Víctimas de las grandes mentiras (y 2)

Cuando las sociedades tienen mucho pasado y oscuro presente, como nos ocurre a nosotros, suceden cosas tan insólitas como festejar una derrota cual si se tratara de una efeméride -véase por ejemplo la descarada manipulación de 1714 que tan buena rentabilidad está dando a la generación intelectual más corrupta e incompetente de la Catalunya contemporánea-. Porque cuando los “clérigos”, que diría Julien Benda, eligen los aniversarios que desean promocionar para que los poderes políticos los respalden y los subvencionen dadivosamente, siempre aparecen las huellas de las grandes mentiras con absoluto desdén a sus víctimas, convertidas ahora en anónimos patriotas antes de que existieran las patrias.

No hay caso más evidente en nuestra historia como el de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Porque en otras, la Segunda (1939-1945), por ejemplo, aparecen ideologías; ya están presentes el fascismo y el nazismo, el comunismo y la socialdemocracia, el exterminio de civiles por motivos de raza: el holocausto judío, los gitanos, los homosexuales… En la Primera no, y por eso constituye uno de los objetos de estudio más difíciles. Un relato somero de cómo comenzó descubre la frivolidad de responsabilizar al asesino del príncipe heredero austriaco por un nacionalista ¡serbio-bosnio!, Gavrilo Princip, un espécimen más interesante en el campo psiquiátrico que en el político.

¿Acaso las grandes potencias imperialistas europeas querían la guerra? No todas, ni de la misma manera. El instinto suicida, tan proclive a la política y que suele enmascararse bajo formas diversas como defensa de los valores patrióticos, el honor, la dignidad de la nación, etcétera, ha tenido en España excelsos valedores, aún antes de la aparición del psicoanálisis. Bastaría recordar 1898 y la crisis de Cuba para entender que las víctimas de las grandes mentiras siempre fueron las mismas: la tropa y la evidencia. Mientras que los líderes, sacando pecho, observados con mirada contemporánea, podrían ingresar en un psiquiátrico.

Me fascina la Primera Guerra Mundial, que empieza siendo una brutal, torpe e irresponsable guerra imperialista para transformarse a lo largo de cuatro años en una puja de nacionalismos que convertirá a las clases populares en carne de cañón de una matanza absurda por interminable -la guerra de trincheras- que nunca nadie logró explicar. Porque de la Primera Gran Guerra nació todo. Comunismo y fascismo, capitalismo monopolista e imperialismo desfachatado; bastaría decir que ninguna otra guerra cambió tanto el mapa del mundo. Se lo repartieron con un cartabón, un compás y un tiralíneas.

Pero si me interesa especialmente esa Primera Gran Guerra es porque rompe todos los esquemas y dibuja una situación nueva que se consolidará hasta hoy. Los intelectuales se convertirán por primera vez y de una manera inequívoca en portavoces del poder; unos aliadófilos y otros germanófilos. Por supuesto, como se diría ahora, “sin ánimo de lucro”; es decir, cobraban dietas y regalías. La paradoja intelectual más llamativa es que si bien esa Gran Guerra europea dio pie para obras notables de la cultura crítica -bastaría ese Buen soldado Svejk de Hasek-, lo mejor estaba por llegar. El cine aportaría dos piezas maestras: Rey y patria (1964), de Joseph Losey, y la demoledora Senderos de gloria (1957), de Stanley Kubrick, una obra maestra basada en una novela del norteamericano Humphrey Cobb, voluntario guerrero, que acaba de ser publicada en castellano (Capitán Swing), y que en mi opinión es superior al filme aunque sea menos eficaz que una película.

Desconozco si hay un gran ensayo sobre el siniestro papel de la intelectualidad durante esa Primera Gran Guerra, donde aparezcan las vulgaridades del exquisito Thomas Mann en su deleznable dietario ideológico “de un apolítico”, por señalar lo más llamativo y emergente de la alta cultura de la época. Pero sí puedo decir que hay un libro magnífico, publicado en España tal que ayer, ninguneado con ese silencio que se gasta el sector académico de presuntos historiadores, porque probablemente se trate de un chaval sin padrino. Se titula 1914. Aliadófilos y germanófilos en la cultura española (Cátedra).

En apenas 250 páginas el autor, Andreu Navarra Ordoño, hace una pasada por la intelectualidad española y sus posiciones ante la Gran Guerra que podría resumirse de una manera cruel: la frivolidad irresponsable de nuestros intelectuales de la época. No hay ni uno que desenmascare el carácter imperialista primero y nacionalista luego de esa guerra de rapiña, fabricada por asesinos profesionales, sin complejos, como demuestra con una claridad meridiana el libro de Humphrey Cobb y el filme de Stanley Kubrick. Entre la notable inteligencia de entonces, que algún bendito llegó a denominar nuestra “edad de plata”, no hay ningún pacifista, ni neutralista siquiera. Es verdad que no se refiere a los partidos políticos ni a los grupos radicales sino a la intelectualidad establecida y algún político con ambiciones literarias.

Mientras en Francia, implicada en la guerra hasta las cachas y con una ofensiva nacionalista que no le haría ascos al asesinato de los disidentes, había un Romain Rolland, cuyo Más allá de la contienda, recién editado también en castellano (Nórdica), tiene un valor y una audacia incontestable quizá atenuada por la prosa engolada del autor, que no obstante recibió el Nobel de Literatura en 1915.

Nosotros no disponemos de ninguno. O aliadófilos como Unamuno, Blasco Ibáñez… y germanófilos tan singulares como Jacinto Benavente, Pío Baroja o Eugenio d’Ors, y de vez en cuando alguna genialidad radical que rondaba el crimen como las opiniones de Ramiro de Maeztu o de Azorín, ya metido en la tarea insistente de ganarse a un poderoso para sobrevivir en buen estado, en este caso De la Cierva, la extrema derecha de los conservadores. ¿Qué decir de la frase de Francesc Macià, francófilo pagado, un militar al que la candidez popular, tan heredera del carlismo, llamaba l’Avi (el abuelo), que escribió en La Publicidad de Barcelona y en plena contienda que se habría de cobrar 9 millones de muertos: “¡Qué maravilla de guerra!”?

Pero de todos los personajes que intervinieron, aunque fuera en sus prolegómenos, el que más me ha impresionado siempre, el que para mí conserva un vigor de viejo luchador, de socialista impecable -entonces los había- es Jean Jaurès. Líder indiscutible del socialismo francés, orador arrebatador, con una cultura de profundidad. Tuvo claro desde el primer momento que esa guerra europea que se perfilaba en el horizonte podía ser el final de la Internacional Socialista como organización obrera; no lo vivió, pero acertó. La II Internacional se acabaría con él o más bien con lo que él significaba. El socialismo como hermandad de la clase obrera frente al capital, eso que suena en este momento más viejo que La Santa Espina, aunque a la gente le cueste creerlo, murió con él.

Fue acosado como una alimaña por la derecha de su país e incluso un intelectual como Léon Daudet sugirió sobre papel de prensa su condena a muerte, por delito de lesa patria y traición al nacionalismo emergente. Hay quien desde la perspectiva tertuliana asegura que no es importante el personaje que lo mató. ¡Vaya si lo es! Ese patriota que le disparó era un nacionalista acérrimo de la Francia profunda (Reims), para quien el líder socialista representaba todo lo que debía ser borrado de la realidad. Se llamaba Raoul Villain, y fue absuelto del crimen en 1919 por un tribunal tan nacionalista y desfachatado que condenó a la viuda de Jaurès a pagar las costas. El asesino se retiró a Eivissa donde vivió muchos años, hasta que un grupo militante lo ajustició en el año 1936.

En ese libro magnífico que escribió Humphrey Cobb y que sedujo a Stanley Kubrick figuran unos versos de Thomas Gray que dan sentido a todo: “Los senderos de gloria no conducen sino a la tumba”.

Gregorio Morán

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