Víctimas de las grandes mentiras (1)

Este artículo no trata de Jordi Pujol. Hoy no toca, porque hay otras grandes mentiras que se nos han pasado sin apenas una línea. Quizá cada generación creció a la vida envuelta en una gran mentira. La mía, sin ir más lejos, se formó bajo una de las estafas históricas, de la que ahora acaba de cumplirse los cincuenta años, en uno de esos silencios que gustan de mantener los imperios para evitar enseñar sus vergüenzas.

¿Quién no recuerda la guerra de Vietnam, 1964-1975? Pocas guerras de agresión y exterminio han dado tan alta y buena literatura, y películas que marcan con su sello la historia del cine. Pocas también regaron con tanta sangre y destrozo una tierra apenas conocida hasta entonces fuera de los colonos franceses, cuyo imperio daba las últimas boqueadas tras ser derrotado y humillado.

Pero la auténtica guerra de Vietnam, la que habría de durar diez años largos en la más singular pelea entre el ejército más poderoso del mundo, Estados Unidos, y una sociedad agraria y subdesarrollada, dio comienzo oficialmente con un titular que ningún periódico del mundo, entonces llamado occidental, dejó de incluir en primera página siguiendo al pie de la letra la Gran Consigna: “Lanchas norvietnamitas atacan en el golfo de Tonkín a dos destructores de EE.UU.”. Así apareció el 4 de agosto de 1964 en La Vanguardia de Barcelona y no hay variación en ningún diario de España. Consigna de agencia, que se decía entonces. Hoy sabemos que el famoso “incidente del golfo de Tonkín” fue una invención de los servicios norteamericanos, algo que nunca existió.

La verdad es que cualquier lector avispado, por más que no conociera dónde estaba el golfo de Tonkín, ni supiera de la existencia de un país reinventado por las grandes potencias denominado Vietnam del Norte, frente a otro Vietnam, llamado “del Sur”, podía imaginar cómo unas lanchas osaban atacar a dos destructores. Pero lo cierto, es que esto que hoy reconocen los EE.UU., la invención del “incidente” para justificar la intervención, fue uno de los acontecimientos que conmovieron la segunda mitad del siglo XX, que se saldaron con otra derrota más humillante aún que la de Francia. La imagen de la terraza de la embajada de los EE.UU. en Saigón, donde el último helicóptero norteamericano recogía en patética huida los restos del imperio quedará en el imaginario colectivo de mi generación, especialmente de aquellos que aún no habían descubierto la estupidez de que los equipos de fútbol constituían ejércitos desarmados, ni que existía una resistencia silenciosa reducida al ámbito doméstico.

Cuando miro las informaciones sobre Ucrania, entiendo desde la primera lectura que están tratando de engañarme. Bastaría citar la historia del vuelo MH17. ¿Quién derribó el avión? Se han entregado las cajas negras, pero resulta que después de semanas acusando a los denominados “pro-rusos”, que por cierto no disponen ni de aviación ni de balística sofisticada tierra-aire, ahora todo lo cubre la complicidad. Si lo hubieran derribado los rusos, que no tenían el más mínimo interés en el asunto tratándose de un aparato no militar, a estas horas habría investigaciones al más alto nivel. Nada, el silencio. Nadie pregunta nada.

Hombre tan moderado como Ricardo Estarriol, quizá nuestro más veterano experto en el mundo del otro lado de Europa, corresponsal durante décadas de La Vanguardia, ha escrito uno de los artículos más luminosos y brutales sobre lo que ha empezado en Ucrania. Lo tituló “La ambición de los impotentes” y debo reconocer que ningún periodista hispano habría llegado tan lejos: “Todo indica que el statu quo de Ucrania desde 1991 hasta el 2013 no molestaba a Rusia, siempre que Ucrania conociera sus limitaciones. Ha sido la burocracia de Bruselas, así como el Pentágono y la Casa Blanca quienes han forzado las tuercas y ahora nadie sabe cómo apagar el incendio provocado”.

Ucrania es rusa desde el siglo XII y si Jruschov en un acto de gentileza les regaló Crimea, península fundamental en la defensa de Rusia -el país más grande de la tierra, no lo olviden- no era para que al final pasara de tener bases estratégicas rusas a pertenecer a la OTAN. Cabe decir que la OTAN, a la altura del siglo XXI, es la más peligrosa e inútil de las organizaciones militares, y como toda organización preparada para la guerra necesita conflictos para no ser liquidada por obsoleta e innecesaria. Algún día sabremos la participación real, no la propagandística, de la OTAN en el destrozo de la antigua Yugoslavia; porque los criminales de guerra son muy fáciles de detectar pero quienes los provocan no tanto.

Confieso mi perplejidad ante la política exterior norteamericana. No por su crueldad y su cinismo, que ha sido siempre marca de la casa, sino por la mezcla de irresponsabilidad e incompetencia. No es sólo que se mete en el avispero de la “tierra de nadie” que constituía Ucrania, donde figuraba un presidente, Yanukóvich, electo en unas votaciones controladas por inspectores internacionales; una golfería, porque Yanukóvich era un corrupto. Ni más ni menos que los intocables jeques árabes de Arabia Saudí, o los Emiratos o Qatar, dicho sea sin ánimo de ofender a la parroquia cómplice ¡sólo un sponsor! Pero Yanukóvich, el último presidente democrático de Ucrania, es un decir, cometió una ingenuidad, o dos, simultáneas. Primero pidió ayuda a la Unión Europea para que la ayudaran a salir de la crisis a la que había llevado su política de corrupción -ya no había más que robar, como sucedió en España entre el PP, el PSOE y Convergencia y Unió, bajo el marco estelar de una banca corrupta hasta el exceso y que si no fue puesta bajo la justicia del Estado y ni siquiera asumió sus responsabilidades judiciales fue porque entre lo que repartieron a los partidos y a los medios de comunicación (empresas y plumillas) había ya suficiente para que nadie pudiera quejarse a menos de ser suscriptor de hipotecas y de la clase de tropa-.

Y como no había más que robar en Ucrania se pidió ayuda a la Unión Europea, que la rechazó. Bastante jodida estaba ella, para ayudar al Estado ucraniano, más corrupto que la mayoría de los suyos, y entonces Yanukóvich creyéndose cargado de razón pidió ayuda a los rusos, y Putin la aprobó. Ahí fue Troya, y nada casualmente empezó la plaza de Maidán, la revolución de colorines y esa situación sin salida que vivimos actualmente y que la gente no acaba de creer que vive al borde del colapso. Putin no es Yeltsin y en Rusia todo lo robable ha sido subastado y derrochado; no hay ningún país del mundo que haya creado tal cantidad de millonarios en tan poco tiempo. Mientras las cosas se mantuvieron en este orden, nadie protestó, pero tratar de que Ucrania ingrese en la OTAN es una provocación, que no sólo rompe viejos acuerdos con Estados Unidos sino que supone la enésima amenaza. Quitarle a Rusia el colchón protector que exige cualquier potencia.

La geopolítica y la estrategia de Estado, cuando los estados son entidades territoriales que imponen respeto, no chamizos para vender souvenirs de Gaudí y exportar castellers, son muy complicadas. Incluso pueden ser pequeñas pero que se amparan en lo que significan de protección para las grandes, y así pueden llegar a las provocaciones más absolutas. El caso de Israel, por ejemplo. Después de lo ocurrido en Gaza ya nada será igual y no habrá final hasta que en Jerusalén sea posible algún día inaugurar un Museo del Holocausto Palestino.

En fin, un pequeño detalle llamativo por lo que tiene de provocación a un Estado de derecho que se supone que es España. La portavoz de la embajada de Israel en Madrid, Hamutal Rogel, envió una requisitoria a RTVE porque su corresponsal en Tel Aviv, Yolanda Álvarez, no se atenía a la política oficial del Estado sionista y la acusaba de trabajar para el enemigo. Por supuesto, RTVE rechazó la protesta. Pero a ella la retiraron. Prácticamente ni una línea en nuestra prensa escrita. Hay que volver a leer Le Monde, como antaño.

Gregorio Morán

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