u otros similares. Las religiones cristianas nos mandan a todos perdonar siempre… pero nunca saltarnos los límites (como indica la encíclica «Dives in misericordia», de Juan Pablo II).

Así mismo, las grandes religiones condenan a quienes ,en circunstancias normales, encubren a los autores inmediatos y mediatos de delitos graves. También exigen que la autoridad y los ciudadanos cumplamos las leyes democráticas que regulan las respuestas punitivas a los condenados.

Perdón judicial

No fomentan un perdón que implique impunidad, salvo cuando medien motivos y razones extraordinarias, a tenor de la legislación correspondiente, es decir, cuando ya no se trata de impunidad, sino de perdón judicial.

El Papa Juan Pablo II nunca ha pedido a las autoridades públicas que no sancionen, según las leyes, a quien intentó matarle. El Papa le ha perdonado en su interior, pero no con el perdón público ,inmediato, general, sin obligación de reparar, que aparece en los pasajes Evangélicos que suelen citarse.

El jesuita José Mª Tojeira, Rector de la Universidad de El Salvador, cuando comenta los asesinatos de Ellacuría y sus compañeros, concluye tajantemente: «Es necesario declarar la verdad ,aquellas muertes fueron delitos de asesinato, no meros conflictos políticos, y los victimarios deben ser condenados por la autoridad judicial a la pena correspondiente porque la justicia es un elemento clave a la hora de dar la reparación debida a las víctimas»